No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 35
66%

Capítulo 35

Cuando Irene aparcó frente a su casa, ya había anochecido.

Llevaba la llave de Santiago en el bolsillo y los informes en el asiento del copiloto.

Había conducido mientras repasaba cuanto descubrieron aquella tarde: la norketamina, el patrón, Samuel intentando señalar al autor y no a las víctimas.

Cuanto más pensaba en ello, más convencida estaba de que acababan de dar un paso importante.

Sin embargo, también tenía la incómoda sensación de que seguían sin saber hacia dónde conducía realmente aquel camino.

Al bajar del coche vio tres figuras junto al portal.

Joaquín estaba apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos. Adrián permanecía a su lado revisando el móvil, mientras Marcos sostenía un vaso de café ya medio vacío.

Los tres levantaron la cabeza al verla acercarse.

—Por fin —comentó Marcos con una sonrisa cansada—. Empezábamos a pensar que te habías perdido.

—Ojalá fuera eso —respondió Irene.

—¿Qué te pasa? —Joaquín percibió inmediatamente la preocupación en el tono de su voz.

Irene sacó la llave del bolsillo. Los tres se miraron, escépticos.

—¿De quién es esa llave? —indagó Adrián con las manos en los bolsillos.

—Santiago se la mandó a Eva escondida en un cartón de tabaco.

Mientras entraban en el portal, les resumió la visita a casa de Eva.

Les habló del paquete, del cartón de tabaco, de la llave escondida y, finalmente, de los resultados de los análisis.

La conversación continuó dentro del ascensor.

A medida que Irene explicaba las conclusiones de Eva, el ambiente se volvía cada vez más serio.

—Entonces Samuel tenía razón —murmuró Adrián, apoyándose contra la pared metálica.

—Sí —asintió Irene—. Pero no de la forma que pensábamos.

Joaquín permaneció en silencio. Irene le tendió la llave y él la sostuvo en la mano.

—No buscaba una conexión entre las víctimas —continuó Irene—, sino entre los crímenes. Samuel detectó el patrón al comparar los casos de Lucía y el mío. Santiago continuó su hipótesis y la contrastó con la muerte de Samuel.

Las puertas del ascensor se abrieron. Nadie dijo nada durante varios segundos. Finalmente, Joaquín guardó la llave en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Mañana hablaré con la mujer de Santiago. Si alguien sabía adónde iba, qué escondía o qué hacía cuando desaparecía durante horas, era ella. Antes de dar un paso más, quiero saber qué guardaba Santiago con tanta precaución.

Los demás lo miraron. Las palabras de Joaquín tenían sentido.

Cuando entraron en el piso, el cansancio acumulado durante el día cayó sobre ellos de golpe. Irene dejó los informes sobre la mesa del salón y se dirigió a la cocina.

—Si vamos a seguir trabajando, por lo menos vamos a comer algo. ¿No os parece? —propuso Irene mientras le rugía el estómago.

—Buena idea. Yo también tengo un poco de hambre —dijo Marcos al sentarse en el sofá.

—Te ayudo. —Joaquín se quitó la chaqueta y siguió a Irene hasta la cocina.

A los pocos minutos regresaron con refrescos, bolsas de aperitivos, aceitunas y unos cuencos improvisados. No era exactamente una cena, pero, a esas alturas de la investigación, a nadie parecía importarle.

El salón adquirió poco a poco el aspecto de la sala donde trabajaba el equipo. Varias carpetas ocuparon los huecos entre los cuencos de la cena.

—Por cierto —dijo Marcos mientras abría una lata—. Siento lo de esta mañana.

—Tranquilo, no pasa nada. —Joaquín cogió una aceituna después de contestar.

—Sí pasa. Tenía que haber estado allí. —Se pasó una mano por la nuca antes de continuar—. Pero tuve que llevar al niño al médico. Nieves está harta de que nunca esté en casa y no quería volver a discutir. Pensé que podría incorporarme después.

—Hiciste bien. Así ahora estás en la reunión importante —intervino Irene.

Marcos sonrió agradecido. A veces olvidaban que detrás de aquella investigación seguían existiendo vidas normales con problemas normales, vidas que el caso parecía empeñado en devorar.

Joaquín se levantó y repartió las copias del informe de la Científica.

El ruido de las hojas llenó la habitación mientras los policías leían concentrados sin dejar de picar los aperitivos.

Cuanto más avanzaban, más evidente resultaba que el documento no contenía ninguna respuesta milagrosa.

La frustración empezó a apoderarse de ellos.

—Perdonad si digo una tontería —interrumpió Marcos—. Este trozo de goma que han encontrado, ¿se ha pedido ya que lo analicen?

—No, de momento no. Lo podemos pedir. ¿Crees que es importante?

—No sé. Creo que el asesino llevaba guantes y ese trozo puede confirmar si es así o no —argumentó el inspector.

—Puede ser. Mañana avisamos para que lo analicen. No perdemos nada —confirmó Joaquín.

—Así comprobamos si hay ADN en el guante o incluso una huella que nos dé una pista, ¿no? —añadió Marcos mientras miraba la fotografía del trozo de goma.

—Bien hecho, Marcos —concluyó Joaquín antes de volver al informe.

Durante unos minutos solo se escuchó el sonido de las páginas y el crujido de las patatas. Fue Irene quien habló de nuevo. Tenía la vista fija en otra de las fotografías.

—Hay algo en lo que llevo pensando desde que salí de casa de Eva. —Los tres la miraron—. Si Samuel hablaba de un patrón y Eva cree que el mismo autor utilizó prácticamente el mismo procedimiento… ¿y si estamos buscando en el sitio equivocado?

—¿Qué quieres decir? —preguntó Adrián, apoyando el codo en la rodilla.

—¿Y si no importa tanto la sustancia como la forma de administrarla? —Irene dejó el informe sobre la mesa.

Joaquín hizo un gesto para que Irene continuara.

—Puede que nos pinchara la norketamina a todos en el mismo sitio —matizó la idea.

—Como si fuera una costumbre.

—Se podría decir.

—O una rutina —añadió Marcos.

—Lo siento, chicos, eso es imposible. Puede que las marcas fueran evidentes cuando encontraron a las víctimas. Pero ahora… —Joaquín se recolocó en el sofá—. De todas formas, si lo hubieran sido, Jano las habría señalado en las autopsias, y no fue así.

—¿Podemos preguntarle a Jano?

—Claro, pero para Jano fue un suicidio. De hecho… Bueno, he hablado con él y está bastante en desacuerdo con que tratemos la muerte de Samuel como un asesinato. —Se encogió de hombros.

—No encontró signos de lucha o agresión —dedujo Marcos.

—Exacto. Podemos hablar con él, pero no creo que le saquemos mucha más información —recalcó el comisario.

—Puede ser, pero no perdemos nada. —Irene dio por finalizado el tema.

Joaquín permaneció pensativo. Adrián lo miraba de reojo mientras cogía comida del cuenco. Marcos se dio cuenta al instante.

—Por cierto, las huellas del despacho de Santiago ya están procesadas. No hay ninguna coincidencia con la base de datos. Así que el asesino no está fichado por la policía.

—O llevaba guantes —añadió Marcos al recordar el trozo de plástico del informe.

El equipo terminó de leer el informe casi al mismo tiempo.

Sacaron un par de conjeturas que descartaron rápidamente tras analizarlas en grupo.

Parecían atrapados en sus propios pensamientos.

Estaban agotados y desmotivados. Las pistas iban apareciendo, pero no había ningún sospechoso que encajara en los distintos escenarios.

—Bueno, chicos, me marcho. Creo que por hoy ya está bien. —Marcos se levantó después de mirar la hora en el móvil.

—Un momento, Marcos. Quiero hablar con todos antes de que os vayáis. —Joaquín carraspeó mientras se tapaba la boca—. Sé que la agenda ha sido un chasco para todos. No sabíamos qué íbamos a encontrar y, al final, no contenía ninguna información útil.

—Sabemos que no has sido tú —dijo rápidamente Adrián.

—Claro. —Irene lo miraba fijamente.

—Por supuesto. Ya nos has dado una explicación y creo que tienes razón. Fue la semana en que le dieron las fotos de vuestra aventura y quería zanjar el tema con los dos —recordó Marcos.

—Ya, pero, aun así, quiero contaros lo que ocurrió esa noche. —El comisario cogió aire antes de continuar—. Mónica me llamó. Yo acababa de dejarla en casa. Estaba marchándome cuando subió y lo encontró. Cuando me lo dijo, volví corriendo. Fue entonces cuando llamamos a Jano.

Nadie habló. Ninguno sabía qué responder en una situación como aquella.

—Jano siempre dijo lo mismo. No encontró señales de lucha ni indicios de intervención de terceros. Por eso el caso se cerró como un suicidio. No se hizo ninguna autopsia complementaria. Pensé que se había suicidado y no solicité más pruebas.

Adrián lo observó en silencio.

—¿Has revisado a fondo el informe de Samuel? —preguntó Joaquín al agente.

—No. Todavía estoy en ello. Quiero darle otro repaso para asegurarme de que no se me pasa nada por alto —contestó el agente.

—De acuerdo. Espero que mañana sea un gran día. Estamos más cerca de lo que parece —concluyó Joaquín.