No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 34
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Capítulo 34

Irene tardó menos de una hora en llegar a casa de Eva.

Durante el trayecto apenas registró los semáforos, el tráfico o las calles por las que conducía.

La llamada había sido demasiado extraña.

Eva no era dada al dramatismo, sino todo lo contrario.

Siempre hablaba con calma, incluso ante las malas noticias.

Por eso, cuando la oyó decir que tenía que verla de inmediato, supo que ocurría algo importante.

Eva la esperaba en el mismo sitio que la primera vez que la vio.

Tenía mala cara y fumaba con nerviosismo cuando abrió la verja para dejarla entrar.

—Pasa —dijo apartándose y volviendo a cerrar al instante.

Entraron en la casa sin perder tiempo. Sobre la mesa de la cocina había varias carpetas, hojas impresas y el cartón de tabaco destripado. A su lado descansaba la pequeña llave.

—Siéntate. —Eva señaló la llave.

—¿De quién es?

—Me la ha mandado Santiago escondida en ese cartón de tabaco —explicó sin dejar de frotarse la cara.

—¿Qué? ¿Cómo te ha mandado un paquete si está muerto?

Eva no respondió, solo levantó las cejas.

—Entiendo, lo mandó antes.

—Tenía miedo, Irene. Igual que Samuel. Los vigilaban y por eso ambos dejaron pistas por si los asesinaban. —Tragó saliva.

Irene guardó silencio unos segundos. Cogió la llave y la observó con especial atención.

—¿Crees que nos ha dejado una pista ahí? —preguntó la inspectora.

—No tengo ninguna duda.

—Entiendo que no sabes qué abre.

—No lo sé. Pero tú sí puedes descubrirlo. Yo ya no soy policía y no tengo los medios… Bueno, ni tampoco la fortaleza que tienes tú. Desde que trabajé con Samuel estoy en el punto de mira de ese psicópata y no quiero que me encuentre metiendo las narices donde nadie me llama.

—Lo entiendo, de verdad.

Eva le dio la llave.

—¿Confías en mí? —preguntó Irene antes de cogerla.

Eva asintió con una sonrisa y le acercó la llave.

—No tardaremos en averiguar qué abre. Creo que conduce al lugar donde guardaba la documentación de sus casos. No sabíamos dónde lo hacía, pero tengo la corazonada de que esta es la clave. —Bajó la mirada hacia el objeto que sostenía.

—Espero que tengas razón y que Santiago no haya muerto en vano —dijo Eva con tristeza.

Irene miró de reojo los informes que había sobre la mesa.

—¿Son las pruebas del pelo de Lucía Rosales?

—Sí.

Eva cogió la carpeta y la abrió delante de ella.

—He terminado el análisis del pelo de Lucía Rosales.

Irene notó cómo se le aceleraba el pulso.

Llevaba días esperando el resultado. Samuel había ocultado los informes de Lucía, igual que hizo Santiago con los análisis de su amigo.

Ahora tendrían la oportunidad de comprobar si ambos habían estado siguiendo la pista correcta.

Eva sacó varias hojas y las colocó sobre la mesa.

—Al principio pensé que estaba viendo coincidencias donde no las había.

—¿Por qué? —preguntó con la voz temblorosa.

—Los resultados me resultaban similares —concluyó después de tragar saliva.

Irene frunció el ceño. Entendió al instante lo que aquello significaba. Metió la mano en el bolso y sacó la copia que había recuperado de casa de sus padres. La dejó sobre la mesa y la empujó hasta ponerla delante de Eva.

—Es mi informe. El que elaboraste tú y que dábamos por perdido. Tenías razón. Samuel nunca eliminaría las pistas.

Eva lo abrió. Los recuerdos la asaltaron y tuvo que contener las ganas de llorar. Se levantó deprisa para coger un cigarro y tranquilizarse. No quería derrumbarse delante de Irene.

—¿Dónde estaba? —quiso saber, sorprendida.

—Tenías razón, Eva. No destruyó nada. Solo se lo dejó a las personas que mejor me protegerían: mis padres.

—¡Samuel era un tipo excepcional! Nadie como él para encontrar y esconder pistas.

—Sí, tienes razón. Nos ha dejado una guía para descubrir la identidad. Pero, cuanto más lo pienso, más convencida estoy de que no será tan obvio como creemos —reflexionó Irene.

—Es normal. Se tomó muchas precauciones para hacernos llegar todo, pero debes tener en cuenta que él dio por supuesto que lo dejaba en manos de policías… Algo tendremos que aportar, ¿no crees? —Sus ojos transmitían la cautela que la caracterizaba.

—Espero que cumplamos sus expectativas.

Eva asintió con una sonrisa. Le tocó el antebrazo con cariño.

—¿Preparada?

—Siempre. Empieza cuando quieras. —Irene dirigió la mirada a la carpeta.

Eva leyó el informe de Irene antes de volver a hablar. Necesitaba contrastar los datos de ambos análisis.

—Mira —dijo después de encenderse el cigarro y dar la primera calada.

Eva fue señalando distintas líneas mientras hablaba. No utilizó términos excesivamente técnicos. Sabía que Irene necesitaba entender lo importante, no asistir a una clase de toxicología.

—Las muestras pertenecen a personas distintas y se obtuvieron en momentos completamente diferentes. Por eso no puedo compararlas como si fueran idénticas.

—Pero…

—Hay cosas que sí puedo comparar. —Sonrió con alegría.

Pasó una página y soltó una bocanada de humo antes de seguir. Parecía cansada, pero en sus ojos había una convicción distinta a la de la última vez que se habían visto.

—La sustancia, la forma en que aparece metabolizada y la ventana temporal de administración.

Irene observaba las hojas sin comprender del todo lo que intentaba explicarle.

—Voy a resumírtelo.

—Gracias. —Irene sonrió.

—No puedo concluir que recibierais la misma dosis. —Consultó de nuevo el informe de Irene para asegurarse.

—¿Por qué?

—Las muestras son distintas, Irene. Los análisis se han hecho en momentos diferentes. Los datos no permiten llegar a esa conclusión.

Irene resopló, derrotada.

—Pero sí puedo concluir que se trata de la misma sustancia y que esa persona actuó casi igual en todos los casos.

Fuera empezaba a oscurecer y las sombras de los árboles se reflejaban en los cristales.

—No es suficiente para un juicio, Eva. —Se echó hacia atrás con impotencia.

—Lo sé.

Eva guardó silencio mientras repasaba la información.

—Pero las dos sabemos que actuó igual en todos los casos. Cuando os secuestró, utilizó la sustancia para inmovilizaros; con Samuel, para reducirlo antes de simular el suicidio; y, en el caso de Santiago, para impedir que se defendiera.

—¡Es el patrón que decía Samuel! —exclamó con alegría.

—El patrón no eran las víctimas, sino la manera de inmovilizarlas antes de atacarlas —recalcó Eva.

El silencio fue absoluto. Irene se levantó y cogió los informes y la llave. La giró entre los dedos mientras observaba el número grabado en el metal. Le costaba creer que Santiago hubiera previsto todo aquello.

—Tengo que hablar con Joaquín. —Caminó hacia la puerta.

—Si necesitas mi ayuda, solo tienes que pedirla.

Irene se giró.

—Eva, ten cuidado.

—Lo tendré.

Eva se despidió con la mano en alto antes de que Irene desapareciera de la cocina.

Cuando se montó en el coche, llamó a Joaquín. Le iba a dar las buenas noticias, pero no le dio tiempo.

—Irene, tenemos el informe de la Científica con las muestras recogidas en la escena del crimen. Tenemos que decidir cuáles queremos que analicen. ¿Puedes venir?

—Es tarde. ¿Podemos quedar en mi casa? Así cenamos juntos.

—Claro. Voy a preguntarle a Adrián y a Marcos si están disponibles.

—Perfecto.

Irene bajó la ventanilla para que el aire fresco le rozara la cara. No estaba segura de lo que tenían entre manos, pero sentía que se estaban acercando.