Capítulo 33
Con los años, Eva había aprendido a disfrutar del silencio de su casa.
No era un silencio incómodo ni vacío, sino una especie de refugio que la esperaba al final de cada día. Vivía apartada del pueblo, rodeada de naturaleza y lejos de las preocupaciones de la policía. Aquella tarde, sin embargo, ni siquiera la tranquilidad de la cocina consiguió calmarla.
Había dejado sobre la mesa varias carpetas, el portátil y una copia de los últimos resultados del análisis capilar, que llevaba días revisando.
No quería admitirlo, pero llevaba horas mirando las mismas cifras con una sensación desagradable en el estómago.
Algo en aquellas muestras le resultaba familiar.
Lo peor era que no sabía si esa impresión procedía de la ciencia o del recuerdo de lo ocurrido años atrás.
Se había servido un café que ya estaba frío y estaba a punto de encenderse un cigarro cuando llamaron a la puerta.
Eva levantó la cabeza, extrañada. No esperaba a nadie y menos a esa hora. Permaneció inmóvil, escuchando, hasta que el timbre volvió a sonar. Entonces dejó el cigarro en el cenicero vacío y se dirigió a la entrada con una incomodidad que no supo justificar.
Al abrir, encontró a un mensajero joven que sostenía una caja mediana. Llevaba el uniforme de una empresa de reparto y parecía más pendiente de terminar la ruta que de cualquier otra cosa.
—¿Eva Ruiz? —preguntó mientras consultaba la pantalla del móvil.
—Soy yo —respondió ella, mirando la caja con recelo.
—Tengo un paquete para usted. Necesito que firme.
Eva no se movió de inmediato. La etiqueta estaba girada hacia el chico y no alcanzaba a leer el remitente, pero la situación le pareció extraña. Nadie le mandaba paquetes a casa y solo un puñado de personas conocía aquella dirección.
—¿De quién es? —quiso saber mientras abría la verja de fuera.
El mensajero giró la caja para buscar la información y leyó el nombre sin darle ninguna importancia.
—Santiago Montes.
Eva sintió que el aire se quedaba detenido durante un instante.
El muchacho volvió a tenderle el aparato para firmar, ajeno al efecto que acababa de provocar.
Eva estampó la firma casi por inercia, recogió la caja y cerró la puerta despacio, como si necesitara unos segundos para asimilar lo ocurrido.
Santiago estaba muerto. Recibir un paquete suyo significaba que había previsto el peligro.
Regresó a la cocina cada vez más nerviosa.
Dejó la caja junto a los resultados del análisis y permaneció de pie observándola durante un buen rato.
A simple vista no tenía nada extraño. Era una caja corriente, cerrada con cinta de embalar, con su nombre y dirección impresos en la etiqueta.
Leyó los datos del remitente para cerciorarse de que aquello era real.
Eva se sentó en el banco de madera junto a la pared.
Durante años había fumado allí, revisado informes o mirado por la ventana cuando necesitaba pensar.
Esa tarde se acomodó con la rigidez de quien afronta una noticia que aún no sabe cómo encajar.
Abrió la caja con unas tijeras pequeñas que guardaba en un cajón.
—Un cartón de tabaco —dijo sin comprenderlo.
Soltó una risa breve, incrédula. No tenía sentido.
Santiago sabía que fumaba, por supuesto.
Se habían echado en cara aquel vicio más de una vez, con esa familiaridad áspera que solo se consigue después de compartir demasiados secretos.
Incluso en alguna ocasión le había comprado tabaco cuando pasaba por una gasolinera de camino a su casa.
Pero aquello era distinto. Nadie manda un cartón de tabaco después de muerto si no pretende decir algo más.
Sacó el paquete de la caja y lo dejó sobre la mesa.
Lo giró varias veces entre las manos, examinando los laterales, la base y la parte superior, buscando una marca, una nota, cualquier detalle que explicara la razón de aquel envío.
No encontró nada. Solo el plástico brillante, el sello de la marca y el peso compacto de las cajetillas ordenadas en su interior.
Durante un momento pensó que quizá estaba dejándose arrastrar por la paranoia de los últimos días.
Tal vez Santiago había programado aquel envío antes de morir.
Tal vez era una broma privada, un gesto absurdo de alguien que sabía que ella no aceptaba consejos para dejar de fumar.
Pero la idea no se sostuvo ni un minuto.
Santiago no era un hombre de gestos vacíos.
Mucho menos cuando ya sabía que estaba en peligro.
Apoyó ambas manos sobre la mesa y cerró los ojos unos segundos.
Recordó a Samuel y la confianza que compartían. Él le había pedido que destruyera los informes si le ocurría algo. Había acudido a ella porque sabía que no haría preguntas innecesarias y cumpliría su palabra, aunque no entendiera el motivo.
«Santiago ha confiado en mí, igual que Samuel», concluyó Eva sin apartar la vista del cartón de tabaco.
Eva retiró el plástico del cartón con movimientos cada vez más rápidos y sacó las cajetillas una a una.
Primero las revisó por fuera, palpando los laterales en busca de un abultamiento o una doblez extraña.
Después abrió la primera y comprobó el interior.
Nada, solo cigarrillos alineados con precisión.
Abrió la segunda, la tercera y la cuarta, cada vez más nerviosa, y dejó el papel plateado y las tapas desperdigados sobre la mesa.
Cuando llegó a la sexta cajetilla, estuvo a punto de detenerse.
Se sintió ridícula durante un segundo, como si estuviera destripando un cartón entero por culpa de una intuición nacida del miedo.
Pero algo le impidió cerrar la caja y olvidarse de todo.
Santiago la conocía. Sabía que, si había una persona capaz de desmontar el paquete entero hasta encontrar lo que había escondido, era ella.
Sacó los cigarrillos de la cajetilla uno por uno y los dejó sobre la mesa. Al principio no vio nada. Entonces, al presionar el fondo con el dedo, notó que el cartón cedía de una forma extraña. Lo rasgó con cuidado y una pequeña llave cayó sobre la madera con un sonido seco.
Eva se quedó inmóvil.
La llave era pequeña y plateada, con una etiqueta metálica unida por una anilla. En ella había un número grabado. Nada más. Eva no sabía qué abría, pero comprendió que Santiago había previsto el peligro y preparado el paquete antes de que lo asesinaran. La había elegido a ella para recibirlo.
Durante varios segundos no pudo moverse.
La cocina, que hasta hacía un momento le parecía su único lugar seguro, se volvió de pronto demasiado grande y silenciosa.
Miró la caja abierta, las cajetillas destripadas, los cigarros esparcidos sobre la mesa y los resultados del análisis capilar que seguían junto al ordenador.
Eva cogió el móvil.
Marcó el número de Irene con los dedos todavía tensos y esperó, con la mirada fija en la llave. Cuando oyó la voz de la inspectora, no perdió tiempo en explicaciones.
—Necesito que vengas a mi casa. Es importante —dijo con voz contenida.
—¿Estás bien?
—Sí, pero necesito que vengas lo antes posible.