Capítulo 32
Joaquín llegó a comisaría con el pulso acelerado y la sensación de haber contenido la respiración durante todo el camino.
La llamada de Irene había sido breve, pero suficiente para que dejara cuanto estaba haciendo y saliera casi corriendo.
Habían encontrado la agenda de Samuel. Después de semanas tras documentos incompletos, testimonios que no encajaban y pistas que abrían una puerta detrás de otra, por fin tenían entre las manos algo que le había pertenecido.
Subió las escaleras sin esperar al ascensor y cruzó el pasillo principal con tanta prisa que ignoró a varios agentes que lo saludaron.
Durante el trayecto había imaginado que Samuel quizá dejó un nombre, una fecha o una dirección; algo que por fin les permitiera entender qué descubrió antes de morir.
Sin embargo, al abrir la puerta de la sala de investigación, toda aquella expectativa se apagó de golpe.
Irene y Adrián no parecían haber encontrado una respuesta.
Permanecían inmóviles ante la mesa, con la agenda abierta.
Irene mantenía los brazos cruzados y la vista fija en el cuaderno, aunque parecía mirar mucho más lejos.
Adrián tenía varios papeles delante, pero tampoco los leía.
Joaquín tuvo la sensación de que ambos disimulaban.
Cerró la puerta despacio, como si cualquier ruido pudiera romper algo ya demasiado frágil.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Joaquín.
Irene levantó la vista hacia él y tardó un segundo más de lo normal en responder. Ese pequeño retraso bastó para que la inquietud se apoderara de Joaquín.
—La hemos abierto —contestó Adrián, apartando ligeramente la agenda para que pudiera verla.
Joaquín miró primero la agenda y después a los dos agentes. Adrián evitó su mirada durante un instante, lo que terminó de confirmarle que no se trataba de una buena noticia. Se acercó a la mesa con el ceño fruncido y se inclinó sobre las páginas abiertas.
Al principio no encontró nada que le llamara la atención.
La agenda estaba llena de anotaciones cotidianas que Samuel escribía deprisa para no olvidarlas: nombres, reuniones, llamadas pendientes y pequeños recordatorios que probablemente solo tenían sentido para él.
Ver su letra despertó la nostalgia de Joaquín.
Pasó varias páginas hasta llegar a los últimos días y se quedó paralizado.
La primera anotación le hizo fruncir el ceño.
La leyó de nuevo, como si así pudiera encontrarle un sentido más sencillo.
Después pasó la página y encontró otra parecida.
Las palabras se repetían con una frecuencia cada vez menos casual a medida que se acercaba la fecha de la muerte de Samuel.
—Hablar con Mónica y Joaquín —leyó en voz alta.
Siguió pasando las hojas cada vez más despacio, con la esperanza absurda de que alguna frase posterior explicara aquellas referencias a su nombre y al de Mónica. Pero no había ninguna explicación, solo sus nombres repetidos durante toda la semana previa a la muerte de Samuel.
—No lo entiendo —murmuró sin levantar la vista de las hojas.
—Nosotros tampoco —dijo Irene con la voz quebrada.
Joaquín cerró los ojos un instante y respiró hondo. No hacía falta que nadie dijera lo que los tres estaban pensando. Estaba escrito delante de ellos con una claridad insoportable.
Irene lo observaba con una mezcla de culpa y desconcierto. No había odio en sus ojos, solo una duda suficiente para hacerle daño.
—¿Estáis pensando que fui yo? —preguntó finalmente, apartándose un poco de la mesa.
—Claro que no, comisario. Pero va a ser difícil de explicar —dijo Adrián con sinceridad.
—No pensamos que hayas sido tú. Por favor, Joaquín, claro que no. Pero, después de tanto buscar y de que aparezcan tu nombre y el de Mónica… —Irene calló—. Nos ha dejado descolocados. Solo eso.
—Sé que no es verdad. Pero yo no tuve nada que ver. Además, vengo de hablar con Jano y él está convencido de que Samuel se suicidó. —Los miró con dureza—. Fue el forense que le hizo la autopsia.
Irene bajó la mirada hacia la agenda. Durante unos segundos pareció incapaz de contestar. Joaquín la conocía demasiado bien y precisamente por eso aquella duda le dolió tanto.
—¿Mónica nunca te dijo nada? —preguntó Adrián, intentando apartar la sospecha de Joaquín.
—No, nunca me dijo nada. Puede que esa fuera la semana en que Samuel descubrió que estábamos juntos —explicó Joaquín.
—Puede ser —añadió Irene, cada vez más convencida.
—Hay que investigarlo todo de nuevo. No sé qué está pasando, pero puede que no debamos seguir en el caso. —Miró a Irene—. No vemos las cosas con claridad. Por eso nos hemos convencido de que Samuel fue asesinado. Pero puede que todo fuera una artimaña para que se lo impidiéramos.
—¿Es una broma? —Irene se levantó—. Sabes que lo asesinaron. Es la misma persona. —Sonrió con ironía—. ¿O también vas a decir que a Santiago no lo asesinaron?
—Vamos a respirar todos. Esto se nos está yendo de las manos.
No podemos empezar a dudar unos de otros.
Aquí nadie es culpable. Lo que ha dicho el comisario tiene lógica.
Por alguna razón, Samuel repitió vuestros nombres durante toda la semana.
—Adrián habló con calma. No quería que la conversación se convirtiera en un cruce de acusaciones sin fundamento.
Irene no dijo nada.
—¿Quién tenía la agenda? —indagó Joaquín.
—No lo sabemos con seguridad —contestó Adrián—. Apareció dentro de la caja de Samuel.
—La han dejado ahí —dedujo Joaquín.
Ya no hacía falta decir nada más. Los tres sabían quién había sido.
Joaquín cerró la agenda con cuidado, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera empeorar lo que acababan de encontrar. Después se levantó de la silla y cogió la chaqueta que había dejado al entrar. Irene también se puso de pie, pero no llegó a detenerlo.
—Voy a hablar con él.
—Espera, Joaquín… —dijo Adrián.
—No, es mejor saberlo ya. No pienso parar hasta conocer la verdad.
El tono bastó para que nadie insistiera.
Salió de la sala con la agenda todavía en la cabeza y recorrió el pasillo mientras intentaba contener una rabia que no sabía contra quién dirigir.
Parte de él quería gritarle a Tomás por haberla ocultado durante tanto tiempo.
Otra parte, la que empezaba a comprender demasiado tarde, temía conocer la respuesta.
La cafetería de la comisaría estaba tranquila. Tomás, apoyado en la barra, vio entrar a Joaquín con el rostro desencajado y supo que había leído la agenda. El comisario se acercó despacio, sin apartar la mirada. Durante unos segundos ninguno habló. Tomás dejó la taza en la barra.
—Ahora ya sabes por qué la he escondido todo este tiempo —susurró Tomás.
—¿Pensabas que había sido yo? —quiso saber con tono devastado.
—No. Nunca lo he pensado. Sé de sobra que no fuiste tú.
—Entonces, ¿por qué la escondiste?
—Porque sabía que los demás sí lo pensarían.
Joaquín no pudo responder. Entendió que Tomás no solo había escondido una prueba, sino que había intentado protegerlo de una sospecha casi inevitable al verla sobre el papel.