Capítulo 31
Irene llevaba más de veinte minutos sentada frente a la misma hoja sin haber avanzado ni una sola línea.
La nota de Samuel descansaba junto al informe toxicológico que había recuperado en casa de sus padres.
Aunque conocía ambos documentos casi de memoria, seguía repasándolos con la esperanza de encontrar algo que se le hubiera escapado.
Sabía que era absurdo. Si hubiera habido una respuesta evidente, la habría visto días atrás.
Sin embargo, cada vez que intentaba apartarlos, una sensación la obligaba a cogerlos de nuevo.
«Samuel no escondió el informe por casualidad».
Irene estaba convencida de ello. Pero el problema era que seguía sin entender qué pretendía decirle.
«Norketamina, pero ¿qué significa?»
Negó varias veces con la cabeza. El agobio y la impotencia regresaron de golpe. Lo tenía delante, pero no lo veía.
Al otro lado de la mesa, Adrián revisaba una carpeta de la investigación de Santiago Montes. Los movimientos bancarios no habían dado ningún resultado y aún esperaban los datos de geolocalización del móvil durante los últimos días. El cansancio empezaba a notarse en sus gestos.
—Me estoy volviendo loca —dijo Irene con desesperación.
—Lo sé, yo también. —Adrián levantó la cabeza de los folios.
—Si tienes alguna idea, no dudes en compartirla —añadió con ironía.
El comentario consiguió arrancarle una sonrisa a Adrián.
—Pues estamos jodidos. —Resopló Irene.
Habían vaciado archivadores, revisado informes antiguos y retomado líneas de investigación que creían descartadas. Aun así, seguían en el punto de partida.
—Todo tiene que estar relacionado con la norketamina —comentó Irene en voz alta.
—Eso ya está claro, pero ¿por qué?
Irene lo miró en silencio y levantó las cejas antes de contestar.
—Es que no lo entiendo, Adrián. Samuel me dice que busque un patrón, pero yo no veo ninguno.
—¿Y no es posible que haya dejado otra pista que no tengamos?
Irene disimuló con éxito. Recordó que no tenía los resultados del pelo de Lucía Rosales.
—Puede ser. Pero, si tenemos dos casos relacionados con la misma sustancia, un tercero solo serviría para confirmarlo. Vamos, digo yo.
—O no. No hay que dar nada por hecho. Samuel lo dejó así por una razón. No la vemos, pero la respuesta está ahí —respondió Adrián mientras se recostaba en la silla.
—Puede ser, pero yo no veo nada. ¿Un patrón? —Cogió aire—. Podemos enseñarle al portero fotografías de personas fichadas por asesinato. Quizá reconozca a alguien —sugirió.
—No es mala idea. —Ladeó la cabeza, pensativo.
La inspectora volvió a su propio informe.
—Destruyó las pruebas por una razón. Puede que supiera quién era por algo más. Quizá había ADN en mis uñas. Si lo apuñalé, ¿debería haber sangre?
—Ya, pero no tenemos ese dato. No le des más vueltas. Es mejor centrarnos en lo que hemos conseguido. Bueno, mejor dicho, en lo que nos dejó Samuel.
Irene se levantó, echando hacia atrás la silla con fuerza. Su enfado iba creciendo.
—¡Joder! ¡No entiendo por qué no se lo dijo a nadie! —gritó.
—Tranquilízate. —Se colocó a su lado—. No quería que muriera nadie —intentó explicar con calma.
—Venga, Adrián. Eso no se lo cree nadie. Estoy segura de que se lo dijo a alguien, pero ese alguien sigue teniendo pánico a decirlo —argumentó aún enfadada.
—¿Después de tantos años?
—Pues sí, y más aún después de que asesinaran a Samuel, que era policía.
—¿Crees que se lo dijo a Mónica?
Irene abrió mucho los ojos sin dejar de observar a Adrián. En ese momento pareció unir varias pistas.
—¿Qué pasa?
«Joder, Almudena».
—Nada, nada. Estaba pensando otra vez en Tomás. Puede que sí se lo dijera a él —mintió. No se le había ocurrido una excusa mejor y se arrepintió en cuanto pronunció su nombre.
—¿Y si repasamos la documentación de Samuel? La de tu secuestro. Puede que encontremos algo. Ahora sabemos lo de la sustancia y antes no. Así que ahora miraremos las pistas desde otra perspectiva.
—Bueno, ¿por qué no? A partir de aquí solo podemos mejorar. Está claro que hemos tocado fondo —dijo Irene, agradecida de que Adrián hubiera sugerido la idea tan rápido.
Fue hasta el fondo de la sala y cogió la caja de Samuel. Empezó a sacar con cuidado cuanto había dentro.
—¡No puede ser!
Adrián levantó la cabeza, sobresaltado por el grito.
—¿Qué pasa?
Irene ni siquiera respondió. Permanecía inmóvil frente a la caja de Samuel, con un pequeño cuaderno de cuero desgastado entre las manos. Durante unos segundos fue incapaz de apartar la vista de la cubierta.
Lo reconoció al instante. Era tal y como Joaquín lo había descrito.
—No puede ser… —repitió en voz más baja y sin dejar de mirarlo.
—¿Es la agenda? —preguntó Adrián al ponerse a su lado. Estaba tan sorprendido como ella.
—Sí, es la agenda de Samuel. No lo entiendo. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? —preguntó, incrédula, mientras la sostenía entre las manos.
—A lo mejor ya estaba y no la vimos. —Adrián intentaba buscar una explicación lógica.
Irene lo miró con una sonrisa.
—Sé perfectamente qué documentos había en esta caja y puedo asegurarte que no estaba. —Se sentó—. Creo que tus conversaciones han dado fruto. —Sonrió a su compañero.
—¿Tomás?
Irene asintió con la mirada puesta en la agenda.
—Espero que contenga la información que nos permita descubrir qué sabía Samuel. —Cerró los ojos un momento antes de deslizar los dedos por la cubierta.
—Al menos, ahora tendremos los pasos que dio Samuel antes de que lo mataran —aseguró Adrián.
—Voy a llamar a Joaquín. Tiene que venir urgentemente.
Adrián asintió con una sonrisa. Al fin tenía la sensación de que las pistas empezaban a aparecer.