Capítulo 30
La cafetería estaba tranquila. Joaquín había quedado con Jano en el lugar de costumbre. Había llovido y las calles estaban poco transitadas, con los bares casi vacíos. El comisario necesitaba un respiro de la investigación, pero, sobre todo, hablar con un amigo.
Joaquín llevaba casi diez minutos sentado junto al ventanal cuando apareció Jano.
Lo vio entrar con la tranquilidad de siempre y saludar a la camarera con la mano antes de localizarlo.
Durante un instante sintió alivio. Hacía demasiado tiempo que no hablaba con alguien de absoluta confianza. Lo necesitaba.
—Tienes una cara horrible —comentó Jano nada más sentarse.
—Sabes cómo animarme. —Esbozó una sonrisa cansada mientras negaba con la cabeza.
Jano dejó la chaqueta en el respaldo de la silla y llamó al camarero para pedir un café. Cuando volvió a mirar a Joaquín, la sonrisa había desaparecido de su rostro. El comisario había cogido el móvil de la mesa y parecía concentrado en la lectura de sus correos.
—¿Algo nuevo?
—Creo que nos estamos acercando a la identidad del asesino —murmuró Joaquín.
—Eso es bueno.
—Suele serlo, pero en este caso no estoy seguro. Han asesinado a Santiago Montes —dijo en voz baja.
—Sé quién es. Era amigo de Samuel y lo ayudó con la investigación —respondió con gesto de preocupación—. ¿Tenéis alguna pista?
—Uf, no sé responder con exactitud. Sí y no. Alguna pista, pero ninguna identidad, si es eso lo que me preguntas.
Jano se acomodó en la silla sin dejar de mirarlo. Conocía demasiado bien a Joaquín para saber que, cuando hablaba así, era porque llevaba días arrastrando una preocupación que ya no podía gestionar solo.
Durante los minutos siguientes, Joaquín le habló del informe que Irene había recuperado de casa de sus padres, de la nota que Samuel había escrito en la parte posterior del documento y de la extraña sensación de que todas las piezas empezaban a encajar alrededor de algo que ninguno de ellos terminaba de comprender.
También le contó lo de Santiago, la documentación escondida y las dudas que llevaban semanas creciendo dentro del equipo.
Jano escuchó sin interrumpirlo. Se limitó a asentir de vez en cuando mientras removía el café. Cuando Joaquín terminó, permaneció unos segundos en silencio observando el vapor que ascendía desde la taza.
—Vale —dijo finalmente mientras levantaba la vista—. Supongamos que tienes razón.
—¿Cómo que supongamos? —exclamó con sorpresa.
—Déjame acabar. —Jano apoyó los antebrazos sobre la mesa y entrelazó las manos.
—Dices que habéis encontrado un informe que demuestra que Irene fue drogada. Perfecto, ¿y después?
—No te entiendo.
—Quiero decir que una cosa es un hecho y otra una interpretación —especificó Jano.
Joaquín permaneció en silencio, intrigado por lo que su amigo iba a decir.
—El informe demuestra que Irene tenía restos de norketamina cuando le hicieron las pruebas —explicó con calma—. Eso es un hecho. Ahora bien, todo lo demás son conclusiones.
—Samuel escribió una nota. Es un hecho.
Jano sonrió con ironía.
—Lo sé. Pero que todo coincida en algo así y que, después de tanto tiempo, aparezcan pistas de Samuel… No sé, ¿estáis seguros de que son suyas?
—¿Qué es lo que no me dices?
Jano bebió un sorbo del café antes de responder.
—Que eso sigue sin demostrar que asesinaran a Samuel.
—A ver, Jano, ¿me estás diciendo que se suicidó? —Aquella respuesta hizo que el comisario se estremeciera.
—Nada de eso demuestra que lo asesinaran. Joder, Joaquín, nosotros estuvimos allí. Aquello no parecía un asesinato. Tú me llamaste, te lo recuerdo.
—Sí, lo sé, pero cada vez que encontramos algo nuevo llegamos al mismo punto —admitió mientras se frotaba la nuca—. Hay demasiadas casualidades.
—¿O demasiadas ganas de que no lo sean?
—Ya. No sé. Creo que hace mucho que no pienso con claridad en este caso.
—A ver, tú eres el comisario, pero precisamente tú e Irene no deberíais estar investigando este caso.
Para vosotros es personal. No veis las pistas ni las situaciones con claridad.
Solo cogéis las pistas que os encajan, no aquellas que desmontan la hipótesis —explicó Jano con firmeza, pero con tacto.
El comentario molestó a Joaquín más de lo que esperaba. No porque fuera injusto, sino porque era una posibilidad que él mismo había contemplado alguna vez.
—No, Jano, esta vez no es cosa de mi cabeza. Son pistas objetivas.
—No quiero que termines como él. Sabes de sobra cómo estaba los últimos meses. La obsesión, las noches sin dormir y la paranoia de que lo vigilaban —recordó con dureza para que Joaquín recapacitara.
—Eso no significa que se suicidara.
—No, pero tampoco significa que lo mataran.
La camarera pasó junto a la mesa y les preguntó si querían algo más. Ambos negaron con la cabeza y esperaron a que se alejara para seguir hablando.
—Cada vez estoy más convencido de que alguien lo hizo —susurró Joaquín.
—También estabas convencido de que era Tomás. ¿Ya no lo estás?
Joaquín se calló.
—Mira, quiero que resuelvas el caso, de verdad.
Pero yo estuve allí aquella noche. Tú me llamaste y Samuel se suicidó.
Tenía vuestra foto al lado. Se suicidó con vuestra foto, joder —recalcó con dolor—.
Puede que tanto Mónica como tú estéis convencidos de que lo mataron porque es menos doloroso.
Lo entiendo. Pero yo me encargué de la autopsia.
No había ni un solo signo que indicara que la causa de la muerte fuera un asesinato.
Joaquín sintió un nudo en la garganta. Claro que se acordaba. Había revivido aquella noche cientos de veces.
—Retiré la foto porque vosotros me lo pedisteis. No consta en ningún informe, pero tú sabes la verdad tan bien como yo —explicó con dureza.
El comisario miró la taza de café vacía. La imagen de Samuel volvió a su cabeza.
—Ninguno de vosotros estaba en condiciones y, sintiéndolo mucho, puede que tú aún tampoco estés preparado, Joaquín.
No hay ninguna relación. No te digo que no investigues el caso del secuestro, pero afirmar que es la misma persona…
No creo que exista un vínculo. Sí creo, en cambio, que es un policía.
Erais los únicos que conocíais esos datos.
—Nos ayudaste mucho aquella noche —admitió Joaquín.
—Éramos amigos.
—Ya.
—Lo seguimos siendo. Por eso te digo que seas prudente.
Aquella frase obligó a Joaquín a reconsiderar sus conclusiones.
—Puede que no estés mirando en la dirección correcta. Si de verdad alguien sabe más de lo que dice, probablemente sea alguien que estuvo cerca de Samuel durante años —dijo Jano.
La insinuación surgió con tanta naturalidad que apenas llamó la atención. Sin embargo, Joaquín entendió de inmediato a quién se refería.
«Tomás».
—Era su amigo.
—Exacto. Era alguien que conocía cada paso que daba Samuel.
Joaquín no estaba convencido, pero aquello sembró la semilla de la duda en su interior.
—A veces pienso que deberíamos volver a revisarlo todo. Incluso exhumar el cuerpo, si hace falta. —Joaquín apoyó los codos sobre la mesa y suspiró.
—No puedes hacer eso. —El gesto de Jano cambió por completo.
Joaquín lo miró sorprendido.
—Vas a destrozar a Mónica y, además, no vas a encontrar nada. Yo hice la autopsia.
—Mónica… —susurró para sí.
—Ha tardado años en recomponerse —continuó Jano mientras lo miraba—. Ha conseguido seguir adelante como ha podido. ¿De verdad quieres obligarla a revivir todo aquello por una sospecha que ni siquiera puedes demostrar?
—No, claro que no.
El teléfono del comisario comenzó a sonar y le recordó que debía volver a la investigación.