Capítulo 29
Tomás llevaba toda la primera parte del partido protestando contra el árbitro.
No importaba que estuviera sentado en el sofá de su casa, con una cerveza en la mano y Héctor a su lado riéndose de cada comentario.
Recibía cada falta no pitada, cada balón perdido y cada repetición que no le daba la razón con un resoplido o una frase mascullada entre dientes.
—Te juro que cada año estás peor —comentó Héctor mientras cogía un puñado de patatas del bol que había sobre la mesa.
Tomás señaló la televisión con la botella, como si la pantalla demostrara que tenía razón.
—Claro —respondió Héctor, acomodándose en el sofá con una sonrisa—. El problema siempre son los demás.
Tomás soltó una risa breve, pero no apartó la vista del partido.
Hacía tiempo que no disfrutaba de una noche así, aunque jamás lo reconocería en voz alta.
Héctor seguía apareciendo por su casa con cualquier excusa: fútbol, una cena improvisada o una cerveza después del turno.
Era una de las pocas personas que no necesitaba permiso para entrar en su vida.
El descanso llegó con empate y Tomás aprovechó para recoger los vasos vacíos.
Héctor bajó el volumen de la televisión mientras él iba a la cocina a por dos cervezas más.
Cuando regresó, encontró a su amigo de pie frente a la estantería, mirando una fotografía antigua en la que aparecían Samuel, Joaquín y él durante una cena de muchos años atrás.
Tomás dejó las botellas sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—No empieces —advirtió mientras volvía al sofá.
Héctor giró la cabeza hacia él y esbozó una sonrisa tranquila.
—No he dicho nada.
—No hace falta —replicó Tomás mientras se sentaba y cogía el mando—. Te conozco.
Héctor regresó al sofá, aunque no volvió a mirar la pantalla. Permaneció unos segundos con la cerveza entre las manos, buscando la forma de empezar una conversación que Tomás llevaba tiempo evitando.
—He hablado con Adrián otra vez esta mañana —comentó finalmente, dejando la botella sobre la mesa.
Tomás no contestó de inmediato. Se limitó a bajar la mirada hacia el mando y a apretar la mandíbula.
—Ya me extrañaba que hubieras venido solo por el partido —dijo, sabiendo que no era verdad. Solían hacerlo con frecuencia.
—También he venido por el partido —respondió Héctor, aunque el tono no consiguió sonar convincente.
Tomás soltó una pequeña risa sin ganas.
—¿Y qué quería?
Héctor apoyó los antebrazos en las rodillas y lo observó con cuidado. Sabía que, si abordaba el asunto con demasiada brusquedad, Tomás se cerraría en banda antes de que empezara la conversación.
—Lo mismo que todos —contestó con calma—. Que los ayudes.
Tomás levantó la vista hacia él despacio, como si aquella petición lo hubiera cansado incluso antes de escucharla completa.
—Entonces ya sabe cuál es mi respuesta.
El gesto de Tomás se endureció. Dejó el mando sobre la mesa y se recostó contra el sofá, cruzándose de brazos.
—No pienso meterme otra vez en eso. Lo siento —masculló.
—¡Ya estás metido, quieras o no! —replicó Héctor, señalándolo con la botella antes de volver a dejarla sobre la mesa—. Ese es precisamente el problema.
Tomás negó con la cabeza y miró hacia la televisión, donde los comentaristas repasaban las jugadas más polémicas de la primera parte.
—No voy a hablar con Irene.
—No te he dicho que hables con Irene —matizó Héctor, aunque sabía que tarde o temprano terminarían hablando de ella.
—Pero es lo que quieres decir.
Héctor dejó escapar un suspiro y se pasó una mano por la barba.
—Lo que quiero decir es que deberías dejar de comportarte como si todo el mundo estuviera atacándote.
Tomás giró la cabeza hacia él con una sonrisa amarga.
—Qué fácil lo ves.
—No lo veo fácil —respondió Héctor, inclinándose un poco hacia delante—. Lo veo necesario.
El silencio se instaló entre los dos. Tomás no respondió de inmediato. Se quedó mirando un punto fijo de la alfombra, con el rostro cada vez más cerrado.
Héctor aprovechó ese silencio para continuar.
—¿Sabes lo que parece desde fuera? Que ocultas algo, y no precisamente bueno. Pareces culpable… y yo también.
—Me importa bastante poco lo que parezca desde fuera —contestó Tomás, aunque el movimiento de sus dedos sobre el brazo del sofá lo delató.
—No es verdad —replicó Héctor con suavidad—. Te importa, y mucho.
Tomás apretó los labios antes de mirarlo.
—¿Y qué se supone que parece?
—Ya te lo he dicho. Pareces culpable, joder. Encima has hablado con todo el mundo que, de alguna manera, ha tenido algo que ver con el caso.
—¿Y? Joaquín también lo ha hecho y a él no lo están investigando.
—Lo sé, pero él es quien ha permitido abrir el caso de nuevo. Sería absurdo que fuera él.
—Me da igual. Yo no tuve nada que ver. Ni antes ni ahora. A ver si también he sido yo quien ha matado a Santiago Montes —se quejó, cansado.
—No he dicho que hayas sido tú. Ni que hayas hecho nada —aclaró Héctor mientras levantaba ambas manos.
—Pero lo estás insinuando.
—No. Escúchame. Estoy diciendo que, si quieres dejar de parecer sospechoso, deberías dejar de comportarte como uno.
Tomás soltó una carcajada sin ganas y se levantó del sofá. Caminó hasta la ventana y apartó ligeramente la cortina para mirar la calle. No había casi nadie a esas horas. Solo algún coche aislado y la luz de las farolas sobre la acera.
—Sabía que esto iba a acabar así —murmuró de espaldas a su amigo.
—¿Así cómo?
—Con todo el mundo señalándome.
—Eso no es verdad. Si fuera así, no te estarían pidiendo ayuda.
Tomás se giró hacia él con el gesto tenso.
—Ah, ¿no? Irene cree que sé más de lo que digo. Joaquín también. Adrián habla contigo para que me convenzas. Y tú estás aquí, en mi casa, diciéndome que parezco sospechoso.
Héctor sostuvo su mirada sin alterarse.
—Porque es evidente que ocultas información. No le has contado a nadie la verdad, o lo que crees que ocurrió. Tomás, por favor —le rogó Héctor.
Tomás cerró los ojos durante un instante. Aquello era justo lo que no quería hacer. Explicarse significaba revivir el pasado. Volver a Samuel, a su muerte y a cuanto había guardado durante años con la absurda esperanza de que, si no lo tocaba, dejaría de doler.
—Todos mueren por ese desgraciado. Y los que estamos vivos tenemos miedo.
Héctor se quedó inmóvil. Sentía lo mismo que él, pero no se atrevía a decirlo en voz alta.
—Cada vez que alguien se acerca a este caso, acaba pagando un precio —continuó Tomás mientras se volvía lentamente hacia él—.
¿Y ahora qué queréis? ¿Que Irene se meta hasta el fondo?
¿Que Joaquín vuelva a cargar con otra muerte?
No podemos fingir que esta vez va a salir bien, porque no va a ser así.
Héctor se colocó al lado de su amigo.
—Precisamente por eso deberías ayudarlos —respondió con voz pausada—. Porque Irene ya está dentro. Con tu ayuda o sin ella, va a continuar.
Tomás negó despacio.
—Sabes que no va a parar —añadió Tomás—. No quiero ser el culpable de su muerte.
—Si no la ayudas, seguirá buscando igual. Piénsatelo.
—No puedo volver a eso —admitió casi en un susurro.
Héctor suavizó el gesto.
—¿A qué?
—A Samuel.
El nombre dejó el salón en silencio.
—No puedo volver a lo que pasó con Samuel —añadió mientras se acomodaba de nuevo en el sofá—. No puedo sentarme delante de Irene, abrir esa puerta y fingir que sé cómo ayudarla. Porque no lo sé. —Se frotó las manos.
—Nadie te pide que cierres el caso tú solo. Solo que los ayudes.
—No, es mejor dejarlo estar. Porque, si hablo, si les digo algo y vuelven a tirar de ese hilo, alguien morirá. Y entonces sí será culpa mía.
—De eso nada. Será culpa de quien los mate. No tuya. Nunca fue culpa tuya, Tomás.
—Ojalá fuera tan sencillo.
El segundo tiempo comenzó en la televisión, pero ninguno de los dos volvió a prestarle atención. El balón se movía de un lado a otro de la pantalla mientras ellos permanecían en silencio, sentados en el mismo salón y, a la vez, en lugares completamente distintos.
—Adrián cree que todavía puedes ayudar —dijo Héctor, rompiendo el silencio.
—Bueno, es típico de Adrián. Él siempre piensa que todo el mundo puede ayudar. Es un optimista sin remedio. —Sonrió.
—Y yo también… —añadió Héctor. Esperaba que Tomás entrara en razón y colaborara en la investigación. Su ayuda les permitiría avanzar.
—Pues os equivocáis los dos.
—Piénsalo al menos. Consúltalo con la almohada, aunque solo sea esta noche —suplicó mientras cogía de nuevo la cerveza.
Tomás no respondió. Había dado por zanjada la conversación.
El resto del partido transcurrió entre comentarios sueltos, intentos torpes de recuperar la normalidad y un silencio que ya no se parecía al de antes. Cuando terminó, Héctor recogió su chaqueta del respaldo de una silla y caminó hacia la entrada.
Tomás lo acompañó hasta la puerta. Héctor apoyó una mano en el marco antes de salir.
—Buenas noches, Tomás.
—Buenas noches, amigo.
Héctor dio unos pasos por el rellano y se detuvo antes de bajar las escaleras. Tomás aún no había cerrado la puerta. Siempre lo hacía cuando desaparecía de su vista.
—Si de verdad quieres protegerla, deja de decidir por ella.
Tomás no contestó. Se quedó mirando a su amigo hasta que desapareció. Después cerró la puerta con cuidado y apoyó la frente durante unos segundos contra la madera.
La casa volvió a quedarse en silencio.
Llevaba años diciéndose que algún día tendría que hacerlo, pero siempre encontraba una excusa y se aferraba a la idea absurda de que aún no era el momento. Ahora sabía que sí lo era.
Entró en el dormitorio y se acercó a la mesita. Abrió el cajón con un roce suave. Dentro, bajo varios papeles antiguos y una caja de fotografías, estaba la agenda de Samuel.
Tomás la cogió con cuidado y se sentó en el borde de la cama.
Durante años había permanecido allí como un reproche silencioso. No necesitaba abrirla para recordar la letra de Samuel, las anotaciones apretadas, las fechas marcadas y las palabras incompletas que solo él parecía entender del todo.
Pasó los dedos por la cubierta con los ojos cerrados y comenzó a llorar en silencio.
Recordó la última conversación que habían tenido a solas. Samuel estaba agotado, pero había algo en su mirada que Tomás no había sabido interpretar entonces. Era miedo. Ahora lo sabía.
«Si algún día me pasa algo, no la dejes sola», recordó Tomás.
Durante mucho tiempo se había convencido de que mantener a Irene lejos y guardar silencio era una forma de cumplir aquella promesa. Pensaba que esconder la agenda evitaría que alguien más terminara muerto.
Pero Héctor tenía razón en algo: Irene ya estaba dentro y quizá dejarla buscar a ciegas era la peor forma de protegerla.
Tomás abrió la agenda por la primera página y la contempló en silencio.
Volvió a secarse los ojos antes de decidir qué haría.
Llevaba demasiados años confundiendo el miedo con la lealtad y había llegado el momento de cambiar.