No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

Cuando Irene salió de la comisaría, la calle estaba prácticamente desierta.

Las luces de las farolas proyectaban reflejos amarillentos sobre el asfalto húmedo y el aire frío de la noche le despejó la cabeza.

Había pasado tantas horas encerrada entre expedientes, fotografías y anotaciones de Samuel que le costó adaptarse de nuevo a la sensación de estar fuera.

Se llevó una mano a la nuca mientras descendía los escalones de la entrada principal. Tenía los músculos agarrotados y los ojos cansados de releer la misma documentación. Había estado tan concentrada en encontrar algo útil que no advirtió que alguien la observaba desde el aparcamiento.

—Ya era hora.

Irene levantó la cabeza al reconocer la voz.

Cristina estaba apoyada contra su coche, con los brazos cruzados. A simple vista parecía enfadada, pero Irene la conocía demasiado bien para confundirse. No era enfado lo que veía en su expresión. Era preocupación.

—¿Qué haces aquí? —preguntó acercándose.

Cristina no respondió de inmediato. Sacó el móvil del bolso y se lo plantó delante de la cara. Irene bajó la vista y vio varias llamadas perdidas, mensajes sin leer y un par de notas de voz que ni siquiera recordaba haber recibido.

—Llevo toda la tarde intentando localizarte —protestó mientras guardaba el móvil—. Primero pensé que estabas ocupada; luego, que estarías con Joaquín o que te habías dejado el teléfono en cualquier sitio. Cuando pasaron las horas sin saber nada de ti, empecé a preocuparme de verdad.

—Lo siento. He estado trabajando. Ya sabes lo importante que es este caso para mí.

—Lo sé, pero no quiero que nos volvamos a distanciar, Irene. Éramos buenas amigas y quiero que siga siendo así.

Irene asintió.

—Son más de las diez de la noche.

Aquella frase obligó a Irene a consultar el móvil. Ni siquiera se había dado cuenta de lo tarde que era. Había entrado por la mañana y ahora estaba allí fuera, como si alguien hubiera arrancado el resto del día sin que ella lo notara.

—No estoy pendiente de la hora. Cuando acabo, me voy a casa.

—Ya me había dado cuenta.

Durante unos segundos permanecieron en silencio. Cristina la observó de arriba abajo y negó lentamente con la cabeza.

—Tienes una cara horrible —dijo con una sonrisa.

—Muchas gracias. No me acordaba de lo simpática que eras. —Levantó las cejas con una sonrisa.

Cristina le cogió la mano.

—Vamos. —Tiró de ella.

—¿Adónde?

—A cenar. ¿Dónde va a ser, si no? Estoy segura de que no has comido en todo el día. Estás muy delgada.

—Me he tomado un par de cafés —respondió con absoluta seriedad.

Cristina negó con la cabeza.

—Hay cosas que no cambian, ¿eh?

—Cierto. Pero no tengo hambre, de verdad.

—Creo que no te he preguntado. —Cristina continuaba andando sin soltarla.

Irene abrió la boca para protestar, pero terminó cerrándola. Estaba demasiado cansada para discutir. Y, además, sabía que tenía razón.

Caminaron varios minutos hasta una cafetería que todavía permanecía abierta. El local estaba tranquilo. Apenas había tres mesas ocupadas y una camarera recogía platos detrás de la barra. Se sentaron junto a una ventana desde la que podían ver la calle principal.

Durante los primeros minutos hablaron de cosas sin importancia.

Cristina le contó una discusión absurda con una compañera de trabajo y consiguió arrancarle una sonrisa.

Irene agradeció aquella normalidad más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Sin embargo, Cristina llevaba demasiado tiempo esperándola como para conformarse con temas superficiales.

—¿Cómo estás de verdad? —preguntó finalmente con la ensalada a medio acabar.

Irene se quedó mirando su plato.

—Estoy bien.

—Mentira.

—Cristina…

—No hace falta que mientas.

Irene levantó la vista.

—No te estoy mintiendo. Estoy investigando el caso de mi vida. Estaré mejor cuando encuentre a quien me la jodió.

—Lo sé, pero no quiero que te hagas ilusiones. Puede que no lo consigáis. —La miró con lástima—. Es peligroso, Irene. Y no estoy segura de que estés preparada para saber la verdad.

—Ahora sí. Puede que antes no lo estuviera, pero he asimilado que debo continuar. Y eso es lo que voy a hacer. —Comió la última patata frita de su plato.

—Estoy preocupada.

—Y yo estoy cansada de que todo el mundo me mire como si me fuera a romper en cualquier momento. No soy ninguna niña.

—Te conozco desde hace muchos años y sé que lo estás pasando mal. Estoy aquí para lo que necesites, ¿lo sabes?

—Lo sé, pero estoy bien, de verdad. No tienes de qué preocuparte.

Cristina la observó, sin saber qué más decir para convencerla.

—Han pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo. No es fácil asimilarlas. Puede que creas que no necesitas ayuda y, aun así, la necesites.

—Tranquila, de verdad, Cristina. Mis compañeros están al tanto de todo. Me han acompañado en los peores momentos. Los recuerdos fueron apareciendo poco a poco.

—¿Y continúan?

—No, hace tiempo que no tengo ninguno. Supongo que van apareciendo cuando mi cerebro se lo permite.

—¿Y el caso? ¿Estáis avanzando?

—Sí, pero debemos ser cautelosos. Quienquiera que sea está cerca de nosotros y no podemos hacer ningún movimiento que nos delate.

—Se inclinó hacia delante—. Samuel me dejó información antes de morir.

Santiago Montes investigaba lo mismo y lo han matado.

Hay un patrón que nadie entiende, pero está delante de nuestras narices.

—Me he enterado de lo de Santiago Montes. Me lo ha dicho Almudena.

—¿Lo conocía?

—Sí.

—Debería ir a hablar con ella. Puede que tenga información que nos sea útil.

Cristina negó despacio.

—Deberías preocuparte por ti. Sé que me repito, pero toda tu vida gira alrededor del caso y te estás olvidando de vivir.

—Es que esto es mi vida.

—No, Irene, es un caso. El tuyo, sí, pero no deja de ser uno más. Cuando lo cierres, no tendrás una vida a la que volver.

Irene recordó a Patricia. Le decía lo mismo, aunque con palabras más formales. Tenía miedo de descubrir quién era sin el secuestro que la había marcado para siempre.

—No te estoy diciendo que lo dejes, pero tienes que aprender a compaginar ser policía con una vida. No quiero que te pierdas por el camino.

—¿Y eso qué significa? —Suspiró.

—Significa que llevas tanto tiempo persiguiendo respuestas que has dejado de preguntarte qué harás cuando las encuentres.

Irene se quedó en silencio. Nunca había pensado en ello.

Siempre imaginaba el momento en que descubriera quién la había secuestrado, entendiera qué había ocurrido con Samuel y todas las piezas encajaran. Pero jamás había pensado en lo que vendría después.

—No lo sé —admitió.

—Eso es lo que me preocupa.

La sinceridad de aquella respuesta hizo que Irene bajara la mirada.

La camarera pasó cerca de su mesa y dejó la cuenta sin interrumpirlas.

—¿Sabes qué creo?

Irene alzó ligeramente la barbilla, invitándola a continuar.

—Que tienes miedo de parar. Porque, mientras buscas respuestas, siempre tienes un objetivo delante, pero, cuando acabes, tendrás que enfrentarte a todo lo demás.

Pagaron la cuenta y salieron a la calle. El aire era aún más frío que cuando entraron. Caminaron despacio hasta los coches, sin prisa por despedirse. Irene reflexionaba sobre lo que Cristina le había dicho. En el fondo, sabía que tenía razón. Nunca había salido del zulo.

Irene se paró delante del coche de Cristina, que estaba más cerca que el suyo.

—Prométeme una cosa.

—Depende de lo que me pidas —dijo con una sonrisa.

—Cuando todo esto termine, seguirás adelante.

Irene sintió un nudo extraño en el pecho. Por primera vez, alguien hablaba de una vida futura que no incluía la investigación. No sabía qué responder.

Cristina pareció entenderlo. Se acercó y la abrazó.

—Solo intenta cuidarte un poco más —murmuró al separarse—. Ya has sufrido bastante.

—Claro. —Esbozó una sonrisa cansada.

—Y llámame —añadió antes de meterse en el coche.

—Hecho.

Cristina arrancó y volvió a despedirse con la mano antes de desaparecer.

Irene retomó el camino hacia su coche mientras reflexionaba sobre la conversación.

Le dolió admitir que su amiga tenía razón.

No poseía nada más que el trabajo y una casa siempre vacía.

Sintió lástima por haberse centrado en los fantasmas del pasado.