Capítulo 26
Irene entró en la comisaría con la carpeta apretada contra el costado. No había dejado de pensar en la frase desde que salió de casa de sus padres. La había leído tantas veces que ya no necesitaba mirar el papel para verla escrita con la letra de Samuel.
«No es la sustancia. Es el patrón».
Seguía sin entender a qué patrón se refería, pero aquellas palabras le removían el estómago. No eran una explicación ni una prueba definitiva, sino una dirección. Una forma de decirle que dejara de mirar el dato aislado y empezara a buscar el conjunto.
Al llegar a la sala, buscó a Joaquín con la mirada, pero tampoco estaba en su despacho. Su mesa y la de Marcos estaban vacías. Consultó el móvil: nadie la había avisado. Así que fue a buscar a Adrián, convencida de que él sabría adónde había ido el resto del equipo.
Adrián estaba sentado en su puesto, con las gafas puestas y concentrado en la pantalla. Irene observó varias carpetas a un lado de la mesa.
—Hola —saludó Irene, sonriente.
—Pensaba que estabas en el médico —comentó Adrián al verla. Se quitó las gafas.
Irene meneó la carpeta en el aire sin dejar de sonreír.
—Vamos. Tengo que hablar contigo.
—¿Y lo del médico? ¿Te pasa algo? No me quiero entrometer, pero no me habías dicho nada y estaba preocupado.
—Era mentira, Adrián. —Continuó caminando—. Pero tenía que hacer una gestión personal y no quería decírselo para no tener que estar dando explicaciones.
—¿Y sabe que es mentira y no te lo dice?
—Exacto. Nos conocemos. Sabe que, si le miento, es por una buena razón. —Volvió a mover la carpeta—. Esta es la razón.
Entraron en la sala. Irene dejó la carpeta delante de Adrián y cerró la puerta.
—Es tuya —dijo después de leer el nombre.
—Lo sé.
Irene se sentó frente a él. La satisfacción se notaba en cada movimiento. Apoyó la barbilla sobre las manos.
—Necesito que lo leas.
—¿Qué es?
—El informe toxicológico que elaboró Eva Ruiz cuando me encontraron —respondió Irene.
El gesto de Adrián cambió al instante. Abrió la carpeta despacio, como si supiera que aquel documento llevaba demasiado tiempo esperando a ser leído. Pasó la primera hoja, recorrió varias líneas con los ojos y frunció el ceño al reconocer algunos términos.
—Análisis segmentado de cabello —leyó en voz baja mientras acercaba el informe un poco más—. Restos compatibles con exposición prolongada.
Irene apretó los dedos contra la mesa.
—Sigue.
Adrián avanzó hasta la parte marcada y se quedó inmóvil unos segundos.
—Norketamina —murmuró levantando la vista hacia ella.
—Eva decía la verdad —confirmó Irene con la voz contenida.
—¿De dónde ha salido esto? ¿Del médico? —preguntó sonriendo.
Irene respiró hondo antes de responder.
—Samuel se lo dejó a mis padres antes de morir.
Adrián dejó de leer. Durante un instante pareció que iba a decir algo, pero guardó silencio. Volvió al informe y siguió revisando las hojas hasta llegar a la anotación manuscrita.
—Esta no es tu letra —observó Adrián.
—La escribió Samuel para mí. —Tragó saliva al recordarlo. Imaginó al inspector buscando la manera de transmitirle la pista con sutileza.
—Incluso ha puesto tu nombre. Se preocupó mucho por todas vosotras. Sé que el final fue trágico, pero este gesto dice mucho de él. Era un buen policía —dijo el agente.
—Lo sé. —Contuvo el llanto.
Adrián guardó silencio unos segundos. Alternaba la mirada entre el informe e Irene mientras intentaba ordenar las ideas.
—¿Y bien?
—Es una muy buena noticia. Tenemos que decírselo a los demás.
—Lo sé. Ahora llamaré a Joaquín. ¿Por qué dices que es una buena noticia? A ver, sí que lo es, pero tampoco nos aclara nada. No sabemos interpretarlo ni a qué patrón se refiere. —Resopló.
—Ya, pero, al menos, ahora sabemos que existe. Estábamos buscando pistas para conectarlas, pero ahora sabemos lo que buscamos. Un patrón. El asesino y secuestrador sigue un patrón.
—Relacionado con la norketamina.
—¡Exacto! —Sonrió.
Samuel no había subrayado la norketamina por la sustancia en sí. Había visto algo que Eva no supo interpretar y que quizá solo tenía sentido al compararlo con otras muestras, otros casos o las demás niñas.
—Tienes que hablar con Tomás… —dijo Adrián de repente, rompiendo el hilo de sus pensamientos.
—No. —Levantó la cabeza.
—No me has dejado terminar. —Cerró la carpeta.
—Da igual. No quiere hablar conmigo. Lo ha dejado muy claro. La verdad es que le entiendo.
—Tomás trabajó con Samuel —insistió él, manteniendo la calma—. Si alguien sabía que ese informe existía era él.
—Supongo que sí, pero no sabía quién lo tenía. Eva tampoco, aunque estaba convencida de que Samuel no lo habría destruido todo, de que habría dejado un rastro… Y tenía razón.
—Tomás era su compañero. Estoy seguro de que tiene información.
—Lo intenté, Adrián —recordó ella con un cansancio más evidente de lo que pretendía—. Me dejó claro que no quiere saber nada de mí.
Adrián la observó unos segundos. No había reproche en su mirada, solo una insistencia serena que a Irene le resultaba insoportable precisamente porque tenía sentido.
—Entonces cambia la forma de acercarte a él —propuso mientras dejaba el bolígrafo sobre la mesa.
—Ahora no. —Irene negó despacio con la cabeza.
—Entonces, ¿cuándo? —preguntó apoyando los antebrazos en la mesa—. Cada vez que aparece algo importante, Tomás está cerca de alguna manera. Tenemos que solucionarlo ya. —Cogió aire—. Siento decirlo así, pero fuiste tú quien lo acusó durante años, abiertamente y delante de todos.
—Lo sé, pero es que parecía él. Además, no dejaba de meterse conmigo —intentó justificarse.
Adrián no respondió. Se quedó mirando la carpeta como si la respuesta pudiera aparecer entre sus páginas.
—Voy a llamar a Joaquín. Tengo que contarle esto —añadió Irene.
—Como quieras. Pero los problemas tienen una característica en común.
—¿Cuál? —preguntó Irene con una sonrisa.
—Que no desaparecen solos.
—Lo sé. Tengo que solucionarlo, pero hoy no. —La inspectora asintió.