No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

Irene entró en casa de sus padres con la sensación de estar cruzando una puerta que llevaba meses evitando.

Elia estaba de pie junto al sofá, con los brazos cruzados y el gesto serio. Sara permanecía muy recta en una de las butacas. Llevaba preparando el inicio de la conversación desde la visita de Elia. Paco estaba junto a la ventana, con la vista perdida en la calle.

—Has venido —murmuró Elia mientras se acercaba a ella.

—Dijiste que era importante —respondió Irene dejando el bolso encima de la mesa.

Sara levantó la mirada al escuchar su voz, pero tardó unos segundos en hablar.

—Lo es, cariño —dijo con un hilo de voz.

Irene apretó la mandíbula al oír aquel tono.

—Bueno, pues ya estoy aquí. ¿Vas a contarme otra mentira?

Paco meneó la cabeza.

—Siéntate y tranquilízate. Es una conversación que hemos estado evitando para protegerte. No es fácil para nosotros —dijo Paco con un tono tan paternal que conmovió a Irene y consiguió que se sentara—. No hagas que nos arrepintamos de esto.

Elia bajó la vista.

—Está bien. Cuando queráis —añadió Irene, más calmada.

Paco se sentó a su lado, dispuesto a intervenir si la conversación se acaloraba o Irene no entendía sus motivos.

—Sé que estás enfadada con nosotros. —Sara se llevó una mano al pecho con el pañuelo arrugado.

—No estoy enfadada. Estoy decepcionada, que es distinto.

Paco la miró con dureza.

—¡Ya está, Irene! —Alzó el tono—. Debes pensar que eres la única que ha sufrido en esta familia.

Nos hiciste más daño tú a nosotros del que te hicieron a ti.

—Paco sintió la ira en su interior—. Nos repudiaste durante meses.

Solo querías estar con los policías. ¡Por el amor de Dios!

¿Te crees que tienes derecho a juzgarnos? ¿Tú?

Irene contuvo las lágrimas. No había tenido en cuenta los sentimientos de los demás.

Nunca se había parado a pensar en lo que su familia pasó durante el secuestro y en los meses en los que no quería ni siquiera verlos.

Recordó que Samuel había estado investigando a su padre.

Le pareció extraño que reaccionara así ante los hombres y que huyera cuando lo vio.

—Lo siento. Tienes razón. —Juntó las manos y las metió entre los muslos—. Mamá, puedes hablar cuando quieras.

Irene intentó respirar despacio para tranquilizarse. Había ido a conocer la verdad. No quería más discusiones ni echar más leña al fuego.

—Tu hermana nos convenció de que teníamos que hablar contigo y contarte la verdad sobre lo ocurrido —explicó Sara mientras apoyaba los codos en las rodillas.

—Qué bien —murmuró con ironía—. Me encanta que tengáis reuniones sobre mí sin mí.

Elia le dio un codazo como cuando su madre las regañaba.

—Escucha.

—No ha sido así, Irene. —Sara cerró los ojos al escucharla.

—Sí que ha sido así, mamá —contestó al cruzarse de brazos—.

Lleváis toda la vida ocultándome la verdad.

Cada vez que intentaba preguntar sobre mi secuestro, cambiabais de tema.

Me cansé de hacerlo. Así que no me disteis más opción que buscar la información fuera.

—Cogió aire—. Además, cada vez que me llamas, parece que me estás midiendo la voz para saber si sigo cuerda.

Sara la miró con sorpresa al escuchar aquellas palabras. Era su madre. Solo la llamaba para asegurarse de que estaba bien y de que no necesitaba su ayuda. Le dolió cómo Irene le estaba hablando, pero también lo entendía.

—No te llamo para medir nada —alegó con voz temblorosa.

—No, solo para comprobar que sigo respirando —replicó Irene, aunque enseguida se arrepintió al ver el gesto de su madre.

—No sigas por ahí —intervino Paco, amenazante—. Escucha primero antes de hablar.

—No sabes lo que dices, Irene. No dejas de juzgarnos sin saber de lo que hablas —replicó Elia.

—¡Genial! Pues decidme en qué me equivoco. Os escucho.

Sara se levantó despacio, consternada por la reacción de Irene. Caminó hasta el mueble del salón y apoyó una mano en uno de los cajones antes de volverse hacia ella.

—Samuel vino a vernos unos días antes de morir —empezó mientras mantenía los dedos sobre el tirador.

—¿Qué? —Irene sintió que algo se le tensaba en el estómago.

—Nos pidió un favor —añadió Paco.

Irene miró a Elia sin comprender. El corazón le latía cada vez más deprisa. Se sentía engañada por todos los que la rodeaban. Cerró los ojos mientras imaginaba qué habrían guardado durante tantos años. Al ver que palidecía, Elia le cogió la mano y esbozó una sonrisa de apoyo. No estaba sola.

—Tranquila, escucha. Es importante —susurró Elia.

Sara abrió el cajón y sacó una carpeta de cartón envejecida. Aún no se la entregó. La sostuvo contra el pecho.

—Samuel estaba asustado —continuó Sara mientras acariciaba el borde de la carpeta—. Nunca lo había visto así.

—¿Y qué pasó? —preguntó Irene, impaciente.

Paco soltó un suspiro sonoro antes de responder.

—Sabía quién era, pero no quería poner a nadie más en peligro.

—¿Qué? —preguntó con el ceño fruncido, incrédula.

—Quería salvar a las demás niñas. Lo entenderías si lo hubieras conocido —recalcó Paco.

Elia no sabía el motivo de tanto secretismo. Lo estaba escuchando por primera vez, igual que su hermana. Solo sabía de la existencia de una carpeta, pero tampoco conocía su contenido.

—¿Y no me dijisteis nunca nada? —Irene meneó la cabeza con impotencia.

—Nunca nos dijo ningún nombre, Irene —dijo Sara ante su reacción—. Nos estaba protegiendo a todos. —Se emocionó al recordarlo.

—Samuel no estaba seguro, pero el día de su muerte había quedado con ese hombre.

Irene se levantó. Estaba empezando a ponerse muy nerviosa. Le costaba prestar atención a la conversación.

—¿Me estáis diciendo que os dio una carpeta y ya está? ¿Seguro? No quiero más mentiras.

—Solo te vamos a contar la verdad. Pero nosotros tampoco sabemos todo lo que ocurrió —aclaró Paco—. Siéntate.

—Sí, Irene, tranquilízate. —Elia tiró de su brazo para sentarla.

—Nos dijo que no quería que la policía interviniera todavía. Que primero necesitaba confirmarlo e intentar que le dijeran dónde estaban las demás. —Sara se calló para coger aire—. Si hacía un movimiento en falso, podía perder la única oportunidad de encontrarlas.

—¿Esto qué es? —Irene miró la carpeta.

Sara se la dio.

—Es lo que te dejó Samuel.

—No entiendo nada. ¿Por qué iba a dejarme esto a mí?

Irene recordó el pelo de Lucía Rosales. Samuel le había dejado en secreto todas las pistas que conducían a la identidad del secuestrador. Quienes las custodiaban ni siquiera sabían que existían las demás, pero todas transmitían el mismo mensaje: debían entregárselas a Irene.

—Nos dejó claro que te la diéramos solo si necesitabas respuestas —recordó Sara.

—Irene, Samuel pensaba que serías policía, pero aun así te protegió hasta el final —añadió Paco.

—¿Qué quieres decir?

—Solo quería que te diéramos los resultados si estabas preparada y si querías saber la verdad. —Sonrió Paco antes de continuar—. Nos dijo que, si eras feliz y no habías vuelto a pensar en el secuestro, la destruyéramos.

—Quería protegerme —reaccionó Irene conteniendo las lágrimas.

Sara volvió a emocionarse y se secó con el pañuelo las primeras lágrimas.

—Ábrela. Creo que ya sabes lo que es.

Irene vio el logotipo de la Policía Nacional y, debajo, su nombre. Esbozó una ligera sonrisa.

—Es mi informe toxicológico.

«Eva tenía razón. Samuel nunca lo habría destruido».

—¿Ahora entiendes por qué no te lo dimos? —preguntó Paco.

—Sí, lo entiendo. Pero ahora sí que estoy preparada —confirmó Irene con más fuerza que nunca.

Samuel le había confiado toda la investigación. Ahora solo quedaba buscar el nexo que él había visto.

—No queríamos ocultarte la verdad para hacerte daño —explicó Sara con calma—. Queríamos esperar a estar seguros de que no ibas a hundirte con ella.

Irene se quedó callada.

—Samuel no dejó esto para que empezaras una guerra —continuó Sara mientras señalaba la carpeta—. Lo dejó por si algún día necesitabas terminar lo que él no pudo. Quería protegerte, pero también darte la posibilidad de dejar todo aquello atrás.

Aquella frase sí la atravesó. Irene bajó la vista de nuevo hacia su nombre en la carpeta.

—Lo sé. Pero queda mucho por hacer. Sé lo que contiene este informe y me ha confirmado lo que me han contado. —Asintió—. Samuel no me dejó las respuestas. Me dejó las piezas para que las uniera si esa era mi decisión.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Elia.

—Unirlas. Gracias, Elia. Te agradezco lo que has hecho por mí. Sé que, si no hubieras insistido, no me la habrían dado.

Las hermanas se abrazaron con los ojos llorosos.

—Gracias por confiar en mí. Ahora estoy un paso más cerca de superarlo. —Miró a sus padres.

Los abrazó.