Capítulo 23
Marcos estaba apoyado junto a la máquina de café cuando Joaquín apareció por el pasillo. Sostenía un vaso de plástico del que apenas había bebido. El café ya se enfriaba cuando salió de sus pensamientos.
—Con esa cara no creo que el café vaya a hacer milagros —comentó Joaquín mientras se detenía a su lado y observaba el vaso.
—La esperanza es lo último que se pierde —respondió Marcos mientras miraba el café.
—Llevas cinco minutos mirándolo como si tuviera la respuesta. —Joaquín se apoyó al otro lado de la máquina.
—Estoy pensando —replicó.
—¿Estás bien?
Marcos soltó una risa breve, pero el gesto se le apagó enseguida. Joaquín lo observó en silencio antes de volver a hablar.
—¿Todo bien en casa? Los primeros años son complicados. Hay que amoldarse a la nueva situación —dijo Joaquín, que intuía lo que le preocupaba.
—Solo estoy cansado.
—¿Solo?
—El niño no duerme y Nieves no está muy simpática. Parece que le molesto.
—Es que le molestas. Si no aportas, aparta. —Sonrió el comisario—. Mi padre lo decía mucho.
—Debe de ser eso. No sé cómo acertar con ella. ¿A ti también te pasó?
—Nos pasa a todos. Bueno, a casi todos. Los más listos lo pillan desde el principio. Pero todo se resume en lo mismo.
—¿En qué?
—La has dejado con el marrón. Tú sales por la mañana y no vuelves hasta por la noche, cansado, ¿no?
—Claro.
—Ya, entiendo. —Soltó una carcajada—. Ya veo que no eres de los listos. A mí también me pasó. ¿Te crees que ella no está cansada?
—Supongo.
—No lo supongas. Lo está. Y probablemente mucho más que tú. Si vivís solos y no haces nada en casa, ¿quién crees que carga con todo?
—Ella. —Se encogió de hombros—. Pero yo estoy cansado. No me voy a poner a limpiar cuando llego por la noche.
Joaquín le puso la mano en el hombro.
—No voy a ser yo quien dé consejos a nadie, pero estás muy equivocado. Tú llegas cansado y no haces nada en casa, ¿no?
—¿Y?
—Entonces, que lo haga ella, ¿no?
—No quiero decir eso.
—Pero es lo que haces.
—El problema es que discute por todo. Yo solo quiero estar bien, como antes.
—Marcos, ya no estás en ese momento.
—Lo sé. Adrián me dijo lo mismo. —Bajó la mirada.
—A lo largo de mi vida he aprendido muchas cosas por las malas. Espero que no cometas mis errores, que son muchos. El trabajo siempre parece urgente, pero tu familia es lo importante.
—Ya, ya. No dejes que lo urgente te impida ver lo importante.
—¡Exacto!
—Entiendo lo que dices. Pero, en cuanto llego a casa, empieza a ponerme esas caritas de mala leche. —Apretó los labios—. Si acabo de llegar y ya la molesto.
—Hazme caso. La casa y el niño también son tuyos.
Joaquín sacó unas monedas del bolsillo y las echó en la máquina.
—Este café está buenísimo. No entiendo por qué no os gusta.
—¡Está malísimo! Pero cumple su función. Despertarte, te despierta.
—Bueno, pues al menos cumple su función. —Bebió del café.
Joaquín observó cómo el inspector se quedaba pensativo.
—Intenta llegar antes a casa y haz lo que no le haya dado tiempo a hacer. Si no lo haces, la perderás. —Se acercó con el café en la mano—. ¿La quieres?
—Claro.
—¿Y te gusta ser padre?
—Es lo mejor que me ha pasado.
—Pues lucha por ellos. Se lo merecen. Marcos, tienes una familia preciosa. No la pierdas.
—Gracias, comisario. Voy a intentarlo.
—No. Lo vas a conseguir. No quiero verte por aquí después de las seis de la tarde. Si Irene se queda, tú no tienes por qué hacerlo. Ella persigue sus propios demonios. No te dejes arrastrar —aconsejó, convencido de lo que decía.
Marcos no contestó.
—Vamos a la sala. Me tienes que contar qué os contó el conserje. —Continuó andando.
Marcos cerró la puerta y se sentó.
—¿Esperamos a los demás?
—No te preocupes. Irene no viene hoy.
—¿Adónde va?
—Me ha dicho que se va al médico. Es mentira, pero supongo que no me lo querrá decir hasta que tenga la pista. —Levantó las cejas con una sonrisa.
—¿Sabes cuándo te miente? —preguntó Marcos, anonadado.
—Son muchos años. Para mí no tiene secretos… Aunque ella piensa que sí.
Joaquín se sentó y posó el café en la mesa.
—Cuéntame.
Marcos le contó la visita al conserje y lo que este le había explicado acerca de Luca. El comisario escuchaba con atención.
—¿Crees que deberíamos hablar con él? —quiso saber Joaquín.
—No estoy seguro. —Resopló—. Por cierto, ¿dónde está Adrián?
—Viene más tarde. Le conté la conversación con Tomás y quiere cruzarse con él «por accidente» para tender puentes —explicó mientras hacía las comillas con los dedos.
—Complicado. —Marcos se echó hacia atrás en la silla.
—Bueno, por intentarlo que no quede. —Se levantó—. Vamos a hablar con Luca. Me gustaría saber el motivo por el que discutieron.
Marcos imitó el gesto.
—Cuando quieras. —Asintió después de dar el último sorbo.