No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

Elia había decidido enfrentarse a sus padres. Después de la conversación con Irene, temía perderla para siempre. Habían guardado un secreto durante demasiado tiempo y ella se sentiría traicionada por su familia. Era imperdonable, aunque hubieran tenido una buena razón.

Irene llevaba semanas evitándolos. Ya ni siquiera iba a cenar con ellos una vez a la semana.

Juan había percibido la preocupación de su mujer.

No sabía exactamente qué había ocurrido durante el secuestro, pero intuía que aún quedaba una conversación pendiente.

La animó a ir y se ofreció a esperarla en casa.

Sabía que debían hablar en la más estricta confidencialidad.

Elia llevaba más de diez minutos dentro del coche, sin decidirse a bajar. Había aparcado frente a la casa de sus padres y seguía aferrada al volante mientras repasaba la conversación que había mantenido con Irene unos días antes.

«Estaba enfadada y confusa».

No había sido agradable, pero sabía que tenía razón. Ya habían pasado demasiados años para seguir guardando un secreto que necesitaba salir a la luz.

Hacía tiempo que no la veía tan enfadada. No era una rabieta; era peor. Elia había visto en sus ojos la decepción con su familia. Le habían fallado.

Finalmente, soltó el aire y salió del vehículo. Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar. Se sentía culpable por haber guardado silencio y haber sido cómplice de la mentira que sus padres le impusieron. Ya era adulta, pero seguía temiendo la reacción de Irene.

Abrió la puerta con las llaves que conservaba de la casa de sus padres.

—¿Mamá? ¿Papá? —los llamó mientras dejaba el bolso en el perchero de la entrada.

—¡Estoy en la cocina! —respondió Sara sin dejar de cocinar.

Elia avanzó mientras repasaba cómo empezar la conversación. En ese momento se arrepintió de no haberlo hecho por teléfono. La mirada de sus padres la hacía sentirse de nuevo como una niña. Resopló antes de cruzar la puerta.

Sara se giró con una sonrisa. Estaba haciendo la cena y tenía varios fuegos encendidos.

—Hola, cariño —saludó antes de acercarse a darle un beso.

—Hola, mamá. ¿Y papá? ¿No está?

—Sí, hija, está en el salón poniendo la mesa. ¿Te quedas?

—No, solo he venido a veros un rato. Juan está preparando la cena para que, cuando vuelva, esté todo hecho. —Sonrió sin ganas.

Sara la miró mientras se secaba las manos con un trapo.

«Algo se trae entre manos», pensó.

—¡Hola, hija! —gritó Paco al entrar en la cocina con el pijama puesto.

—¿Ya estás así? —preguntó sarcástica.

—Sí, tu madre ha dicho que hoy no nos vamos de botellón. —Le guiñó un ojo a su hija.

Sara les dio la vuelta a los filetes y limpió la pared que se había manchado.

—Bueno, hija, ¿nos vas a decir qué te pasa? —Se giró—. ¿O vamos a tener que averiguarlo?

Elia miró a su padre, que no sabía de qué iba todo aquello.

—Mejor me voy al salón, que el tono de tu madre no me ha gustado. —Paco intentó escaquearse de una conversación incómoda.

Elia lo cogió del brazo.

—No, papá, tengo que hablar con los dos —dijo al fin.

Paco suspiró hondo.

—Hace unos días vino Irene a verme al trabajo.

—¡Ya estás otra vez con lo mismo! —alzó la voz Sara, enfadada.

—Otra vez, no. Siempre hay que hacer lo que tú digas. Papá, ¿tú estás de acuerdo?

Paco se quedó congelado. Sabía que, si decía algo, una de las dos se enfadaría con él.

—Yo prefiero que decidáis vosotras. Con lo que sea, yo me adapto. —Esta vez se esfumó de la cocina lo más rápido que pudo.

Caminó hacia el salón para evitar que lo metieran en la conversación y subió el volumen de la televisión.

No era la primera vez que discutían sobre aquello y ni siquiera quería escucharlas.

Nunca acababa bien. Elia solía dar un portazo y pasaba varias semanas sin cogerles el teléfono.

Sabía que su hija se enfadaría con él de todos modos, pero, si no intervenía, al menos evitaría también la ira de su mujer.

—Mamá, lo va a descubrir igual. ¿No es mejor que se lo digamos nosotros?

—No, hija. —Se apoyó en la encimera para mirar a Elia a la cara—. Sé que piensas que haces lo correcto, pero no es así. Hasta hace unos meses no podía ni salir por la noche —le recordó con pena.

—Lo sé, pero ya no. Está superando todos los obstáculos, que son muchos. Lo más compasivo es dárselo. Le pertenece.

—No, de eso nada. Me pertenece a mí, que soy su madre.

—No es una niña.

Sara levantó una ceja y se cruzó de brazos.

—¡Eso lo dices tú!

—¡Es inspectora de policía! —alegó alzando la voz.

—¿Y?

—Es obstrucción a la justicia.

Sara sintió cómo le subían los colores del enfado.

—Soy su madre. Es mi responsabilidad, igual que lo fue el día que le fallé y la secuestraron. No pienso llevarla otra vez por ese camino. ¿Te enteras o no? —gritó.

Elia se levantó con ira en los ojos.

—Y yo soy su hermana. Ese día la secuestraron por mi culpa. Era mi responsabilidad y la dejé sola. Ahora puedo ayudarla a dejar de tener miedo y a encerrar a ese malnacido.

—Tonterías. No sabes lo que dices. Mató a un buen policía y hará lo mismo con ella —concluyó Sara.

Elia cerró los ojos para tranquilizarse. Si quería que su madre entrara en razón, debía hacerle entender que estaba equivocada.

—Mira, mamá, va a llegar al fondo del caso tanto si la ayudamos como si no. Yo prefiero ponérselo fácil. Puede que encontrar las pruebas la lleve hasta el asesino. No quiero que le pase nada. —Elia contuvo las lágrimas.

—Yo tampoco, pero es mejor que no sepa nada.

Sara se giró y continuó haciendo la cena. Elia se colocó a su lado.

—Han matado a Santiago Montes. —Tragó saliva.

—¿Qué? No puede ser. —La voz le temblaba.

—Gracias a ti, la gente sigue muriendo. Es más importante de lo que tú te piensas.

Sara bajó la mirada. Le ardían los ojos por contener las lágrimas.

—Pero… —Elia le tapó la boca con el dedo.

—Haz lo que quieras, pero es un caso importante.

Es el caso de la vida de tu hija. Saber que la persona que la secuestró está entre rejas la dejará vivir.

Entiendo que te cueste aceptarlo, pero es una mujer adulta.

Es la mejor inspectora que conozco. Ha superado todos los obstáculos que ha encontrado en el camino.

Lo que jamás imaginaría es que su propia madre le oculta la verdad.

—Elia suspiró antes de salir de la cocina.

Sara fue detrás de ella.

—Yo tenía que decidir el momento —se justificó.

Paco la escuchó desde el salón. Hizo de tripas corazón y se levantó. Era una persona tranquila, pero esta vez debía intervenir.

—Sara, ha llegado el momento. Era nuestra decisión. No solo tuya —matizó Paco.

—Pero, Paco, la va a desestabilizar. ¿Queréis verla llorar hecha un ovillo todas las noches? ¿Es eso lo que queréis? —gritó Sara, alterada.

—Si llega ese momento, estaremos con ella —confirmó—. Elia, hija, déjanos pensar cómo decírselo después de haberle ocultado la verdad tantos años. —Tragó saliva sin dejar de negar con la cabeza.

Elia lo abrazó.

—Gracias, papá. Es lo mejor. No quiero seguir mintiéndole más tiempo.

—Lo sé, yo tampoco.

—No quiero verla sufrir otra vez… Todas las noches pensaba que volverían a llevársela. Todas. Durante años entré en su habitación para comprobar que seguía allí. ¿Cómo voy a entregarle ahora algo que puede volver a ponerla en peligro? —Sara comenzó a llorar.

Paco la abrazó.

—Eso no va a pasar. Es una mujer fuerte, más fuerte de lo que pensamos —dijo con orgullo.