No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

El edificio donde había aparecido muerto Santiago Montes se encontraba en una de las calles más transitadas del centro.

A aquella hora, las cafeterías comenzaban a llenarse y los repartidores descargaban mercancía en los comercios.

Marcos aparcó unos metros más adelante y apagó el motor mientras observaba la fachada.

—Parece mentira que aquí apareciera un cadáver hace unos días —comentó Adrián mientras se quitaba el cinturón.

Marcos asintió sin responder. Cogió la libreta que siempre llevaba consigo y salió del vehículo.

Cruzaron la acera y entraron en el portal. El suelo de mármol brillaba bajo las lámparas del techo. Todo estaba excesivamente limpio, como si alguien hubiera dedicado más tiempo del necesario a mantener el edificio en perfecto estado.

A la derecha de la entrada había una pequeña portería acristalada. Dentro, un hombre de unos sesenta años ordenaba varios sobres sobre una mesa. A su espalda, unas estanterías perfectamente organizadas contenían más cartas y una montaña de paquetes clasificados por pisos.

El hombre levantó la vista cuando los vio acercarse.

—Buenos días —saludó Marcos enseñando la placa—. Somos de la Policía Nacional. ¿Es usted Axel Falcón?

—Buenos días. —Dejó el sobre que tenía entre las manos y se levantó despacio—. Me imaginé que no tardarían en venir.

—Venimos por el asesinato de Santiago Montes —confirmó el inspector.

—Ya. Fui yo quien lo encontró. —Cerró los ojos y movió la cabeza a ambos lados.

—¿Podemos hablar aquí? —intervino Adrián.

—Por supuesto. Donde ustedes decidan.

—Intentaremos no quitarle mucho tiempo. —Marcos sacó la libreta del bolsillo interior y comprobó que Axel lo escuchaba con atención—. Sé que es un momento complicado, pero necesitamos que recuerde con el mayor detalle posible lo que ocurrió ese día.

—¿El día entero? —preguntó Axel, sorprendido.

—Sí, eso es. El asesino tuvo que pasar por delante de su puesto de trabajo. Incluso es posible que no fuera la primera vez que venía a ver a Santiago —explicó Adrián.

Al conserje le cambió el gesto.

—¿Santiago conocía a su asesino?

—Es lo más probable.

—Entiendo. —Tragó saliva con la mirada perdida—. Pueden preguntarme lo que quieran.

—¿Recuerda a qué hora vino Santiago?

—Normalmente venía sobre las nueve de la mañana. Algunos días, antes. Dependía de lo importante que fuera el caso que llevaba entre manos. Era una persona alegre y trabajadora, pero a veces se obsesionaba con ciertos casos —puntualizó Axel.

—¿Lo conocía desde hacía muchos años? —indagó Marcos con rostro serio.

—Sí, muchos. No recuerdo exactamente cuántos, pero más de quince, seguro. Cuando alquilaron el despacho y montaron la agencia, yo ya trabajaba aquí. Miren. —Abrió una caja de la pared—. Hasta tenía una copia de sus llaves.

—Ya veo, ya —respondió Adrián—. Tenían confianza, ¿no?

—Sí, eso es. Eran muchos años viéndonos las caras todos los días.

—¿Venía todos los días?

—Sí. Santiago venía siempre. A veces llegaba más tarde, si tenía algo que hacer, pero venía. Luca era quien no venía a diario.

—¿También tiene confianza con él? —preguntó Marcos con intención.

Axel sonrió.

—Sí, pero no de la misma manera. Santiago era más simpático. Luca, según el día, era amable o te daba una mala contestación. —Calló un segundo—. Llevo muchos años trabajando de conserje en esta comunidad y ya sé cuándo hablar y con quién —explicó.

—¿Aquel día vino Luca?

—Sí, vino unas horas antes de que yo subiera a repartir. —Los miró—. A ver, no quiero malentendidos. No estoy diciendo que fuera Luca, ni muchísimo menos. Solo digo que vino. No lo vi salir y, como habían pasado varias horas, decidí subir a darle un paquete que habían dejado en la recepción.

—¿Los repartidores no suben? Necesitamos saber si alguien más lo vio ese día —argumentó Marcos.

—No. Como yo estoy aquí, recojo todos los paquetes y luego los reparto.

Me dan pena, ¿saben? Los tienen un poco explotados y van con el tiempo justo para hacer la ruta.

Así les quito trabajo y me entretengo un rato.

Paso aquí muchas horas. Aparte del sudoku, no tengo mucho más que hacer —se encogió de hombros.

—¿Y no recuerda a qué hora vino Luca? —Adrián sabía que Marcos intentaba calcular cuándo podría haber subido el asesino. Necesitaban acotar la franja en la que accedió al edificio.

—No, lo siento.

—Pero ¿recuerda con seguridad que fue ese día?

—Estoy completamente seguro. Hacía unas semanas que no lo veía. Por eso me pareció raro que viniera.

—¿Raro? —preguntó Marcos con extrañeza.

Axel carraspeó, como si se arrepintiera de haberlo mencionado.

—No quiero que parezca que Luca ha tenido algo que ver con el asesinato. Porque estoy seguro de que no ha sido así…

—Por favor, es importante —lo cortó el inspector—. Continúe.

—Hace unas semanas discutieron. —Resopló—. Un día, a última hora, Santiago bajó muy enfadado y se le cayeron varias carpetas delante de mí. Salí a ayudarlo y le pregunté qué había pasado.

—¿Y?

—Solo me dijo que habían discutido. No sé el motivo ni nada por el estilo —aclaró.

—¿No hay cámaras?

—No, lo siento.

—¿Y no recuerda que viniera alguien después de Luca?

—No, pero eso no quiere decir que no viniera nadie. A la hora aproximada del asesinato, yo estaba por los pisos repartiendo los paquetes que me quedaban —alegó, convencido.

—Cuando sale de aquí, ¿cierra la puerta? —Marcos señaló la cerradura.

—No, la verdad. Tiro de la puerta y ya está. ¿Quién va a entrar aquí? Primero deben entrar al portal, si es lo que están pensando —se excusó.

Marcos y Adrián se miraron.

—No es culpa suya, Axel, pero Santiago fue asesinado en su despacho. Así que tuvo que pasar por aquí —matizó Marcos.

—Ya, lo sé. —Se rascó la nuca con nerviosismo—. También puede que le abriera él, ¿no?

—Por supuesto, pero necesitamos descartar todas las opciones —dijo Adrián con gesto comprensivo.

—Lo entiendo. —Bajó la mirada.

—¿Hay alguna empresa más en este portal o son particulares? —Marcos tuvo una idea en ese instante.

—Hay dos empresas más y el resto son vecinos. Esta zona está muy cotizada. Hay empresas que consideran que poner aquí sus oficinas les da cierto estatus con los clientes —explicó Axel.

—¿Tiene un listado de quién vive en cada piso?

—Por supuesto. Llevo aquí más de dos décadas, así que sé quién vive en cada piso y qué empresas hay. Bueno, son más bien despachos.

—¿Más de dos décadas? —Marcos miró a Adrián.

El brillo de sus ojos confirmó que pensaban lo mismo. Adrián sacó el móvil y buscó una imagen en la galería.

—¿Le suena? ¿Ha venido últimamente? —preguntó con la boca seca.

—¡Claro que lo conozco! Es Tomás Aguilar. Era un buen amigo de Santiago. Vino hace unos meses. Pero, si la pregunta es si estuvo ese día, la respuesta es que no.

—De acuerdo. Gracias por contestar a nuestras preguntas —balbuceó Adrián, consternado.

Marcos miró el cuaderno con disimulo y lo cerró.

—Creo que tenemos lo que necesitábamos. Si no le importa hacernos el listado de los vecinos, adelantaremos trabajo —dijo Marcos para salir del paso.

—Claro. Ahora mismo.

Axel se sentó y buscó una hoja para escribirles los nombres a los agentes.

El corazón de Adrián aún latía más deprisa de lo normal. Hablar con Tomás era cada vez más urgente. Aunque durante un tiempo habían sospechado de él, resultaba evidente que también investigaba el caso. La muerte de Samuel lo había marcado tanto como al resto de la comisaría.