Capítulo 20
La comisaría estaba vacía a esas horas. El murmullo de teléfonos y conversaciones había desaparecido hacía rato.
Solo se oían algunos pasos ocasionales. Irene llevaba más de una hora sentada frente a la caja de la investigación de Samuel.
Miraba las fotos de las niñas. Sabía que era una locura, pero a veces sentía que le hablaban y la animaban a continuar, a no rendirse.
Había intentado centrarse en las notas de Samuel, los seguimientos de Santiago Montes y las antiguas declaraciones de las familias, pero todo se mezclaba en su cabeza.
Cerró los ojos y respiró varias veces. Necesitaba concentrarse y alejar la ansiedad, que aparecía cuando la investigación se estancaba.
Cada vez que creía acercarse a algo, surgían nuevas preguntas.
Se frotó los ojos y se dejó caer contra el respaldo.
La noche anterior casi no había dormido.
Oyó pasos acercarse a la sala. Había dejado la puerta abierta.
Sabía que no sería Tomás: lo había dejado muy claro en su conversación con Joaquín.
En cierto modo, Irene estaba dolida. Le habría gustado que colaborara con ellos y estaba convencida de que sabía más de lo que decía.
Se arrepentía de haberlo puesto contra las cuerdas durante tantos años.
Tal vez fuera culpable, pero conocer parte del pasado había cambiado su opinión.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo Salcedo con una sonrisa.
Irene se levantó y le dio un abrazo.
—¡Qué alegría verte! Te agradezco que me mandaras a Cebrián para vigilarme —recriminó con tono jocoso.
—En el fondo es culpa tuya. Si hubieras contestado a mis llamadas, no lo habría mandado a espiarte. —Se sentó y cogió varios papeles de encima de la mesa—. Deberías parar, Irene. Esto no te hace ningún bien. Todos necesitamos descansar.
—Lo sé, pero ya he descansado muchos años.
—¿Joaquín sabe que aún estás aquí?
—No, es mejor así. —Se encogió de hombros.
Salcedo la miró con pena en los ojos.
—¿Estás con tu caso o con el de Santiago Montes?
—Estoy con todo, Salcedo. Están conectados. Es la misma persona.
—¿Has encontrado la pista que los une? —preguntó con intriga.
—Creo que sí. Pero viene con más dudas.
Salcedo apoyó ambos brazos sobre la mesa y observó varias fotografías antiguas desperdigadas.
—Las pruebas toxicológicas —susurró—. Me lo contó Cebrián. No vayas a pensar que soy un espía. —Sonrió abiertamente.
—Sospecharía de cualquiera antes que de ti.
—Lo sé. —Le acarició el brazo con cariño—. No sé cómo podéis aguantar tantas horas mirando mierda así.
—Supongo que, cuando empiezas, ya no puedes parar. —Resopló.
El comentario quedó suspendido unos segundos. Salcedo bajó la mirada.
—Samuel era igual. Bueno, y Santiago.
—¿Lo conocías?
—Algo así. Coincidí con él varias veces en la cafetería. Estuve fuera un tiempo —confesó Salcedo con una sonrisa.
—¿Una excedencia? —preguntó extrañada.
—No lo llamaría yo así. Fue una suspensión durante varias semanas. Tuve una pelea con un detenido. Un error. —Barrió el aire con la mano.
—¿Te pegaste? —Irene estaba sorprendida y comenzó a reír.
—Sí, como tú con Tomás. Como verás, no tenemos mucho que echarnos en cara.
Irene volvió la vista a la caja.
—¿Trabajaste mucho con él?
—Más de lo que me habría gustado.
Aquella frase hizo sonreír a Irene.
—¿Cómo dices eso?
—Era un pesado de cojones, lo que suele llamarse un «tiquismiquis». Era obsesivo, y con los casos todavía más. Por eso a Cebrián le pareció tan extraño que el informe toxicológico no estuviera en el expediente.
Irene recordó el pelo de Lucía Rosales, pero prefirió no confesarlo. De momento, no quería que nadie supiera que existía.
—¿Cambió mucho al final?
—Puede, pero no más de lo habitual. Cuando se acercaba al final de una investigación, se obsesionaba. Era como un perro tras un hueso. No lo soltaba hasta resolver el caso.
—Sé que lo conocí, pero no me acuerdo. Y después de lo bien que habla todo el mundo de él, me habría gustado conocerlo más —reconoció con pena.
—Te habrías llevado bien con él. Sois igual de obsesivos. En el mejor sentido de la palabra, por supuesto —aclaró Salcedo para no meter la pata.
—Puede ser.
—Empezó a desconfiar de todo el mundo y actuaba de manera extraña. Espero que no tomes ese camino.
—¿De manera extraña? ¿Qué quieres decir exactamente?
—Sacaba documentación de la comisaría sin permiso. Se llevó más de una buena bronca del comisario de entonces —susurró después de comprobar que estaban solos.
—¿Y no discutía con Tomás? —indagó Irene.
Salcedo asintió despacio.
—Sí, pero eran inseparables. Tuvieron varias discusiones fuertes, pero al final lo arreglaban. Eran muy amigos. Cebrián te lo podrá contar mejor. ¿Sabías que se iban juntos en metro cuando eran jóvenes?
—Sí, me lo contó. —Sonrió.
Permanecieron unos segundos en silencio, pensando en la conversación. Salcedo miró el reloj.
—Mi mujer me va a matar. —Se levantó—. Mañana nos vemos. —Le guiñó el ojo—. Ya me enteré de que te han levantado el castigo. No te preocupes, en el expediente de todo policía siempre hay alguna mancha.
—Salcedo —alzó la voz antes de que saliera de la sala.
—¿Qué?
—¿Tú creíste que Samuel se suicidó?
La pregunta salió más directa de lo que Irene esperaba. Salcedo permaneció de pie y no respondió de inmediato.
—Quise creerlo —respondió en un murmullo. El gesto de la cara le había cambiado.
—Supongo que como los demás.
—Puede que no lo entiendas, pero perder a un compañero es muy duro. —Hizo una pausa—. Era más fácil aceptar que Samuel se había roto que aceptar que lo habían matado por intentar rescatar a unas niñas.
Irene se secó los ojos cuando empezaron a brotarle las lágrimas. Las palabras de Salcedo la habían emocionado.
—Gracias, eres un buen amigo.
Hizo un ademán con la mano. El policía tenía los ojos acuosos.
—Gracias a ti por escuchar las batallitas de un viejo policía. —Miró de nuevo el reloj—. Mi mujer me mata hoy.
—Seguro. Vete, vete, que no quiero que me eches la culpa —dijo sonriente.
—Ten cuidado, Irene —dijo más serio que nunca.
—Tranquilo, sé cuidarme sola.
—La gente obsesionada con este caso siempre termina mal. No me gustaría perderte a ti también. —Salcedo apretó los labios antes de desaparecer.
La frase hizo reflexionar a la inspectora. Salcedo tenía razón. Oyó sus pasos alejarse por el pasillo y, por primera vez desde que había vuelto al caso, sintió algo que iba más allá del miedo: la certeza de que todos los que recorrían aquel camino terminaban en el mismo lugar.
Irene cogió el bolso en silencio. Echó un vistazo a las fotos de las niñas y cerró la puerta.
«Esta vez no os puedo fallar».