Capítulo 19
Las palabras de Tomás no dejaban de resonarle en la cabeza. Sin embargo, Joaquín no quería más mentiras. Le contó la conversación que había tenido hasta el final. Irene no hizo ningún comentario. Solo se levantó y comenzó a andar en silencio hasta el coche.
—Hay que encontrar la dichosa agenda. No ha podido desaparecer —dijo al abrocharse el cinturón.
El silencio de Irene resultaba tan revelador como una confesión.
Joaquín había dudado al principio, pero ahora sabía que Tomás decía la verdad.
Tal vez hubiera estado en el lado equivocado.
Sin embargo, perseguían el mismo objetivo.
Esperaría a que los acontecimientos hablaran por sí solos.
Tomás no le había dado información nueva, solo había sembrado dudas en su relación con Irene.
—¿Sabes lo que le tienes que decir a Mónica?
—Eso da igual. Solo quiero acabar con esto —respondió con voz seca.
—Como quieras.
Bajaron despacio del coche. El frío de la tarde se sumó al cansancio acumulado.
Irene cerró la puerta y ambos caminaron hacia el portal casi sin hablar.
La incomodidad aumentó mientras subían las escaleras.
Joaquín no habría vuelto a casa de Mónica si no fuera importante.
Ella lo sabía y, aun así, se sorprendió al encontrarlo ante su puerta.
—Hola, Joaquín. Qué raro verte tan pronto por aquí —saludó al darle un breve abrazo.
Irene miraba en silencio.
—Hola, Irene. Tenía muchas ganas de conocerte.
—Hola, Mónica. —Le dio dos besos con una amplia sonrisa.
—Pasad, por favor. Estáis en vuestra casa.
Irene observó varias fotografías repartidas por el salón mientras avanzaban despacio detrás de ella. Samuel aparecía sonriendo en varias de ellas junto a sus hijas. Se sentaron en el sofá que Mónica les indicó.
—Imagino que no habéis venido a tomar un café.
Joaquín apoyó las manos sobre las rodillas antes de hablar.
—Necesitamos la agenda de Samuel. Siento mucho ser tan pesado, pero es importante.
Mónica asintió lentamente. No parecía sorprendida, solo cansada.
—No te he llamado porque no la he encontrado.
—Necesitamos encontrarla —intervino Irene—. Es urgente. Han asesinado a otra persona.
—¿Asesinado? —preguntó Mónica, confusa.
—Creemos que Samuel fue asesinado —informó Irene al ver la cara desencajada de Mónica.
—Nadie me creyó, pero sabía que no se habría suicidado. Nos quisieron mentir durante años, pero la verdad es que Samuel jamás habría dejado a sus hijas sin padre. —Contuvo las lágrimas.
—Siento haberte fallado. Pero el comisario no me dejó continuar con la investigación. Estaba convencido de que se había suicidado y no había pruebas para creer lo contrario —explicó Joaquín con culpa.
Irene le pasó la mano por el brazo en muestra de apoyo.
—Sé que no fue culpa tuya. Pero ¿qué tiene que ver mi marido con el asesinato?
—¿Te suena Santiago Montes? —preguntó Irene con las piernas cruzadas.
—Claro. Trabajó con Samuel en tu secuestro. Era una persona amable. Hace unos meses vino a verme —les contó insegura.
Joaquín miró a Irene con los labios apretados.
—Es la persona a la que han asesinado. —Joaquín guardó silencio mientras Mónica asimilaba la noticia—. Vino a verte por algún motivo.
—Había reabierto el caso. Me lo dijo. Siento no habértelo dicho, Joaquín. Pero era mejor no remover un pasado tan doloroso para ti. —Movió la cabeza a ambos lados—. Creí que te estaba protegiendo.
—Puede que lo hicieras. Por eso estoy vivo —añadió con pena.
Irene esperaba para hacerle a Mónica la pregunta que más les ayudaría con la investigación.
—No me puedo creer que esté muerto. ¿Lo han asesinado? —Mónica sintió cómo el corazón se le encogía antes de escuchar la respuesta.
—Sí, eso es. —Joaquín se acercó y le cogió la mano—. Tranquila, estás a salvo.
—Puede que no esté tan a salvo como pensamos, Joaquín —interrumpió Irene—. Si vigilaban a Santiago y vino a verla… puede que el asesino sepa quién es.
—Eso no quiere decir que sepa nada del caso —increpó el comisario.
—Lo sé, pero no le gusta dejar cabos sueltos. Mónica es uno de ellos —afirmó Irene con miedo en los ojos.
Joaquín le apretó la mano. Los ojos de Mónica se llenaron de lágrimas. Giró la cabeza hacia la ventana y cerró los ojos para tranquilizarse.
—Necesitamos tu ayuda, Mónica. ¿Por qué vino Santiago a verte? —quiso saber Irene, cada vez más nerviosa.
Mónica soltó el aire lentamente para intentar tranquilizarse.
—Samuel estaba obsesionado las últimas semanas. No hablábamos mucho. Nos habíamos distanciado. —Inhaló aire—. Pensé que era por mi culpa. Le pregunté.
—¿Y?
—Estaba paranoico. No dormía por las noches y comprobaba las puertas y ventanas varias veces. Me asustaba ese comportamiento. Cuando le pregunté, me dijo que no estábamos a salvo.
—No te lo contó para que estuvieras a salvo, ¿no es así? —Se adelantó Joaquín a contestar.
—Sí, dijo que era mejor así.
—A mí tampoco me dijo qué era lo que había descubierto. Fuera lo que fuera, se lo llevó con él —continuó Joaquín.
Mónica se frotaba las manos con nerviosismo. Irene notaba que había algo que ocultaba. Decidió que insistiría, a pesar de que no era un buen momento.
—¿Qué quería Santiago Montes, Mónica? ¿Qué vino a buscar? —Irene la miraba fijamente.
—La agenda. Le dije que tenía la caja, la que te di cuando viniste, pero solo quería la agenda —confesó Mónica sin dejar de mirar a Joaquín—. ¿Qué tiene esa agenda?
—¿Estás segura de que no la tienes? —Joaquín notaba cómo el corazón le latía cada vez más deprisa.
—No, ya te lo dije. Creo que nunca estuvo aquí. Lo que dejó aquí era documentación del caso, sí. Pero se la estaba llevando poco a poco para no levantar sospechas. Eso fue lo que dijo.
—¿Sospechas?
Joaquín e Irene se miraron con el ceño fruncido.
—No lo sé. Pensé que se estaba volviendo paranoico. Pensaba que lo vigilaban. Cada cierto tiempo se llevaba algunas carpetas al despacho de Santiago.
—Lo hemos revisado. No hay nada del caso. Lo único que había era la autopsia de Samuel en la caja fuerte —le informó Joaquín.
Mónica tragó saliva.
—¿Mis hijas y yo estamos a salvo?
—No lo sé, Mónica. Lo siento. Solo estoy seguro de que el asesino está más cerca de nosotros de lo que imaginamos. —Joaquín se pasó la mano por la cara.
—No te preocupes. Vamos a descubrir quién es de una vez por todas —concluyó Irene antes de levantarse.
—Deberíais marcharos unos días de vacaciones hasta que sepamos qué está pasando. Por favor, Mónica.
—No. Yo también quiero saber quién mató a Samuel. Te lo dije, Joaquín. Nunca se habría suicidado.
—Lo sé. Tenías razón. Siempre la tuviste.
Irene los observó sin intervenir. Era un momento íntimo. Entre ellos había confianza, pero también resultaba evidente que no se habían perdonado lo ocurrido.
—El asesino estuvo en mi casa, Joaquín. Preparó el suicidio. Se salió con la suya. Lo mató —dijo entre lágrimas.
—Volveré a revisar la investigación que hice del caso de Samuel. Puede que ahora encontremos la pista que una los dos casos.