No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

Joaquín recorrió el pasillo de la comisaría hasta encontrar a Tomás.

Había decidido poner fin a aquella enemistad.

Debían unir fuerzas para resolver el caso que condujo a Samuel a la muerte y hacerle justicia.

Se sentía culpable por haber dejado pasar los años sin actuar, pero la situación había cambiado.

Ya no eran las mismas personas. Además, las muertes continuaban y el culpable seguía en la calle.

Encontró a Tomás en la cafetería.

—Necesito hablar contigo en privado —dijo Joaquín.

Tomás se encontraba sentado con una taza de café en la mano. Lo miró.

—¿Me vas a acusar otra vez? —preguntó irónico.

—Vamos.

Joaquín comenzó a andar hasta una de las salas. Tomás lo siguió con el café en la mano.

—Siéntate, por favor. —Cerró la puerta.

Se sentaron frente a frente. El gesto de Tomás dejaba claro que no daría su brazo a torcer. Era un buen policía y sabía que siempre había figurado en la lista de sospechosos de Joaquín. La invitación repentina lo había sorprendido, pero no había cambiado el rencor que sentía hacia él.

—¿Qué quieres ahora? —Tomás se echó hacia atrás en la silla.

—Tienes que ayudarnos. No te lo pediría si no fuera importante.

—¿Para qué? ¿Queréis acusarme otra vez o, mejor aún, tenerme vigilado? —añadió con sarcasmo.

—No, no es nada de eso. Siento si alguna vez te has sentido así. No era mi intención.

—Esa sí que es buena. Siempre has creído que estoy detrás del caso, igual que la niñata que tienes por protegida. ¿De verdad te piensas que yo mataría a Samuel? Era mi amigo, ¿sabes? Pero claro, ¿qué te voy a contar a ti si no sabes qué es eso?

Joaquín sabía que se refería a Mónica, pero no quería entrar en una guerra con Tomás, sino enterrar el hacha de guerra.

—Han asesinado a Santiago Montes.

—Lo sé. ¿También me vas a hacer culpable de eso? —Soltó una carcajada—. Esta conversación la debimos tener hace veinte años, no ahora. Llegas un poco tarde, ¿no te parece? —Colocó los brazos sobre la mesa.

—No estaba preparado para tenerla antes.

—¿Estabas ocupado tirándote a la mujer de otro? ¿Quizá a la mía? —El tono era provocador.

—Tomás, por favor, escúchame. Lo siento mucho. Sé que fui un gilipollas, que soy el peor amigo del mundo, pero quiero intentar arreglarlo.

Tomás lo miró en silencio para que continuara.

—Santiago guardaba una autopsia de Samuel en la caja fuerte —susurró Joaquín.

—¿Y qué tengo yo que ver con eso?

—Estuviste en la investigación del secuestro con Samuel y Santiago. ¿No es así?

Asintió.

—¿Sabes por qué la guardaba? —Tragó saliva.

—Tú también lo sabes. Bueno, lo sabías, pero el comisario de entonces te ordenó que lo dejaras y obedeciste. Aceptaste un suicidio cuando sabías que era un asesinato.

Joaquín bajó la mirada.

—Ha vuelto —añadió Tomás.

—Yo también lo creo. ¿Nos ayudarás?

—No, es demasiado tarde. Ahora solo queda odio entre nosotros.

—Irene te quiere pedir perdón… y yo también.

Tomás levantó las cejas con una sonrisa.

—¿Y ya está? ¿Crees que eso lo soluciona todo?

Te dije que lo habían asesinado, que Samuel nunca se suicidaría…

Y no quisiste escuchar. Pero, cuando esa niñata te dijo que era un policía de esta comisaría, la creíste y le seguiste el juego.

—Apretó los puños—. Al reabrir el caso habéis abierto la caja de Pandora.

La caza ha vuelto a empezar, y eso es lo que más le gusta a ese psicópata.

—Lo sé. —Joaquín cerró los ojos—. Por favor, Tomás, habla con Irene. Vamos a solucionarlo. Si de verdad Samuel era tu amigo, esta es la mejor manera de hacer justicia. La única.

—Eso se acabó. Tú lo decidiste. En el momento en que tomaste esa decisión, condenaste el futuro. Irá a por tu querida Irene; es el cabo suelto. La dejó vivir para mantener latente el juego, pero ahora ya no puede hacerlo.

—Hemos removido el pasado y su instinto.

—Exacto. Samuel no encontró pistas, pero sí patrones —añadió en voz baja.

—No encuentro la agenda.

—Búscala. Así sabrás dónde fue y lo que encontró.

—¿Fuiste con él?

—No quería que nadie muriera por sus corazonadas. Fue solo a la mayoría de los sitios, ya sabes cómo era. —Entrelazó las manos—. Sabía que tú no eras el chivato. A pesar de todo, te consideraba su amigo. —Se levantó—. No quiero trabajar en este caso ni con ella. Es una niña consentida.

—Por favor, Tomás. Solicitó pruebas toxicológicas y han desaparecido. Eva Ruiz las destruyó.

Tomás se detuvo junto a la puerta.

—Todos hicimos lo que él nos dijo, Joaquín. —Se giró para mirarlo—. ¿Crees que conocías a Samuel? —preguntó con los brazos cruzados.

—Sí.

—¿Y qué crees que habría hecho para protegernos? ¿Crees que habría destruido las pruebas?

—No.

—¿Entonces?

—Las guardaría —respondió mientras abría los ojos.

—Yo diría más bien que cada prueba que falta tendría un protector.

Joaquín entendió en ese momento que Tomás había estado más cerca de Samuel que nadie.

—¿Qué es lo que no me dices, Tomás?

—El inspector Hernández era el mejor policía que he conocido. Jamás destruiría las pruebas de un caso así, pero sí haría que lo pareciera para mantener a salvo a sus compañeros. —Sonrió—. Estoy seguro de que dejó una copia del informe.

Tomás abrió la puerta.

—¿No podemos solucionarlo? —Joaquín hizo un último intento antes de darlo por perdido.

—Sé que piensas que estás en el lado bueno de la historia, pero Irene solo te ha estado mintiendo. Ella pensaba que tú eras el policía que estuvo implicado en su secuestro —confesó con dureza.

—¿Y tú cómo sabes eso? —Joaquín se quedó impertérrito.

—Cuando ves las cosas desde fuera, ves mucho más —respondió sin girarse.

Tomás cerró la puerta y dejó clara su postura.

No estaba dispuesto a seguir encubriendo las andanzas de Irene a espaldas de Joaquín.

Lamentaba dejarlo sin respuestas, pero no podía olvidar cómo ella había incriminado a los agentes de la comisaría.

El dolor y el rencor seguían presentes cada vez que la veía.