Capítulo 17
El trayecto hasta la prisión transcurrió casi en silencio.
Adrián conducía con una mano en el volante mientras pensaba en lo que les había contado Irene.
Marcos revisaba distraído unas notas en el móvil, aunque llevaba minutos leyendo las mismas líneas sin prestarles atención.
La muerte de Santiago Montes era demasiado reciente y el inspector se sentía culpable por no haberla evitado.
No comprendía por qué el detective no acudió a la policía para investigar el asesinato de Samuel.
Cada vez tenía más claro que su muerte no había sido casual.
Adrián rompió finalmente el silencio.
—¿Crees que Izan sabía algo más de lo que contó?
—Después de todo lo que hemos descubierto, creo que sí. No todo, y mucho menos que lo entendiera, pero Santiago le revelaría pequeños detalles sin importancia en ese momento.
Adrián soltó aire lentamente mientras detenía el coche ante el acceso principal de la prisión.
—Espero que hoy sí pueda ayudarnos —pensó Marcos en voz alta.
El inspector guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta antes de abrir la puerta.
La sala de visitas estaba casi desierta. Un par de mujeres esperaban sentadas junto a una hilera de sillas azules y desgastadas. Un funcionario acompañó a los agentes hasta una pequeña habitación separada del resto y les indicó que aguardaran allí.
Izan tardó unos minutos en aparecer. Había adelgazado. Llevaba poco tiempo en la cárcel, pero tenía el rostro demacrado y cierta oscuridad en la mirada. El encierro lo había cambiado. Los agentes esperaban que su visita y la noticia del asesinato de Santiago Montes modificaran su actitud.
—Hola, Izan, ¿te acuerdas de mí? —comenzó Marcos.
—Hola, inspector. Por supuesto que me acuerdo. ¿A qué han venido? —dijo con la voz dura.
Marcos se aclaró la garganta antes de responder.
—Han asesinado a Santiago Montes.
—¡Le dije que esto iba a pasar! ¡Se lo dije mil veces!
Marcos y Adrián se miraron con los ojos entrecerrados. No entendían de qué estaba hablando Izan.
—Le insistí en que la policía no sabía que Lucía Rosales estaba viva. —Negó con la cabeza—. Que, si fuera así, la investigación no llevaría tantos años sin ningún avance.
Izan se miró las manos en silencio.
—Se lo dije. Sabía que terminaría ocurriendo algo malo —murmuró sin mirarlos.
—¿Qué le dijiste? —preguntó Adrián.
—Que no empezara la investigación por su cuenta. Estaba obsesionado con la teoría del inspector Hernández —especificó Izan.
Marcos meneó la cabeza sin comprender nada.
—Lo siento, Izan, pero necesitamos que nos digas qué es lo que Santiago te dijo.
—Me dijo que Lucía era la clave y que, si iba a seguirla, mantuviera los ojos bien abiertos. —Se inclinó hacia delante—. Si esperan que les dé un dato importante, han venido al sitio equivocado.
—Verás, Izan, sé que piensas que estás aquí por nuestra culpa, pero mataste a Lucía. Eso lo hiciste tú solo —dijo Marcos.
—Lo sé. —Bajó la mirada.
—Santiago ha muerto y creemos que fue por intentar ayudarte.
—¿Están de broma? Santiago nunca cerró el caso; solo lo dejó aparcado porque Samuel se lo pidió. —Reflexionó antes de continuar—. Al localizar a Lucía, removió el pasado.
—¿Te lo dijo Santiago?
—No me lo dijo directamente, pero lo deduje por algunos comentarios. Supongo que piensan que sé algo, pero se equivocan. Santiago era un tipo extraño. Le gustaba el misterio y temía que alguien descubriera lo que hacía.
—¿Y te lo dijo a ti? —preguntó Adrián.
—No. A mí solo me dijo que estuviera pendiente de los pequeños detalles.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, me dijo que, si al final seguía a Lucía, me pondría en peligro. Pero me daba igual. Yo solo quería encontrar a mi hermana.
—Lo entendemos, de verdad. Sabemos que ha sido duro para vuestras familias. No saber qué pasó es lo más difícil —dijo Marcos. En su voz se percibía la comprensión.
—Insistió en que me fijara en las matrículas, si coincidían las mismas personas en la parada… No sé, cosas de ese estilo.
—Por si seguían a Lucía.
—Creo que sí.
—Los detalles son importantes, en eso estoy de acuerdo. Pero debió de darte alguna razón, ¿no? —Marcos intentaba que la visita no fuera en balde.
—Siento no ser de mucha ayuda, pero no me dijo nada.
—Intenta recordar. Puede que algo te llamara la atención.
Izan negó con la cabeza. El sonido metálico de varias puertas al cerrarse al fondo del pasillo le recordó una conversación con Santiago.
—La culpa es de Irene Vega. —Izan se encogió de hombros.
—¿Qué quieres decir?
—Eso es lo que dijo. Que la culpa era de ella. Había empezado a meter las narices de nuevo en el caso. Si se hubiera estado quieta, no habría pasado todo esto —resumió Izan.
A Marcos se le encogió el corazón. Aquella frase resumía lo que pensaba Santiago Montes y el motivo por el que se había acercado temerariamente a la verdad.
—La vuelta a la investigación del caso —dijo Adrián mirando a Marcos.
—Entiendo, Izan, pero ¿nunca te dijo Santiago cómo sabía que Inmaculada era Lucía Rosales? ¿Cómo llegó hasta ella? —preguntó Marcos con impaciencia.
—Lo siento. No lo sé. —Suspiró con las manos entrelazadas—. Si recuerdo algo, ¿me pueden ayudar a salir de aquí?
—Podemos intentar que te reduzcan la condena, pero has matado a una persona. No podemos borrar lo que hiciste.
—Lo sé, lo sé. —Contuvo el llanto.
—¿Sabes algo? —intervino Adrián. Le daba pena ver a Izan en aquella tesitura. Sabía que era buena persona.
—Santiago me dijo que Lucía corría peligro. Podían descubrir que estaba viva. Estaba convencido de que el secuestrador mató a Samuel. Tenía miedo de que la encontrara y la matara. Quería protegerla.
—¿Habló con ella alguna vez?
—No lo sé. Pero lo que sí sé es que alguna vez la siguió.
—¿Por qué piensas eso?
—Sabía qué hacía, dónde vivía y que nunca salía de casa por la noche. Eso solo se explica si la siguió en algún momento, ¿no?
—Es posible —respondió Marcos pensativo.
Izan carraspeó.
—Me gustaría que descubrieran qué les pasó a las niñas, sobre todo a mi hermana.
Pero parece que quien se acerca muere. —El tono de Izan era desesperado—.
Pensé que iba a arreglarlo todo cuando me armé de valor para hablar de Lucía, pero creo que solo lo estropeé aún más.
Santiago era una persona inteligente y cautelosa.
No entiendo en qué momento decidió bajar la guardia.
—Esa es una de las principales incógnitas. —Marcos bajó la mirada—. ¿No recuerdas a alguien con quien hablara en las últimas semanas?
—No, lo siento. Santiago no era de dar muchas explicaciones. Nunca decía nada a las claras. Cuando hablaba con él, lo único que dejaba claro era que la situación era peligrosa. —Izan se reacomodó en la silla—. Me dijo que otra vez llegaba tarde.
—¿Tarde para qué? —preguntó Adrián, cada vez más intrigado.
—No lo sé —admitió Izan, frustrado—. Como ya les he dicho, nunca daba explicaciones. Pero parecía preocupado por lo ocurrido veinte años atrás, como si temiera que volviera a suceder.
Un escalofrío recorrió la espalda de Marcos. El temor de Santiago y las pistas empezaban a encajar demasiado bien.
—La última vez que hablé con él me dijo que tuviera cuidado. Que, si veía algo raro, no me acercara a Lucía bajo ningún concepto. —Levantó las cejas, incrédulo.
—Y, aun así, hablaste con ella —recalcó Adrián.
—Sí. —La culpa apareció de nuevo en el rostro de Izan—. Pensé que exageraba. Creía que después de tantos años no podía seguir pasando nada. Solo quería saber dónde estaba mi hermana. Saber si recordaba algo.
Marcos se puso lentamente de pie.
—¿Van a continuar con el caso? —preguntó Izan con impotencia.
—Es nuestro trabajo. Creo que, cuando Irene retomó el caso, el juego volvió a empezar. Ahora no se detendrá. Ha vuelto a matar y estamos entre sus trofeos. —Marcos le sostuvo la mirada.
—Si ha matado a Santiago, no va a parar —añadió Adrián.
—Por favor, cuiden de mis padres —rogó Izan con los ojos acuosos—. Estoy aquí encerrado por ser un estúpido, por meterme donde nadie me llamaba. Le dije a Santiago que la situación se estaba volviendo muy turbia. Tanto secretismo… —Calló de pronto.
Los agentes lo miraban de pie al lado de la puerta. Aquel silencio repentino los extrañó.
—¿Qué pasa? —Marcos rompió el silencio.
—¿Por qué pensaba Santiago que el secuestrador había matado a Samuel? Ocurrió en la misma época, pero tenía entendido que se suicidó, ¿no fue así?
—No estamos seguros de nada. —Marcos no quería dar explicaciones sobre la muerte de Samuel.
Izan soltó una carcajada.
—Deberían hablar con Tomás. Según mis padres eran muy amigos. Llevan años evitando hablar con él, cuando es el primero que se entera de todo. —Se levantó y golpeó la puerta.
—¿Qué quieres decir?
—Puede que haya visto muchas películas, pero Tomás sabía dónde estaba Samuel en todo momento y tenía acceso a su casa —argumentó Izan con soberbia.
—Lo sabemos —dijo Marcos.
—Pues hagan algo. Él debería ser quien llevara esta investigación, no ustedes. Si alguien sabe algo, es él.
Marcos y Adrián se miraron sin gesticular.
«Otra vez Tomás».
La puerta se abrió y el mismo funcionario se llevó a Izan. Una pregunta resurgió con más fuerza en la mente de los policías.
—¿Por qué nadie habla con Tomás? Es importante. Deberíamos insistirle —propuso Adrián, seguro de que la clave estaba en lo que sabía.
—No lo sé. Es el único que sabe todo lo que ocurrió desde el principio. Puede que fuera él quien le estuviera pasando la información. ¿Te parece una locura?
—Ya no sé qué creer. Pero puede que sea el chivo expiatorio del asesino —planteó Marcos como una nueva hipótesis.
—O que fuera él y por eso Santiago le abrió la puerta de su despacho —sugirió Adrián como otra línea de investigación.
Marcos suspiró con los ojos cerrados.
—Lo único que tengo claro es que es más listo que nosotros —zanjó Marcos—. Vamos, te invito a un café.