No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

Adrián salió primero, todavía hablando con Marcos sobre las llamadas de Izan, mientras ambos recogían varias carpetas de la mesa.

Joaquín siguió revisando unos informes sin casi levantar la vista, aunque Irene tuvo la sensación de que sabía perfectamente que se había quedado por algo más.

Esperó a oír cerrarse la puerta del pasillo antes de apoyarse en la mesa y mirar al comisario.

Desde que había vuelto al caso, no conseguía quitarse una idea de la cabeza: Samuel no había dejado nada al azar.

Si descubrió algo antes de morir, tuvo que anotarlo en algún sitio. ¿Dónde estaba su agenda?

—Sigo pensando que la clave está en la agenda de Samuel —dijo Irene finalmente.

Joaquín dejó el informe sobre la mesa, aunque tardó en responder.

—Estoy de acuerdo contigo, pero no sabemos dónde está.

—Deberías ir a ver a Mónica, insistirle —sugirió.

—Me dijo que la iba a buscar, ya lo sabes. Si la hubiera encontrado, me habría llamado.

—Lo sé, lo sé, pero a eso me refiero. Puede que no la tenga, pero Samuel no la perdió.

—¿Y qué quieres que haga? No se me ocurre dónde puede estar. Tampoco es que estuviéramos juntos todo el día. —El tono de Joaquín cambió.

Irene carraspeó antes de volver a hablar.

—Siento insistir, pero puede que ella sepa dónde está, ¿no crees? Si la encontramos, no perderemos tiempo siguiendo pistas equivocadas.

—Puede que tengas razón, pero no quiero ir, Irene. No me siento a gusto. No quiero recordar todo aquello otra vez. La culpa.

—Vale, sí, pero escúchame. Ella siempre creyó que lo asesinaron, ¿me equivoco?

—Fue la única persona que tenía claro que no se había suicidado.

—Entonces, con más razón todavía, hay que decirle que ahora tenemos claro que lo asesinaron. Mónica puede tener más información que nunca quisiste escuchar.

Joaquín levantó las cejas con hastío.

—Jano también estuvo ese día. Así que puede que sea mejor preguntarle a él.

Irene negó con la cabeza. Lo entendía, pero Joaquín ya era lo bastante adulto para enfrentarse a sus propios monstruos. No quería remover aquella historia porque ver a Mónica reabría una herida que nunca había cicatrizado.

—No, Joaquín, sabes que hay que ir. Tenemos que hablar con ella. Es muy importante —insistió.

—Está bien. —Cogió aire.

El comisario se acercó a la cristalera y permaneció de espaldas antes de continuar.

—Seguro que tiene alguna pista.

—Estoy segura.

—¿Y si lo que descubrió lo tiene otra persona? —preguntó con dudas.

—¿Tomás?

—Sí, eso es. Era el policía que investigó con él. No es ninguna locura.

—¡Madre mía! Ha pasado de principal sospechoso a posible aliado —recalcó con ironía.

—Puede que no sea el asesino, pero algo tuvo que ver.

—Estoy de acuerdo, pero primero la agenda.

Joaquín sonrió.

—Si yo voy a ver a Mónica, tú le pedirás perdón a Tomás. Hay que tener cerca a los enemigos.

—¿Será una broma?

—No, de eso nada. Hagamos un intercambio de favores.

Irene esbozó una sonrisa cansada.

—Creo que hace tiempo que dejamos atrás la parte cómoda de la investigación.

Aquello arrancó una leve sonrisa a Joaquín. Irene lo observó. Hacía tiempo que no veía en él a su mentor, al comisario que tanto quería y que tanto daño le había hecho.

—Empezaremos por Tomás, que está más cerca. ¿Hecho?

Irene se levantó.

—Está bien. ¿Voy a buscarlo o vas tú?

—No, mejor lo hacemos en un espacio privado. Aquí. Voy a buscarlo. No te vayas.

—Tranquilo, te doy mi palabra.