No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Irene casi no había dormido. La carpeta seguía abierta sobre la mesa del salón, tal como la había dejado la noche anterior al volver de casa de Eva. Las hojas estaban llenas de notas manuscritas y fragmentos subrayados que había releído tantas veces que casi podía recitarlos de memoria.

«Resultado compatible con sedación prolongada». Cada vez que se detenía en aquella frase sentía la misma presión incómoda en el pecho. Samuel lo sabía. Quizá no todo, pero sí lo suficiente para seguir investigando incluso después de encontrarla.

Irene cerró los ojos unos segundos y apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá.

Afuera todavía estaba amaneciendo y la luz anaranjada de primera hora apenas iluminaba el salón.

Llevaba más de veinte minutos mirando el móvil sobre la mesa sin decidir cuál debía ser su siguiente paso.

No sabía qué hacer con toda aquella información. Tampoco en quién podía confiar.

El sonido del timbre la sobresaltó. Comprobó sorprendida la hora en el móvil.

Se incorporó lentamente del sofá y caminó hasta la puerta, todavía medio aturdida por el cansancio.

Cuando se asomó a la mirilla, se quedó completamente quieta.

Joaquín esperaba al otro lado. Llevaba las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y tenía el rostro agotado.

Parecía nervioso y dudaba entre volver a llamar o esperar.

Irene tardó unos segundos en abrir. Cogió aire antes de hacerlo.

Ninguno habló al principio.

—¿Qué haces aquí?

—Tienes que volver al trabajo.

Irene regresó al sofá seguida por Joaquín.

—¿No ha funcionado tu teoría de atrapar a Tomás? Creo que los dos nos hemos equivocado. —Se cruzó de brazos.

—Puede ser. De lo que estoy seguro es de que tenemos que hacerlo juntos. —Miró de reojo las carpetas abiertas sobre la mesa del salón.

—No tienes buena cara. ¿Sigues sin dormir?

—Sí, y creo que tú tampoco.

Irene cruzó los brazos sin apartar la vista de él.

—Habla.

—Lo siento. Pensé que no podrías soportarlo, que apartarte del caso era lo mejor. No tuve en cuenta tu opinión y lo siento —dijo Joaquín sin rodeos.

La frase era tan directa que Irene tardó un instante en reaccionar.

—Lo sé, pero tenemos que hacer lo posible para acabar con esto. Es el caso de mi vida. No puedes echarme sin más. Lo hiciste por mí, lo entiendo. Lo de que Tomás era el culpable y se relajaría era una excusa barata —dijo con desdén.

—No, Irene. Te pasaste y lo sabes. Cada acto tiene una consecuencia, incluidos los tuyos.

—Ya, es verdad. Lo entiendo. Puede que me desquiciara en ese momento, pero me pilló con el día cruzado.

Irene fue hacia la cocina y dejó a Joaquín con la palabra en la boca. Él puso los ojos en blanco al verla desaparecer. Aquel desplante confirmaba que volvería al trabajo, aunque tendría que rogarle durante un par de minutos.

—¿Volverás? —preguntó desde la puerta de la cocina.

—No sé. ¿Con leche? —dijo de espaldas.

—Sabes que sí.

Irene no dijo nada hasta que preparó dos tazas de café. Le dio una a Joaquín.

—¿Qué ha cambiado?

—Me he dado cuenta de mi error. Bueno, de mis errores. —Bajó la mirada—. Dejé tirado a Samuel y él lo único que hizo hasta el final fue protegerme.

El nombre quedó suspendido entre ambos, aunque esta vez no pesó como antes. Se habían acostumbrado a hablar de Samuel. El dolor había cambiado.

—Sé que han asesinado a Santiago Montes.

—¿Y qué opinas?

Joaquín no quiso preguntarle por la identidad de quien se lo había dicho. En ese momento, no era lo importante.

—Creo que todo está conectado —dijo convencida.

—Yo también lo creo. ¿Nos ponemos con la investigación?

—Sabes que la confianza entre nosotros no es la misma —quiso aclarar desde el principio.

—Lo sé, pero no voy a cometer el mismo error que con Samuel.

No pienso dejarte sola. Me parece bien que dudes, pero yo lo tengo claro.

Voy a estar aquí, esperando a que llegue el momento en que volvamos a ser los mismos.

La confianza necesita tiempo y yo estoy dispuesto a dártelo. —La voz de Joaquín era firme.

Irene sintió cómo le ardían los ojos, pero no quería hablar de sentimientos. Joaquín sabía que lo quería y eso era suficiente. Jamás lo había escuchado hablar como aquel día. Por eso supo que sus palabras eran sinceras.

—¿Sabes lo que encontró Samuel?

—Sí, a mí.

—No entiendo por dónde vas.

—La conexión. Creo que Samuel encontró una pista de sedación en Lucía Rosales y en mí.

El corazón de Joaquín empezó a latir con fuerza.

—Sentémonos en el sofá. Tengo mucho que contarte. Ayer fui a casa de Eva Ruiz.

—Está bien. Soy todo oídos.

Había llegado el momento de ponerse al día. Para avanzar debían compartir toda la información. Irene recogió las carpetas desparramadas por el salón para explicarle a Joaquín con detalle en qué punto se encontraban.