Capítulo 13
La consulta de Patricia estaba prácticamente a oscuras.
A esas horas de la noche, el edificio entero parecía vacío y silencioso, como si la ciudad hubiese quedado muy lejos de aquellas paredes.
La única luz encendida era la lámpara de sobremesa que iluminaba el escritorio donde la psicóloga terminaba de rellenar unos informes.
El sonido del teclado y el roce ocasional de los papeles eran lo único que rompía la calma.
Cuando llamaron a la puerta, Patricia alzó la mirada hacia el reloj y frunció el ceño. Era demasiado tarde para cualquier paciente. Se levantó despacio y caminó hasta la entrada mientras se recogía el pelo detrás de la oreja. Al abrir, la sorpresa se reflejó de inmediato en su rostro.
—Joaquín, ¿qué haces aquí? —preguntó preocupada.
Él negó con la cabeza y entró cuando Patricia se apartó de la puerta.
—¿Ha pasado algo?
—No, tranquila. No ha pasado nada. Solo que necesitaba hablar con alguien que no me estuviera juzgando por cada cosa que decía.
—Has venido al lugar adecuado.
—¿Podríamos hablar como amigos? Ya sabes, no como policía traumado y psicóloga.
Joaquín intentó sonreír, aunque el gesto apenas duró un segundo.
Se sentó en silencio mientras Patricia lo observaba aún de pie.
El comisario la conocía desde hacía años, pero aquella noche parecía verla de otra forma, como si hubiera llegado allí sin tener demasiado claro qué esperaba de la conversación.
—Puedes contar conmigo para lo que necesites. Somos amigos, Joaquín. —Se sentó enfrente de él.
—No sabía dónde ir —admitió finalmente sin levantar la vista.
—El inconsciente a veces nos lleva al lugar seguro. Supongo que por eso has terminado aquí. —Patricia apoyó la espalda en la silla sin dejar de observarlo.
—Suele pasar cuando alguien necesita hablar de verdad. La situación me está superando… Más que la situación, diría que es la verdad. He pasado años confundido, pensando en Samuel y en las decisiones que tomó… Ahora me he dado cuenta de que era él quien nos protegía.
—¿A qué te refieres? —preguntó con la barbilla apoyada en la mano.
—El asesinato de Santiago Montes está relacionado con el asesinato de Samuel. —La miró para ver su reacción.
—¿Asesinato?
—Sí, eso es. Samuel venía a veces por aquí, ¿no? —Patricia asintió, confundida—. ¿Nunca pensaste que se iba a suicidar?
—Samuel tenía una presión que él mismo se había impuesto. Lidiar, como policía, con la sensación de que no eres suficiente es complicado. —Carraspeó—. Pero, en respuesta a tu pregunta, no. Jamás se me pasó por la cabeza que se fuera a suicidar.
—Porque no lo hizo, Patricia. Lo mataron porque descubrió quién secuestró a las niñas.
La psicóloga se echó hacia atrás con preocupación.
—¿Sabes quién fue?
—No, pero lo que sí sé es que no fue un policía.
Patricia esbozó una leve sonrisa.
—Irene ha recapacitado.
—No, quien ha recapacitado soy yo. No quise escucharla ni sacarla de su error, pero tengo que solucionarlo.
Ahora mismo estoy confundido. Todo lo que consideraba una verdad indiscutible no era más que una invención de mi mente.
Siempre pensamos que fue un policía, pero, en las últimas semanas, Irene estaba segura de que el responsable tenía relación con uno… Y tenía razón.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Lo que tenía que haber hecho hace tiempo. Escuchar a mis agentes. Me creí más listo que los demás, que lo sabía todo. ¡Qué gran error! —exclamó en voz baja—. La soberbia es una mala compañera de viaje.
Patricia permaneció en silencio. Joaquín había ido a hablar y ella debía dejar que se desahogara para que pudiera volver a ser el gran comisario de antes.
—Samuel siguió investigando después de encontrar a Irene. Tenía razón en que salió otra niña con ella. Me lo ocultó, Patricia.
—¿Por qué te ocultó algo así?
—Para protegerme. Éramos amigos. Bueno, él. Yo soy un fantoche.
Joaquín bajó la mirada y soltó un bufido cargado de culpabilidad.
—Descubrió algo importante junto a Santiago y Tomás mientras yo estaba con su mujer. —Joaquín se tapó la cara con las manos. No quería que Patricia lo viera llorar.
—Encontró lo suficiente para que lo mataran, ¿no? —recapituló Patricia para que Joaquín saliera del bucle autodestructivo en el que había entrado.
—Sí, lo encontró. Pero no me lo dijo para protegerme. Es increíble, ¿no crees? Después de todo lo que le hice, y todavía me protegía.
—En eso consiste la amistad, Joaquín. Estoy segura de que tú habrías hecho lo mismo por él —dijo convencida.
Joaquín levantó la vista antes de responder.
—¿Sí? Yo no estoy tan seguro. Si eso fuera verdad, no me habría estado acostando con su mujer mientras él trabajaba sin descanso para buscar al resto de las niñas.
Apartó la vista. No quería ver la cara de Patricia al conocer la verdad de lo que hizo.
—No estoy aquí para juzgar a nadie, Joaquín. Mi intención es ayudar —quiso dejar claro.
—Bueno, eso dices… Pero supongo que a veces es inevitable tener una idea de la persona que te cuenta sus más oscuros secretos. —Suspiró profundamente.
Permaneció callado unos segundos antes de asentir despacio.
—Aparté a Irene del caso. Vi en sus ojos cómo empezaba a obsesionarse, como yo. Pensé que, si la alejaba del pasado, podría protegerla de un dolor insoportable.
—¿Protegerla de qué?
—De acabar muerta. Siempre sentí que Samuel no se había suicidado, que alguien preparó la escena, pero no tenía ninguna prueba que lo confirmara. Creo que me cansé de luchar a contracorriente.
La sinceridad de aquella frase hizo que el silencio se volviera mucho más pesado. Patricia comprendió entonces hasta qué punto Joaquín estaba reviviendo el pasado.
—Lo peor es que ni siquiera ha servido de nada. La aparté para observar la reacción de los agentes, creía que tenía todo bajo control y ahora resulta que estábamos equivocados desde el principio. —Dudó—. Bueno, o eso creo. No estoy seguro de nada.
—¿Puede que sea eso lo que te está destrozando?
—¿El qué? —preguntó confundido.
—Que estás perdiendo el control de la investigación y que tu relación con Irene pende de un hilo.
Joaquín asintió y se recolocó en el asiento.
—¿Quieres escuchar mi opinión?
—Sí. Creo que, en el fondo, he venido a escucharla.
—Llevas años intentando convencerte de que cerraste el caso porque estabas roto.
Sin embargo, ahora te has dado cuenta de que todo estaba relacionado y tienes tanto miedo como entonces —recalcó—.
Irene ya no es una niña a la que debas salvar.
Ella es la clave de todo esto. No puedes apartarla.
—Hizo una pausa—. Joaquín, por separado sois vulnerables, pero juntos sois más fuertes.
El comisario sintió cómo aquellas palabras le daban la fuerza que necesitaba para llamar a Irene. Tenían que estar juntos. No había otra manera de llegar hasta el fondo de la investigación.
—Tienes razón. —Se levantó—. Tengo que solucionar esto como sea. Irene tiene que volver. Creía que estaba haciendo lo correcto.
—Puede que lo sintieras así. Estoy segura de que no lo hiciste con mala intención. Pero proteger a alguien y decidir por él no es lo mismo.
El comisario permaneció completamente quieto. Por primera vez desde que empezó todo aquello dejó de intentar justificarse, porque Patricia tenía razón.
—Joaquín. —Se puso de pie y se acercó a él—. Samuel te protegió hasta el final… Haz lo mismo por Irene. No la apartes de tu lado. Haz que los sacrificios tengan sentido.
Aquella frase terminó de romper algo dentro de él.
—Gracias, Patricia. Me alegro de tener a alguien que me escuche y que no me juzgue por mis errores.
—Gracias a ti. Siempre he estado aquí. Solo que tú no quisiste verlo.
El comisario le dio un abrazo cargado de emoción antes de salir por la puerta del despacho. Sabía lo que tenía que hacer y, esta vez, no iba a tomar ninguna decisión sin Irene.