Capítulo 12
Irene condujo hasta la casa de Eva mientras repasaba mentalmente el informe.
Lo había leído tantas veces desde la visita de Cebrián que casi se sabía cada página de memoria.
Samuel había solicitado pruebas complementarias; constaba con claridad en el documento.
Sin embargo, los resultados completos no aparecían por ninguna parte.
La responsable era Eva Ruiz y solo ella podía ayudarla a avanzar.
Por eso había recorrido tantos kilómetros: necesitaba saber qué encontró Samuel en aquellas pruebas y cómo lo condujeron hasta la persona que las había secuestrado.
La carretera terminó convirtiéndose en un camino estrecho de tierra seca. A medida que avanzaba, el corazón le latía más deprisa. Tenía muchas esperanzas puestas en la expolicía.
Al llegar a la verja metálica, vio a una mujer de pelo blanco sentada junto a la entrada. Fumaba mientras la observaba y parecía llevar horas esperándola. Tiró el cigarrillo, lo aplastó con el pie y se acercó a Irene, que aguardaba junto al coche.
—Hola, Irene. Te estaba esperando. —Abrió la verja.
—¿Nos conocemos?
Eva sonrió.
—No lo sé, dímelo tú. Llevas años sin recordar nada, así que no estoy segura de que te acuerdes de mí. —Volvió a sonreír—. Pasa, tenemos que hablar.
Irene comenzó a ponerse nerviosa. Cerró los ojos y se concentró en la voz de Eva.
«Es ella».
—¿Fuiste tú quien me cogió las muestras para analizarlas? —preguntó antes de poner un pie en la propiedad. Necesitaba estar segura de que aquel recuerdo era real.
—Sí. —Se giró y comenzó a andar hacia el interior de la casa.
Eva cerró la puerta después de que Irene entrara en silencio. Dio dos vueltas a la llave y comprobó una vez más que no había nadie alrededor.
—No me he apartado de la sociedad por gusto. Aquí estoy a salvo. Ayer vinieron Joaquín, Marcos y Luca por el asesinato de Santiago Montes. —Levantó el brazo en dirección a la cocina.
—Estoy fuera de la investigación —respondió Irene, que no dejaba de recorrer con la vista el interior de la casa. Se sentó en el banco de madera de la cocina.
—A mí no me parece que estés fuera de la investigación. ¿Café?
—Sí, por favor. Me vendrá bien para despejarme.
—Lo hice esta mañana por si decidías venir. —Cogió la cafetera y dos vasos.
—No quiero ser grosera, Eva, pero estoy un poco descolocada. ¿Por qué estás tan segura de que iba a venir?
—Llevo años vigilándote desde la distancia.
Samuel me lo pidió. Descubrió quién fue tu secuestrador y estaba seguro de que serías policía.
—Soltó una carcajada—. Tú aún no sabías qué sería de tu vida y él ya tenía claro que entrarías en la policía.
No me preguntes por qué, pero lo sabía. —Cruzó los brazos sobre la mesa—.
Cuando ayer hablé con tus compañeros y me dijeron que habían asesinado a Santiago…
Bueno, imaginé que se trataba de la misma persona.
—Yo también lo creo. Santiago se acercó demasiado.
Eva se calló mientras echaba la leche en el café de Irene sin preguntar.
—Puedes enseñarme el informe cuando quieras. Ya te he dicho que llevo años esperando. —Alzó la vista y sonrió.
Irene tragó saliva, avergonzada. Sacó el móvil y buscó el apartado donde aparecían los informes que pidió Samuel.
—Pidió una ampliación toxicológica, pero los resultados no están —explicó Irene.
La mujer permaneció en silencio.
—Cuando lo vi, recordé algo… Te vi a ti tomándome muestras de las uñas.
Eva encendió un cigarrillo con la mirada perdida en un punto incierto del suelo.
—Cuando te encontraron estabas drogada. O, al menos, eso le pareció a Samuel. Por eso pidió la ampliación de toxicología —explicó al fin.
—Recuerdo que me habló y luego me desmayé.
—Sí, eso me contó. Estabas desorientada y drogada. Samuel pensó que os sedaban para que no intentaseis escapar. —Dio una calada—. Como luego se confirmó con las pruebas.
—Vale, ¿y qué encontraron?
—Encontramos norketamina en tu organismo.
La frase cayó sobre Irene como un golpe seco. Se quedó inmóvil e intentó procesar la información para continuar la conversación. Eva parecía dispuesta a contarle la verdad. Era su oportunidad de saber qué había ocurrido realmente.
—Al principio, en las primeras pruebas, no se identificó. Por eso Samuel insistió. Entonces fue cuando dimos con la norketamina.
—Entiendo. Pero ¿por qué era tan importante ese dato?
—No lo sé. Lo siento. —Suspiró.
—Supongo que algo te diría.
Eva soltó lentamente el humo del cigarro.
—Irene, comprendo que todo esto te resulte confuso. Pero tienes que entender que Samuel era un hombre reservado. Supo al instante que pasaba algo. —Apagó el cigarrillo en el cenicero—. Vio algo que a los demás se nos escapó. Le di el informe y no sé qué hizo con él.
—Pero ¿no habló contigo?
—Sí, el mismo día que lo asesinaron.
—Entonces, ¿tienes claro que no se suicidó?
—Eso es lo único que tengo claro en esta vida, Irene. —Carraspeó—. Samuel me llamó y me dijo que sabía quién os había secuestrado. Iba a hablar con él para negociar y conseguir que le dijera dónde estaban las demás.
—Se sentía en la obligación de salvarnos a todas…
—Sí, y fue.
—¿Adónde? ¿No se lo dijo a nadie? No puede ser que ocultara su identidad.
—Eso es lo que tú piensas, pero quería hacer un trato con él. Que yo sepa, eso no es muy legal. Fue a buscarlo y lo encontró, pero acabó muerto.
Irene se levantó.
—¡Esto es surrealista! Me estás diciendo que no se lo dijo a nadie. ¿Te he entendido bien?
—Irene, cálmate. Samuel quería salvaros a todas. Se sentía responsable de vuestro cautiverio. No pensarías que se conformaría con salvarte a ti sola, como hizo Joaquín. Él no era así. Estuvo día y noche trabajando hasta que dio con la tecla. —Señaló el móvil de Irene—. Esas pruebas.
—Vale. Perfecto.
Irene caminaba por la cocina con una mano apoyada en la frente.
—¿Dónde diablos está ese informe de las pruebas toxicológicas?
—No lo sé. Supongo que Samuel se lo daría a alguien de su total confianza.
—Joaquín no lo tiene. —Se sentó de nuevo.
Eva comenzó a reírse.
—En esa época no estaban en su mejor momento.
—Ya, es verdad —dijo seria—. Entonces tendré que pedirle a la Científica que repita las pruebas.
Eva cerró los ojos.
—Eso no va a ser posible.
—¿Qué quieres decir? Se guardan muestras de todos los casos. —Irene la miró, confundida.
—Sí, eso es. Por eso mismo Samuel me dijo que, si le pasaba algo, destruyera todas las pruebas y me fuera de la policía.
Un profundo silencio se instaló en la cocina. Durante esos segundos, Irene pensó en todo lo que había arriesgado Samuel para salvarlas.
—¿Por eso vives apartada y abandonaste el cuerpo?
—Sí. Samuel pensó que irían a por mí. Por eso no dijo a nadie de quién sospechaba. —Meditó unos segundos—. Hernández era muy inteligente. Llevo años dándole vueltas a lo que hizo y siempre llego a la misma conclusión.
—¿Cuál?
—Después de todo lo que arriesgó, ¿no dejó ninguna pista?
Irene contuvo el aliento. Eva la miraba fijamente cuando abrió los ojos.
—¿Te dejó una prueba? —preguntó, temiendo haber dicho una estupidez.
La inspectora asintió y sacó la muestra de pelo que le dio Almudena.
—Sí dejó una prueba. —No pudo evitar sonreír.
Eva se llevó las manos a la boca, sorprendida. Asintió sin dejar de sonreír.
—Sabía que este caso no podía terminar así. ¡Maldito Samuel! —exclamó Eva con una amplia sonrisa.
—Creo que tienes razón en que estaba convencido de que sería policía. —Colocó la bolsa con el pelo encima de la mesa—. ¿Sabes qué más creo?
—No creo que vayas a decir nada más que pueda sorprenderme.
—Que estoy justo donde quería que estuviera. Eva, eres la persona en quien confió Samuel para analizar las pruebas. ¿Lo ayudarías una vez más? —Deslizó la muestra hasta dejarla frente a ella.
—Por supuesto. Pero te advierto una cosa. No debes decírselo a nadie hasta que sepamos quién es. —Le agarró la mano por encima de la mesa—. No quiero perderte a ti también.
—Claro, pero tú también deberás guardar el secreto unos días más. —Sonrió.
—Tendré que recurrir a mis contactos en la Científica para analizarlo. Pero tienes que encontrar el informe. Si no lo consigues, no podremos comparar las muestras. Es la única manera de descubrir qué vio Samuel.
—No sé cómo lo voy a hacer, pero lo voy a encontrar.
Por primera vez en muchos años, Irene sintió que la investigación había comenzado de verdad. Las mentiras se habían acabado y los secretos ocultos durante tanto tiempo resurgían con más fuerza que nunca.