No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Irene llevaba más de una hora sentada en el suelo del salón, rodeada de carpetas abiertas, cuando llamaron a la puerta. El sonido la sobresaltó. Levantó la cabeza automáticamente hacia el reloj de pared.

Frunció el ceño mientras apartaba varios papeles de las piernas y se incorporaba despacio. No esperaba a nadie. Tal vez fuera el cartero. Llevaba todo el día ignorando las llamadas de media comisaría precisamente porque no quería que nadie apareciera por allí.

Irene caminó hasta la puerta y miró por la mirilla. Se quedó quieta unos segundos antes de abrir.

—Venga, Irene, que sé que estás ahí.

Abrió.

—Hola, inspectora —saludó Cebrián levantando ligeramente las cejas.

Llevaba una sudadera gris y las manos metidas en los bolsillos. Parecía cansado.

—Tienes el día libre y decides venir a verme. No debes estar en tu sano juicio.

—Lo sé. —Se encogió de hombros—. Salgado me ha llamado. Dice que no le coges el teléfono a nadie y me ha pedido que venga a comprobar que sigues respirando.

Aquello consiguió arrancarle una pequeña sonrisa involuntaria. Era la primera vez que sonreía en toda la mañana.

—Qué amable te has vuelto.

—No lo has entendido. No vengo por voluntad propia —dijo con media sonrisa.

Irene se apartó de la puerta para dejarlo pasar.

—Entra. La casa no está muy ordenada, pero supongo que ya te lo habrás imaginado.

Cebrián avanzó despacio hacia el salón mientras recorría la estancia con la mirada. La mesa estaba llena de informes abiertos, fotografías y notas manuscritas. Toda la investigación de los secuestros estaba allí, salvo la que Irene quería: la de Samuel.

El policía soltó una pequeña risa nasal.

—Joder, Irene, tienes una curiosa manera de estar fuera del caso. Cualquiera diría que estás investigando.

—Sí, ya sé lo que parece.

—Lo que parece es que llevas desde que te echaron dándole vueltas a lo mismo.

—Lo cierto es que parece justamente lo que es.

Cebrián permaneció unos segundos de pie mirando el salón antes de señalar las carpetas.

—¿Sigues con eso?

Irene sostuvo su mirada con tristeza.

—¿Con qué se supone que voy a seguir si Joaquín me ha apartado?

—Ya. Tomás se ha salido con la suya.

Irene sabía que Cebrián nunca había sido especialmente cercano a ella, pero le caía bien. Era el mejor amigo de Salcedo y su relación con ambos se había estrechado. Tampoco le extrañó que lo enviaran en su día libre. Llevaba días sin cogerle el teléfono a nadie.

—Siéntate donde quieras.

—No deberías estar sola dándole vueltas a esto todo el día. —Observó los papeles desperdigados.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Me pongo a ver una película como si lo demás no fuera importante?

—No has hablado con nadie de comisaría, ¿verdad?

—No. ¿Por qué lo preguntas? —Entrecerró los ojos, recelosa.

—Creo que no te lo debería decir. ¿Joaquín no te ha llamado?

—No.

—¡Joder! He metido la pata.

Cebrián se sentó e Irene lo imitó.

—¿Qué pasa? No me puedes dejar así. Ahora tienes que decírmelo.

El policía suspiró con fastidio.

—Está bien, pero no se lo digas a nadie. Cuando te lo diga Joaquín, pones cara de sorprendida. ¿Me lo prometes?

—Palabra de honor. —Irene se colocó la mano en el pecho.

—Han matado a Santiago Montes —susurró como si alguien pudiera escucharlos.

—¿Santiago Montes? ¡No puede ser! —Se rascó el cuello—. ¿El detective?

Cebrián asintió.

—¿Y qué más sabes?

—¿Yo qué voy a saber? Es un asesinato. Tenía un disparo en la cabeza.

Irene respiró hondo con los ojos cerrados. Se levantó rápidamente y cogió su expediente, que estaba en el suelo.

—Están conectados de alguna manera. Estoy segura —dijo sin apartar la vista de Cebrián—. Tienes que ayudarme.

—¿Qué? ¿Yo? Irene, por favor, si solo soy un viejo agente que hace patrullas y se escaquea cuando puede. Yo no tengo edad para hacer de policía de homicidios.

—Cebrián. —Le cogió la mano—. Necesito una mente que no haya visto todo esto. El secuestrador y el asesino de Samuel y, ahora, de Santiago son la misma persona.

—¿Y?

—Samuel encontró una pista, la siguió y eso lo condujo a la muerte.

—¿Qué quieres que haga?

—Solo tienes que leerlo con atención. Conocías a Samuel; puede que veas algún detalle que a mí se me escapa. Necesito otra mirada. Por favor. —Le dio la carpeta.

Cebrián la miró unos segundos antes de decidirse a cogerla.

—De acuerdo.

—¿Quieres beber algo?

—Vale, lo que tengas por ahí me viene bien.

El policía se acomodó en el sofá y abrió el informe del secuestro de Irene. Se concentró. Irene esperaba en silencio mientras consultaba el móvil con disimulo.

—Irene, este informe no está completo —dijo Cebrián, extrañado.

—Sí que lo está.

—No, de eso nada. Samuel era metódico y excesivamente organizado, por si no lo sabías. Nunca habría dejado esta chapuza de informe. Faltan los resultados de las pruebas toxicológicas.

—No los hay porque no estoy muerta.

—No, mujer, esas no. Mira bien. —Señaló uno de los apartados en letra pequeña—.

Pidió el informe de trazas. No es que yo sepa mucho de eso, pero sí de Samuel.

Íbamos juntos en metro cuando éramos jóvenes, ¿sabes?

Me contaba algunas cosas. Siempre decía que el pelo y las uñas de las víctimas daban más pistas que un testigo, porque las pruebas no mentían y las personas sí —recordó el agente con melancolía.

—¿Y por qué no están aquí las pruebas?

—No lo sé. ¿Recuerdas que te las hicieran cuando te encontraron?

Irene cerró los ojos y se sentó de golpe. La imagen fugaz de una mujer sujetándole las manos atravesó su mente. Cebrián la agarró del brazo.

—Irene, ¿estás bien? ¿Llamo a una ambulancia?

—No, no, tranquilo. —Sintió un calor extremo por todo el cuerpo—. ¿Quién hacía ese tipo de pruebas en la Científica?

—Si no recuerdo mal, era Ruiz. —Se calló y tragó saliva.

—¿Qué pasa, Cebrián?

—Joder, Irene, no sé qué está pasando, pero todo esto es muy raro. La verdad es que empiezo a acojonarme. —Cerró la carpeta.

—¿No era una mujer? —preguntó para estar segura de que era un recuerdo y no producto de su imaginación.

—Sí, claro, Eva Ruiz. —Se pasó la lengua por los labios secos—. Irene, tienes que dejarlo estar. A Santiago Montes lo mataron y, si continúas, vas a encontrarte con alguien a quien no quieres ver.

—No entiendo nada de lo que dices, Cebrián. ¿Qué es lo que no me dices?

Cebrián negó con la cabeza, pero finalmente accedió a hablar.

—Eva Ruiz dejó la policía tras la muerte de Samuel.

El rostro de Irene empezó a palidecer.

—Cebrián, me tienes que conseguir la dirección.

—Joder, Irene, no me metas en líos.

—Solo eso. Ya me has ayudado más de lo que piensas.

—¡Joder! —exclamó a la vez que asentía.