No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

El pueblo apenas estaba señalizado en la carretera. Eva Ruiz ya no trabajaba en la policía. Había abandonado el cuerpo muchos años atrás. Marcos comprobó la fecha.

«Las casualidades no existen».

Después del suicidio de Samuel, dejó la policía. Aquello fue un dato revelador. La verdad llevaba oculta demasiados años, pero cada vez gritaba más fuerte y ahora ni siquiera el tiempo podía hacerla callar.

Marcos casi se pasó el desvío porque el cartel estaba medio cubierto por ramas secas y óxido. Después de abandonar la autovía, tardaron otros quince minutos en llegar hasta las primeras casas. Todo estaba demasiado silencioso. Era un pueblo pequeño de no más de cien habitantes.

«¿De qué huías, Eva?», pensó Joaquín al observar el pueblo. Puede que estuviera equivocado, pero la fecha en que ella desapareció lo llevó a la misma conclusión que Marcos.

—¿Seguro que vive aquí? —preguntó Luca sin dejar de observar por la ventanilla.

Joaquín comprobó otra vez la dirección apuntada en el móvil.

—Sí, aquí es. A mí también me parece raro. —Exhaló despacio al ver que había dado por cerrado el asesinato de su compañero sin mirar atrás.

—Creo que sabe más de lo que nos imaginamos —concluyó Marcos al apagar el motor.

La casa de Eva Ruiz estaba apartada del núcleo principal del pueblo, al final de un camino de tierra entre olivos secos y terrenos vacíos. Era baja, sencilla y estaba cercada por una valla metálica oxidada por el paso de los años. Joaquín comprobó que había cámaras en la entrada.

—Parece que quiere desaparecer del mundo —interrumpió el silencio Luca.

—Sí, eso parece. Habrá que descubrir el motivo —añadió Joaquín caminando hacia la entrada.

Marcos empujó la puerta de hierro.

—Está abierta. ¿Entramos?

—Sí, puede que esté esperando una visita. —Se volvió hacia Luca—. ¿Has hablado con ella?

—No, ni siquiera sabía dónde vivía. Hace años que no hablo con ella… Os podéis imaginar desde cuándo —murmuró.

Caminaron hasta la entrada mientras el viento levantaba pequeñas nubes de polvo alrededor de sus zapatos. Marcos pulsó dos veces el timbre. Como no se oyó nada, volvió a llamar.

Joaquín se apartó para examinar el terreno. A unos metros, una caseta tenía la puerta entreabierta. Observó hasta que una mujer de pelo blanco salió con varias herramientas en las manos.

—Está ahí. Vamos.

Eva escuchó las voces y se giró. Se acomodó las gafas en la nariz y centró de nuevo su atención en ellos. Reconoció a Luca al instante. Una sonrisa floreció en su rostro. Comenzó a caminar al encuentro de la visita inesperada.

—Hola, Luca, han pasado demasiados años. —Lo abrazó—. Espero que no vengas con malas noticias —intuyó Eva.

El detective no respondió. Desvió la vista hacia el suelo. La mujer sintió cómo se le hacía un nudo en el estómago.

—Buenos días, Eva, somos policías. —Joaquín estiró la mano—. Soy Joaquín Requejo y él es mi compañero, Marcos Bernal.

—Buenos días —saludó con las palabras atragantadas.

—Lo siento, no somos portadores de buenas noticias —anunció Marcos con voz apagada.

—Luca, ¿qué ha pasado? —balbuceó.

Cogió aire antes de responder.

—Han asesinado a Santiago. —Los ojos se le enrojecieron al recordarlo.

Eva se quedó paralizada. El silencio se instaló durante varios segundos en aquella reunión improvisada.

La reacción de Eva fue inesperada. Comenzó a andar después de echar un vistazo a los alrededores. Era una mujer de unos setenta años y no tenía la agilidad de antaño. Los policías la miraron sin saber exactamente qué hacer.

—Vamos dentro. Creo que sé por qué estáis aquí —alzó la voz.

La mujer entró en casa seguida del resto. Cerró la puerta con llave y se detuvo un segundo al lado de Joaquín.

—¿No sabéis quién ha sido? —El comisario negó—. ¿Piensas que está relacionado con Samuel? —Asintió—. ¿Eras el compañero de Samuel? —Volvió a asentir.

—Creemos que su muerte está relacionada con el secuestrador de las niñas —resumió Marcos, a quien la actitud de Eva estaba impacientando.

Eva era una mujer dura y poco asustadiza. Tenía un carácter fuerte y no soportaba las mentiras ni perder el tiempo. Su voz dejaba entrever aquella franqueza.

—¿Café? —Eva comenzó a caminar hacia la cocina.

La casa era más grande de lo que parecía a primera vista desde fuera. La cocina era amplia. Tenía una mesa con bancos a ambos lados.

—Un café estaría bien. Necesitamos tu ayuda. Eva, por favor —rogó Luca.

—Por supuesto. ¿Café? —Miró a Marcos y a Joaquín—. Vamos a estar un rato —aseguró con rudeza.

—Gracias, con leche, si puede ser —contestó Marcos.

Eva colocó los vasos en la mesa junto con el café y la leche ante la mirada de los tres.

—¿Cómo le han asesinado?

—Le han disparado.

—¿Signos de lucha? —Dirigió la vista hacia Joaquín mientras echaba el café en uno de los vasos.

—No. Tampoco forzaron la entrada. Conocía a su agresor —respondió con rapidez.

Eva lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿Por qué habéis venido a verme? Supongo que esa carpeta que tienes en las manos es lo que yo creo, ¿no? —Miró a Marcos.

—Creo que sí. —Le puso la carpeta delante de los ojos para que la viera.

El gesto de la mujer cambió. Reconoció la carpeta al instante.

—La autopsia de Samuel…

—Sí, eso es. ¿Nos puedes ayudar? Santiago la tenía guardada en la caja fuerte.

Eva se sentó inmediatamente. Sintió que se mareaba cuando un remolino de recuerdos invadió su mente. Se frotó la cara.

—Prepararon la escena del crimen para que pareciera un suicidio. —Clavó la vista en Joaquín—. Siempre lo supiste, ¿verdad?

—Creo que sí, pero todo el mundo me quiso convencer de lo contrario… y, al final, decidí dejarlo para no volverme loco —dijo con pesar.

Marcos estaba sentado al lado de Eva. Abrió la carpeta y señaló lo que Santiago había subrayado.

—No sé por qué marcó esto. Pero lo que tenemos claro es que nadie guarda un informe de autopsia sin un buen motivo. Santiago se tomó la molestia de hacer anotaciones y guardarlo en la caja fuerte. Tu nombre estaba en una nota. ¿Por qué, Eva? —El inspector fue directo.

—Por favor, si no nos ayudas habrá más muertes —rogó Luca.

Eva se levantó. Se acercó lentamente a una de las estanterías. Cogió un paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo.

—El secuestrador es el asesino. Cada vez que un policía se acerca demasiado, termina muerto. Samuel averiguó quién era y él lo mató. —Hizo una pausa—. Pero eso ya lo sabías y por eso dejaste de investigar, ¿no?

—No exactamente. Pensé que lo hizo por mi culpa —confesó Joaquín.

Eva lo miró y sonrió con vehemencia.

—Samuel no era así. Tenía un carácter parecido al de Santiago. Cuando se obsesionaban con algo, nada podía detenerlos.

—Pensé que Santiago había dejado de investigar cuando murió Samuel. —Luca terminó de echarse la leche al café.

—Y así fue. Tenía miedo. Al principio pensó que Joaquín cerraría el caso, pero cuando no lo hiciste, creyó que sería el siguiente si continuaba. —Dio una calada al cigarro con la mirada perdida—. Hace unos meses volvió a investigar y vino a verme.

—¿Encontró nuevas pistas? —preguntó Marcos.

Eva apoyó el cigarro en un cenicero y permaneció callada unos segundos antes de responder.

—Quería comprobar la teoría de Samuel —dijo al fin.

—¿Y cuál era esa teoría? —preguntó Joaquín con las manos entrelazadas encima de la mesa.

—El secuestrador tenía un modus operandi y una firma, como todos. Samuel identificó el patrón, pero lo mataron antes de que pudiera contárnoslo. —Eva alzó lentamente la mirada hacia Joaquín.

—¡Cómo no lo he visto antes! Santiago pensó que, si el patrón coincidía con el asesinato de Samuel, era porque se trataba de la misma persona. ¿No es así?

—Exacto. Samuel nos dijo que, si le mataban, no siguiéramos con el caso… y que te apartáramos de la investigación. Te quería mucho, Joaquín. Sabía que estaba en peligro, pero no podía dejar a las niñas a su suerte. —Resopló—. Pero tampoco podía poner en peligro a nadie más.

—Todos dejamos de investigar —confesó con dolor el comisario.

—Esta vez lo haremos bien y juntos. Sé que encontró algo en este informe, por eso lo guardó a buen recaudo y en un sitio al que solo podía acceder alguien de su más absoluta confianza. Es decir, Luca. —Marcos insistía en buscar pruebas objetivas.

—Quería saber por qué nunca se hizo un análisis toxicológico segmentado —resumió Eva.

—¿Qué significa eso? —preguntó Luca con el ceño fruncido.

—Un análisis más específico.

—¿Específico de qué? No entiendo nada.

—Sustancias que pueden pasar desapercibidas en una analítica convencional. Sedantes, fármacos o sustancias metabolizadas.

Marcos notó cómo Joaquín permanecía completamente inmóvil escuchándola.

Eva volvió a dar otra calada.

—Decidió hacerlo en secreto. Pensó que un policía estaba filtrando la información del caso y no quería que apareciera en los informes oficiales —justificó Eva.

—En ese momento intervienes tú, ¿no? —dijo Joaquín.

—Exacto.

—Samuel quería estar seguro y por eso lo hicimos.

—No entiendo una cosa. ¿Con qué muestras las ibais a comparar? —Marcos miró a Joaquín. No se estaba enterando.

—Con las únicas muestras que tenía para comparar —dijo extrañada por la pregunta.

—Irene —terminó de decir Joaquín.

—Eso es. Santiago iba a comparar las muestras que obtuvieron de Irene Vega con las de Samuel… Pero, al final, todo se complicó y el miedo hizo el resto. —Eva bajó la mirada.

—Abandonaste la policía —dijo Luca en voz baja.

—Sí, eso es. Abandoné la policía. Samuel nos advirtió y es lo que hicimos. Tenía la sensación de que me seguían. Pero, después de tantos años, Izan apareció en el despacho y todo volvió a empezar.

—Santiago sentía que estaba en deuda con Samuel. Supongo que quiso aclarar su muerte, pero lo único que consiguió fue encontrar la suya. —Luca contuvo las lágrimas.

—Esta vez nadie va a abandonar. Gracias a los dos, sabemos dónde tenemos que buscar. —Joaquín se levantó.

—Por favor, tened cuidado.

—Tú también. Creo que, ahora que estamos hurgando en el pasado, todos volvemos a estar en peligro —elucubró Joaquín.

—Lo que hemos hablado no debe salir de aquí —dijo con contundencia Eva—. ¿Estáis de acuerdo?

Asintieron al instante.