Capítulo 8
Adrián levantó la vista de la pantalla al escuchar el sonido del ascensor abriéndose al otro lado de la comisaría.
Apenas le prestó atención al principio. Llevaba más de una hora revisando llamadas y movimientos bancarios relacionados con Santiago Montes sin encontrar ninguna pista útil, y empezaba a notar el cansancio acumulado detrás de los ojos.
Se quitó las gafas un momento y se frotó el puente de la nariz antes de dirigir la vista hacia el ventanal de la planta.
Héctor y Tomás salieron del edificio. Era la hora del descanso.
Adrián sabía a qué bar irían a tomarse un café.
Siempre iban al mismo. Mientras observaba distraído el exterior, vio que Tomás le dijo algo y se marchó en sentido contrario.
Héctor continuó solo el camino al bar. Entonces Adrián recordó la última vez que había hablado con él. El día que buscaba la foto de Samuel.
Adrián se levantó rápidamente y cogió el abrigo para hablar con Héctor.
Estaba seguro de que sabía algo más. Puede que el asesinato de Santiago Montes le ablandara el corazón…
o no, pero debía intentarlo. Lo observó unos segundos desde fuera del bar para asegurarse de que Tomás no regresaba.
Puede que Héctor diera su brazo a torcer; de Tomás no estaba tan seguro.
Además, no quería arriesgar la confianza de Joaquín si llegaba a enterarse de que había hablado del caso del detective.
Cerró los ojos y respiró antes de entrar al bar.
Estaba medio vacío a aquella hora. Sonaban las noticias de fondo y olía a café. Héctor estaba sentado en una mesa cerca de la televisión con un pincho de tortilla delante y el móvil entre las manos.
Apartó la vista del móvil al ver acercarse a Adrián. La sorpresa apenas le duró un segundo.
—¿Te has perdido? —preguntó con una fugaz sonrisa.
—¿Puedo? —Adrián señaló la silla frente a él.
—Claro —hizo un gesto para que se sentara—. Me da la sensación de que esta conversación no me va a gustar. ¿Me equivoco?
—Necesito tu ayuda, Héctor. Es importante. —Su tono era calmado, pero dejaba entrever su buena voluntad.
La camarera se acercó y él pidió un café antes de volver a mirar a Héctor.
—Ya me he enterado, no hace falta que me lo cuentes. Han asesinado a Montes.
Adrián asintió.
—¿Y en qué necesitas mi ayuda? —preguntó con los ojos entrecerrados.
—No encontramos la agenda de Samuel. Trabajaron juntos antes de que se suicidara.
Aquella frase cambió de inmediato el gesto de Héctor. Cogió el café y le dio un sorbo sin mirar a Adrián. Después fijó la vista unos segundos en la televisión.
—Me gustaría ayudaros —dijo al fin—, pero yo no trabajé con él directamente. Ya sabes quién fue.
—Tomás.
—Exacto. Háblalo con él. No sé por qué le tenéis tanto miedo. Es mejor persona de lo que imagináis. Pero ha habido malentendidos y, sobre todo, un montón de mentiras.
—Ya lo sé. —Meditó cómo decirle lo que quería—. En la investigación de Samuel sobre el caso de los secuestros no hay ni una mención de Santiago Montes, y su famosa agenda tampoco está. ¿No te parece raro?
Héctor fijó la vista en Adrián y se echó hacia delante con los brazos cruzados.
—Samuel no se suicidó. Quería a su familia. Se iba a separar de Mónica porque se había acabado el amor, pero sus hijas eran muy importantes para él. Nunca las hubiera dejado solas, sabiendo la cantidad de gente mala que hay en esta sociedad.
—Pero…
—Adrián, no se suicidó. —Soltó el aire lentamente—. Si queréis empezar a hacer bien las cosas, hay que ir al principio. Investigar el asesinato de Samuel.
—Pero ¿cómo? No puedo hacerlo a espaldas del comisario —alegó con impotencia.
—¿Has leído el informe de Samuel?
—No.
—¿Sabes la causa de la muerte?
—Se ahorcó, ¿no?
—Eso es lo que se dice, pero ¿lo has visto en el informe del forense?
—No.
—¿Y entonces por dónde crees que tienes que empezar?
—Ya, eso lo he entendido —se frotó la cara con nerviosismo—, pero ¿cómo? ¿Me vas a ayudar? Eso es un sí, ¿verdad?
Héctor sonrió.
—Claro que te voy a ayudar, pero con una condición.
—¿Cuál?
—No quiero que se lo digas a nadie. Consigue el informe de Samuel.
Adrián vio cómo apoyaba la espalda contra la silla y mantuvo la vista fija en un punto de la mesa.
—Samuel no confiaba en casi nadie. Y aun así lo mataron —le advirtió.
—Lo sé.
—Sigue vivo. Samuel no consiguió atraparlo porque estaba más cerca de él de lo que se pensaba. Santiago ha cometido el mismo error —susurró—. No lo cometas tú también.
—¿Y en Tomás? ¿Él sí es de confiar? —preguntó con ironía.
—Sé que piensas que no, pero descubrirás que fue quien estuvo a su lado durante la investigación. Ambos fueron quienes más se preocuparon por esas niñas. Tomás tiene corazón, no vayas a pensar que no. Después de tantas horas buscándolas, una de ellas lo acusa directamente. Es muy duro, ¿no crees?
Adrián sintió un nudo en la garganta. «Tiene razón». Se dio cuenta de lo que Irene había provocado durante tantos años.
—No sé gran cosa.
—Pero sabes más que nosotros.
Adrián advirtió que Héctor jugueteaba distraídamente con la cucharilla del café sin decidirse a responder.
—Mira —continuó Adrián—. Tenemos a un detective muerto, un caso reabierto y demasiadas cosas que no encajan. Si Samuel descubrió algo antes de morir, necesito saber qué era.
Héctor alzó la mirada lentamente. Y por primera vez desde que empezó la conversación pareció realmente cansado.
—Samuel sabía que alguien ocultaba algo, que disponía de información policial… y conocía el patrón del asesino —susurró.
—Dile a Tomás que deje esta guerra absurda. Si unimos fuerzas sabremos qué les pasó a las niñas, a Samuel y ahora a Santiago Montes.
—Hay más niñas, Adrián. Es ridículo pensar que un asesino deja de asesinar —recalcó con desdén.
—¿Entonces? ¿Hablará? Los dos quieren lo mismo.
Héctor se levantó.
—Hablaré con Tomás. Pero tráeme lo antes posible el informe del asesinato de Samuel.
Adrián permaneció unos minutos más para terminarse el café. Su mente volvió una y otra vez a la conversación con Héctor. Por primera vez, ya no estaba tan seguro de querer saber qué se ocultaba tras tantas muertes y casos archivados.