Capítulo 7
Habían llamado a Luca Pastor por el camino. Se habían citado en un restaurante de un centro comercial cercano a su casa. Joaquín se había dado cuenta al instante de que tenía miedo. La decisión de quedar con ellos en un sitio público y repleto de gente solo admitía una explicación.
Era por la mañana y no había demasiada gente, aunque sí la suficiente para que Luca se sintiera a salvo.
Marcos caminaba un par de pasos detrás de Joaquín mientras observaba a quienes los rodeaban.
Se había vuelto tan paranoico que daba por hecho que el asesino no actuaba solo y que vigilaba cada uno de sus pasos.
El comisario se detuvo en la puerta del restaurante y Marcos se puso a su lado.
—¿Por qué habrá decidido quedar aquí? —preguntó el inspector, aunque ya sabía la respuesta.
—Tiene miedo y no lo culpo.
Un hombre de mediana edad se acercó a ellos. Vestía ropa informal y su forma de caminar, encorvada y temerosa, lo delataba.
—Soy Luca Pastor. ¿Son los policías?
—Sí. Yo soy Joaquín Requejo y él es mi compañero, el inspector Marcos Bernal.
—¿Me pueden enseñar las placas? —Luca los miró con gesto serio y desconfiado.
—Por supuesto —respondió Joaquín sacando la placa del bolsillo trasero del pantalón.
Marcos imitó el gesto. El hombre comprobó ambas varias veces antes de volver a mirarlos.
—Gracias. Podemos pasar cuando quieran. Siento haber sido tan brusco, pero después de lo que le ha pasado a Santiago, no sería de extrañar que yo fuera el siguiente.
—Vamos a sentarnos y tranquilícese. Hemos venido a descubrir la identidad del asesino.
Entraron en el interior del restaurante y se sentaron en una de las mesas que les indicó la camarera.
Joaquín tomó asiento frente a él. Marcos se colocó a su lado.
—Tiene que contarnos todo lo que sepa acerca del caso que Santiago Montes había estado llevando durante las últimas semanas —dijo al fin el comisario.
El hombre asintió. Las ojeras profundas y el cansancio de no haber dormido en toda la noche le hacían parecer más mayor.
—Montamos juntos la empresa hace más de veinte años; éramos como hermanos… Que lo hayan asesinado me ha afectado más de lo que ustedes creen. Para ustedes es un caso más, pero para mí era mucho más que un amigo. —Bajó la mirada con los ojos enrojecidos.
—Entendemos su situación, de verdad. Pero quiero dejarle claro que este no es un caso más. Ninguno lo es, y este menos que ningún otro. Creemos que Santiago estaba ayudando a la policía a buscar a un asesino. —Joaquín apoyó los brazos sobre la mesa.
—Lo sé. Pero eso fue hace mucho —puntualizó Luca confundido.
—Volvió con el caso de las niñas secuestradas. ¿Lo sabía?
Marcos buscó la mirada de Joaquín. Sentía que el corazón se le aceleraba. Aún había un resquicio de esperanza de que Luca estuviera al corriente del caso.
—Hace muchos años Samuel Hernández vino a vernos… —Se calló—. ¿Cómo ha dicho que se llama? —Su expresión cambió al reconocer el nombre de Joaquín.
—Joaquín Requejo.
Luca tragó saliva con preocupación.
—Usted era el compañero de Samuel, ¿verdad? Recuerdo su nombre.
El comisario no respondió. Un sudor frío le recorrió la espina dorsal. Marcos tomó la iniciativa de continuar el interrogatorio, ya que Joaquín permanecía petrificado.
—Creemos que el asesino es policía. Retomamos el caso hace poco y necesitamos su ayuda.
—Miren, cuando vino Samuel empezamos con la investigación. Pero su prudencia le hacía ser desconfiado y no llegamos a un acuerdo.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Marcos. Miró a Joaquín de reojo.
—No les quiso dar toda la información que tenía, ¿no? —intervino Joaquín.
—Eso es. Entonces fue cuando uno de los padres de las niñas nos dijo que habían rescatado a Irene Vega. Le hicimos seguimiento… —Sostuvo la mirada de Joaquín—. Siempre estaba con usted.
—Yo no soy el asesino, pero las sospechas siempre terminan recayendo sobre mí. Soy el comisario, por el amor de Dios.
—Yo no estoy aquí para juzgar a nadie. Solo les digo que nos dio mal rollo y le dijimos a Samuel que pasábamos. Pero sigo sin entender la relación con el asesinato de Santiago.
—Su socio retomó la investigación hace unos meses. Creo que descubrió la identidad del secuestrador y que este lo asesinó —concluyó Marcos.
Luca se echó hacia atrás, devastado.
—¿No lo sabía?
Negó con la cabeza.
—¿No se comportaba de manera rara? Intente recordar algún detalle.
Luca soltó el aire lentamente.
—Me dijo que no me metiera, que lo podía solucionar sin poner a nadie en peligro. No sé qué era lo que descubrió, lo siento. Lo único que quiero es no ser el siguiente.
Una camarera pasó junto a la mesa y Luca se calló automáticamente hasta que se alejó. Joaquín lo observó unos segundos antes de hablar.
—Si se calla lo que sabe, no podemos ayudarlo. Está claro que sabe qué descubrió Santiago y no quiere decírnoslo. Está bien, pero ándese con cuidado. —Marcos se levantó para presionarlo y conseguir que les diera alguna pista.
Joaquín apretó los labios y se levantó.
—Tenga cuidado, Luca.
Lo agarró de la manga del abrigo.
—¿Creen que estoy en peligro?
—Es lo más probable. Hemos llegado a la conclusión de que, como era su socio, tendría acceso de algún modo a la investigación de Santiago.
O él mismo se la contó o usted conserva la documentación.
El asesino pensará lo mismo. No podemos perder más tiempo.
Si quiere que lo ayudemos, díganos la verdad —argumentó Marcos, aún de pie.
—Samuel pensaba que era yo, ¿es eso?
Luca le sostuvo la mirada unos segundos antes de contestar.
—Solo al principio. Luego estaba convencido de que no. —Exhaló profundamente—. Sus ausencias estaban justificadas. Teníamos las pruebas…
Joaquín respiró hondo. En ese instante comprendió que Samuel había descubierto su coartada y, por tanto, sabía que él no era el culpable.
—Estaba con su mujer, con Mónica.
—Eso es. —Luca levantó las cejas—. Pero tenía dudas acerca de si la filtración se produjo en su comisaría o no. Por eso, empezó a trabajar con nosotros.
—¿Y qué descubrieron?
—Que Lucía Rosales, o Inmaculada Otero, como quieran llamarla, tenía que estar viva —dijo al fin Luca.
—¿Nos puede enseñar la investigación que hicieron? —preguntó Marcos.
—No la tenemos. La destruimos cuando asesinaron a Samuel. Teníamos miedo de terminar como él y, al final, se ha cumplido.
—Pero no lo entiendo. Alguna información habrán guardado, ¿no?
—Si Santiago lo hizo, no lo sé. Podemos ir al despacho y comprobarlo. Creo que volvió a investigar y por eso está muerto. No quiero terminar igual que él —insistió con miedo.
—Le podemos poner protección en la puerta de su casa. Al menos unos días —sugirió Joaquín.
—Sí, por favor, tengo hijos y mujer. No quiero que sufran ningún daño por mi culpa, por mi trabajo.
—Hoy mismo la tendrá en la puerta de su casa. —Asintió con la cabeza.
Luca se echó hacia delante con movimientos lentos y colocó las manos en la mesa.
—Santiago me dijo hace un par de semanas que había vuelto al caso, y que, si le pasaba algo, era porque alguien no quería que estuviera investigando.
—¿Y aun así siguió investigando?
—Por supuesto. Cuando se obsesionaba con algo, el resto le daba igual. Era un detective entregado a cada caso. Emanuel lo llamó y lo removió todo. Encontró a Lucía, pero no sé cómo lo hizo.
Marcos observó cómo el hombre jugueteaba constantemente con el vaso vacío que tenía delante. No había parado de mover las manos desde que habían llegado.
—¿Y no le dijo nada más?
—Le dije que lo dejara, que si había un policía involucrado nosotros pagaríamos las consecuencias —se frotó la cara para contener las lágrimas—. Me prometió que lo iba a dejar. Pero me mintió.
—Puede que lo dejara, pero el asesino se enterara de que había estado investigando con anterioridad —intentó justificar Marcos.
—No, fue a hablar con Lucía Rosales.
—¿Qué? Entonces usted tiene toda la información que recopiló Santiago. —El tono de Joaquín dejaba ver su incredulidad. Luca les había mentido desde el principio.
Marcos lo agarró del brazo para que se calmara.
—¿Para qué fue? —preguntó.
—Eso es lo que no sé. Fue hace meses.
—¿Para qué fue? —insistió con un tono mucho más amenazante.
—No lo sé. Solo me dijo que necesitaba comprobar la teoría de Samuel Hernández.
Joaquín se levantó. Contuvo la rabia e intentó calmarse.
—Vamos al despacho. Tiene que haber algo.