No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

Irene llevaba casi diez minutos apoyada junto a la verja de la empresa cuando vio salir a Elia entre el grupo de personas que abandonaban el edificio para la pausa de la comida. La reconoció enseguida por su forma de caminar y por cómo llevaba el bolso colgado del hombro.

Elia levantó la vista justo en ese momento y se detuvo en seco al verla.

—¿Qué haces aquí? —preguntó nada más acercarse con gesto preocupado.

—Hola a ti también.

Elia miró el móvil para asegurarse de que no había pasado nada grave.

—No, en serio. ¿Qué ha pasado?

Irene soltó una pequeña risa cansada.

—Solo he venido a comer con mi hermana. ¿Tiene que pasar algo malo para que venga?

Elia respondió levantando las cejas.

—Sí. Siempre que te presentas sin avisar es por algo. Nunca haces nada porque sí. Ahora, ¿qué ha pasado? Y dime la verdad —le advirtió.

—¿Tienes tiempo?

—Una hora para comer. ¿Te da tiempo a contarme lo que te ha traído hasta aquí? —preguntó sin rodeos.

—Creo que sí. Pero primero vamos a comprar algo para comer. ¿Te parece bien?

—Irene…

—Elia, por favor.

—De acuerdo.

Caminaron hasta un pequeño puesto de comida que había al otro lado de la calle. Elia pidió un sándwich vegetal y una botella de agua. Irene tardó tanto en decidir que el chico terminó mirándola con impaciencia.

—Lo mismo —respondió sin ganas. Tenía el estómago cerrado desde que Almudena le había entregado el pelo de Lucía Rosales.

Elia eligió un banco apartado, bajo la sombra de un árbol. Se sentaron y desenvolvió el sándwich mientras esperaba a que su hermana empezara a hablar. Como Irene no decía nada, tomó la iniciativa. No podía volver al trabajo sin conocer el motivo de aquella visita inesperada.

—Cuéntame qué pasa. —Dio el primer bocado.

Irene carraspeó antes de hablar.

—Joaquín me ha mandado a casa unos días.

—¡Joder, Irene! ¿Qué has hecho? La has tenido que liar bien gorda para que Joaquín haya tomado esa decisión.

Irene asintió con el sándwich aún sin abrir.

—Me peleé con Tomás.

—¿Qué es lo que quieres decir exactamente con «pelear»? Entiendo que no te refieres a que le has pegado.

—Vaya, sí que me conoces bien —reconoció avergonzada.

—¡Irene! ¿Qué te está pasando? Has cambiado desde que empezaste a recordar. Sé que te está pasando algo, pero no me cuentas nada y cada día estoy más preocupada. Te fuiste de casa casi a escondidas —dijo con pena.

Irene le cogió la mano.

—Estoy bien. Ese desgraciado no dejaba de meterse conmigo y, bueno, al final estallé. Sé que está mal, pero no hay marcha atrás.

—¿Y no se puede arreglar? Ya sabes, puedes pedirle perdón. ¿Te suena? Es una palabra que soluciona problemas futuros y trae paz —dijo irónica.

—No es mi estilo. Consiguió lo que quería.

Elia la observaba con lástima. Era su hermana y sabía que lo estaba pasando mal.

Que hubiera ido a buscarla a la hora de comer demostraba que estaba desbordada.

Necesitaba su ayuda; por eso estaba allí.

Sin embargo, Irene no lo reconocería y la rechazaría.

Elia comprendió que debía ayudarla sin que lo supiera.

—¿Y qué piensas hacer, Irene? ¿Esperar?

—Al principio pensé que Joaquín estaba exagerando… O que me quería apartar del caso, pero ahora ya no estoy segura. Me estoy obsesionando con el secuestro.

—¿Y por qué no lo dejas estar? Ya has avanzado mucho tú sola. Sales sin problema cuando anochece. —La acarició la espalda.

—No es suficiente para vivir del todo tranquila. Tengo que saber quién fue. Pero el problema real no es ese, Elia.

—¿Y cuál es?

—Que sé que está cerca de mí —afirmó con los ojos acuosos.

Elia abrió los ojos con sorpresa. No necesitaba escuchar nada más para saber lo que su hermana estaba diciendo. Bebió un sorbo de la botella para asimilarlo.

—¿No confías en Joaquín? —susurró.

—No confío en nadie. —Tragó saliva—. Ni siquiera en ti y eres mi hermana.

—¿Tú eres tonta? ¿A ti qué te pasa? Has perdido el rumbo del todo —la recriminó enfadada.

—¿Y entonces por qué no me cuentas la verdad? —preguntó tajante.

—No me acuerdo. Ya te lo he dicho mil veces.

Irene sacudió la cabeza y se levantó. Elia la agarró con fuerza.

—Me dijeron que no te lo contara. Era lo mejor para no hacerte sufrir —reconoció—. No querías estar con nosotros. ¿Quién te lo ha contado?

Irene contempló cómo una niña pasaba corriendo y sonriente por delante del banco. Su madre la perseguía con el mismo gesto de felicidad. Desvió la vista hacia el suelo.

—Un compañero que lo vivió. Siento haberos tratado así —dijo conteniendo el llanto.

—Irene, es verdad que casi no me acuerdo de nada.

—Está bien, Elia. Quiero que me lo cuentes cuando estés preparada para hacerlo. —Irene le enseñó la bolsa con pelo. La tenía en el interior del abrigo—. Me han dado esto. Samuel lo dejó para mí.

—¿Samuel? Ya estamos con lo mismo otra vez —la regañó—. Debes apartarte del caso como te ha dicho Joaquín. ¿Acaso no te oyes, Irene? Estás obsesionada.

—Quiero volver a confiar en ti, de verdad. Eres mi hermana. Pero, si no vas a contarme lo que sabes, es mejor que lo dejemos aquí. Puede que tenga que recorrer sola el resto del camino. —Se levantó.

—Irene…

—Llámame cuando quieras hablar.

La inspectora exhaló despacio sin dejar de caminar. Había dejado la comida en el banco. Elia la observó alejarse y sintió el peso de la traición que veía en ella. Irene tenía razón. Debían acabar con aquello.

Elia sacó el móvil y llamó a su madre.

—Mamá, tenemos que decirle la verdad a Irene. No puedo ocultarle más lo que ocurrió. Lo siento —dijo con lágrimas en los ojos.