No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Marcos abrió los ojos varios segundos antes de que sonara el despertador.

Se quedó mirando el techo, inmóvil, intentando aprovechar aquel pequeño silencio que aún quedaba en casa antes de que empezara el día.

A su lado, Nieves dormía de lado, pegada prácticamente a la cuna que habían colocado junto a la cama desde que nació Bruno.

El niño soltó un pequeño quejido entre sueños y Nieves abrió los ojos al instante, como si llevara semanas sin descansar realmente. Ni siquiera miró a Marcos. Se incorporó automáticamente para comprobar que el bebé seguía dormido y volvió a acomodarse despacio.

Marcos observó la escena en silencio.

Antes, cuando despertaban juntos, Nieves siempre se acercaba a él medio dormida. Le apoyaba la cabeza en el pecho o le quitaba parte de la manta porque decía que él era una estufa humana. Ahora, incluso dormida parecía estar pendiente únicamente del niño.

El despertador sonó finalmente. Nieves soltó un suspiro cansado.

—¿Puedes apagarlo? —murmuró.

Marcos estiró el brazo y apagó el despertador antes de levantarse.

El suelo estaba frío. Se puso la sudadera y salió del dormitorio mientras oía cómo Bruno empezaba a removerse otra vez.

Fue a la cocina en silencio. No quería que el niño se despertara tan pronto y que Nieves se enfadara por el ruido.

Era mejor no decir nada. Esperaba que todo volviera a la normalidad, que volvieran a ser una pareja.

Lo dudaba, pero esperaría. El trabajo, la investigación, los asesinatos y, ahora, aquella extraña sensación de no saber dónde encajaba en su propia casa se mezclaban en su cabeza.

Abrió la ventana del salón para airear la casa. Apoyó las manos en la encimera mientras la cafetera terminaba de hacer ruido. Notaba el cansancio acumulado detrás de los ojos y la constante sensación de estar fallándole a todo el mundo.

Escuchó pasos detrás de él.

Nieves apareció con Bruno en brazos y el pelo recogido de cualquier manera. Llevaba una camiseta ancha y ojeras profundas, pero aun así Marcos seguía viéndola guapa. Quizá precisamente porque nunca la había visto tan real como desde que nació el niño.

—Ha vuelto a despertarse tres veces esta noche —dijo ella mientras se sentaba lentamente.

Marcos sacó dos tazas para preparar los cafés.

—No lo oí.

—Ya, tú nunca lo escuchas.

No había reproche en el tono. Aun así, Marcos lo sintió como si lo hubiera.

Le dejó el café delante y después se acercó al niño.

—Dámelo un rato. Así descansas, aunque sean unos minutos.

Nieves dudó apenas un segundo antes de entregárselo. Marcos cogió a Bruno con cuidado y el niño abrió los ojos inmediatamente, todavía medio dormido.

—Buenos días, pequeño —murmuró sonriéndole.

Bruno hizo un ruido extraño que consiguió arrancarle una sonrisa real por primera vez en días.

—Hoy tiene vacuna —dijo Nieves mientras removía el café distraídamente.

—¿Hoy?

Ella levantó la vista despacio.

—Sí. Te lo dije ayer.

Marcos notó la incomodidad al instante.

—Se me olvidó.

Nieves asintió como si ya esperara la respuesta.

—No pasa nada.

Pero sí pasaba. Marcos se sintió, una vez más, fuera de lugar. No dejaba de fallarle a todo el mundo y no sabía cómo evitarlo. Últimamente todo terminaba igual: pequeñas conversaciones que parecían normales y, aun así, dejaban algo incómodo flotando entre los dos.

Marcos se sentó frente a ella con Bruno todavía en brazos.

—Puedo salir antes y acompañaros.

—No hace falta. —Nieves negó con la cabeza casi de inmediato.

—Nieves…

—De verdad, Marcos. No pasa nada. No es importante, por eso no te has acordado. Ya lo hago yo todo, como siempre. Tú sales por la puerta por la mañana y vuelves cuando quieres. Mientras, yo estoy aquí ocupándome de todo. —Sonrió con sarcasmo.

Se levantó para coger al niño, que no dejaba de removerse incómodo.

Marcos centró toda su atención en los dos.

Nieves le colocó mejor el pañal , le limpió la leche seca de la barbilla y sonrió levemente cuando Bruno agarró uno de sus dedos.

A veces, Marcos tenía la sensación de haberse convertido en alguien secundario dentro de aquella casa, como si ellos dos funcionaran en una especie de mundo aparte al que él siempre llegaba tarde.

—¿Cómo va el caso? —preguntó Nieves sin levantar demasiado la mirada.

Marcos dudó unos segundos.

—Cada vez se complica más. —Se pasó la mano por la cara.

—Te noto raro. ¿Seguro que estás bien? ¿Es por Irene?

—No. Solo estoy cansado.

—Igual que yo.

La frase volvió a dejar un silencio incómodo entre los dos.

Bruno empezó a moverse inquieto y Nieves lo cogió automáticamente, casi antes de que Marcos pudiera reaccionar. Se quedó observando cómo ella lo calmaba apoyándolo contra el pecho. Todo en sus movimientos parecía natural, instintivo.

Marcos se levantó para coger el café y dar un sorbo.

—Mi madre me llamó ayer —dijo Nieves de pronto—. Dice que hace tiempo que no nos ve. Quiere ver al niño.

—Pues que venga.

Nieves levantó la vista por primera vez en varios minutos.

—Podrías mostrar un poco más de interés.

—¿Perdona? —Marcos dejó lentamente la taza sobre la encimera.

—Cuando hablo contigo parece que estás pensando en otra cosa. Todo es más importante que nosotros. Esto no es fácil, estoy sola todo el día y cuando vienes parece que te importa más lo de fuera que lo que tienes en casa —elevó el tono.

Marcos apretó ligeramente la mandíbula.

—Déjalo, da igual. Estar contigo es como estar sola. —Se calló y acomodó a Bruno sobre su hombro.

La frase golpeó a Marcos más de lo esperado. Lo que Adrián le había dicho coincidía con lo que pensaba Nieves. Ella se lo había expresado con claridad, pero él había permitido que lo urgente le impidiera ver lo importante.

—No quiero discutir. No sirve de nada.

—Yo tampoco. —Marcos soltó el aire lentamente.

Estaba demasiado cansado para pensar. Nieves empezó a darle el biberón a Bruno apoyada en la encimera. El niño la miraba sin apartar los ojos y Marcos sintió una mezcla extraña de ternura y distancia al mismo tiempo.

—¿Te acuerdas de cuándo desayunábamos tranquilos? —preguntó Marcos intentando suavizar el ambiente.

—Hace como mil años de eso. —Sonrió.

El móvil vibró sobre la mesa. Marcos lo miró automáticamente. Nieves suspiró de impotencia.

—Tenemos una investigación nueva. Ayer asesinaron a un detective que colaboraba con un policía —resumió el inspector.

—Muy bien. Vete a trabajar. Estamos acostumbrados a estar solos. Ya me buscaré la vida. No puedo ni ducharme tranquila —le recriminó Nieves al desaparecer por el pasillo con Bruno en brazos.

La seguridad con la que se lo dijo molestó a Marcos porque sabía que tenía razón.

—Es trabajo. ¿Qué quieres que haga? —chilló.

—Siempre es trabajo —se oyó desde el pasillo. Pero su voz ya no sonaba enfadada, sino resignada.

Nieves se había acostumbrado a estar sola y a ocuparse de todo. No estaba segura de que aquella situación le compensara. Los dos habían decidido formar una familia, pero, en la práctica, ella estaba sola.