Capítulo 2
Joaquín tardó unos segundos en reaccionar después de escuchar las palabras del agente.
—¿Cómo que le han asesinado? —preguntó finalmente.
El policía encargado tragó saliva antes de responder.
—Lo han encontrado hace un par de horas. Ha sido el conserje del edificio. Venía a dejarle un paquete y… bueno… —Desvió la mirada hacia el portal—. Se lo encontró así.
Joaquín miró hacia la entrada del edificio mientras intentaba ordenar las ideas. Oía el tráfico, las sirenas y las voces de los agentes, pero todo parecía amortiguado bajo una única sensación: había llegado tarde.
—Necesito subir —dijo con firmeza.
El policía dudó.
—El juez todavía no ha llegado…
—Necesito subir —repitió. Su tono dejaba claro que no era una petición. No le estaba pidiendo permiso.
—Está bien. Pero solo un momento.
Joaquín ni siquiera respondió. Entró directamente al edificio y se dirigió al ascensor, pero estaba ocupado. Maldijo por lo bajo y comenzó a subir las escaleras con un torbellino de hipótesis sobre lo que habría ocurrido.
El primer piso estaba acordonado. Dos agentes hablaban junto a la puerta abierta del despacho de Santiago Montes. Uno de ellos reaccionó inmediatamente al ver la placa.
—¿Le han dejado subir?
Joaquín asintió sin detenerse. Lo primero que percibió fue el olor metálico de la sangre, tan característico y al que, por desgracia, estaba demasiado acostumbrado. No había mucha, pero sí la suficiente para ponerlo en alerta.
El despacho estaba prácticamente intacto. Una lámpara encendida iluminaba parcialmente la estancia y la persiana a medio bajar dejaba entrar las luces azuladas de los coches patrulla de la calle. Había papeles sobre la mesa y una silla caída junto a una estantería.
No parecía especialmente violento. Y precisamente eso fue lo que le revolvió el estómago a Joaquín.
Santiago estaba en el suelo, apoyado parcialmente contra la pared lateral del escritorio. Tenía la cabeza ligeramente ladeada y los ojos abiertos, fijos en algún punto.
Había sido un disparo limpio, directo y sin vacilación.
Joaquín se quedó inmóvil unos segundos observándolo.
Había visto demasiados cadáveres a lo largo de su vida como para impresionarse por uno más.
Sin embargo, ese era distinto. Santiago no era una víctima aleatoria.
Había estado investigando con Samuel. Había encontrado algo y ahora estaba muerto antes de poder hablar.
«Es un aviso».
Marcos y Adrián aparecieron por detrás en silencio. Adrián aún guardaba la placa en el interior del abrigo cuando Joaquín se giró.
—No es posible —dijo Marcos.
Se acercaron a Joaquín que tampoco había asimilado la escena.
—Sabía quién era…
—O algo importante —concluyó Marcos.
—Hay que revisar el despacho de arriba abajo. No se nos puede escapar nada —advirtió Joaquín intentando memorizar la estancia.
Marcos negó con la cabeza.
—Si había algo que nos diera una pista de quién era, se lo habrá llevado —añadió con pesar.
Los tres miraron el cuerpo sin vida de Santiago Montes.
—Era la única pista sólida que tenían. —Joaquín se pasó la mano por el pelo. Sus movimientos repetitivos delataban su nerviosismo.
Adrián miró a Marcos en silencio. Sabía lo que pensaba, y no quiso devolverle la mirada. Sin embargo, Adrián no podía esperar.
—Hay que decírselo a Irene, comisario.
—¿Para qué? Tenemos que esperar. Primero hay que revisar los resultados de la autopsia y luego ya veremos. Lo está pasando mal, ya lo sabéis. No es buen momento y podríamos desestabilizarla aún más —explicó convencido.
—Ya, lo sé, pero aun así…
Joaquín negó con la cabeza.
—Adrián, ahora no. Esperaremos. —Se giró para mirarlo—. Si alguien se lo tiene que decir seré yo. No quiero que nadie le diga nada. Es una orden —terminó de decir mirando a los dos.
—Por supuesto —confirmó Marcos.
—¿Entendido, Adrián? —exigió que confirmara.
—Por supuesto, comisario —dijo disconforme.
Marcos echó un vistazo por el despacho. Se colocó unos guantes y comenzó a abrir los cajones y a mirar las estanterías.
—¿Y el ordenador? —interrumpió Adrián mirando los cajones del escritorio.
—Se lo ha llevado. La Científica aún no ha llegado. El asesino lo ha dejado tal como está ahora mismo —respondió Joaquín.
El comisario registró los bolsillos de Santiago Montes. El móvil no estaba. En una investigación por asesinato, el teléfono móvil podía acelerar muchas comprobaciones.
—Tampoco está el móvil —afirmó Joaquín.
Marcos resopló. Dejó de mirar las carpetas de uno de los cajones.
—El asesino sabía que Santiago lo había descubierto. —El inspector se cruzó de brazos.
—Sí, eso seguro. Pero no hay signos de violencia, lo que indica que a pesar de que sabía quién era, no lo conocía. Por eso le abrió la puerta. —Joaquín dejó escapar el aire con los ojos cerrados.
Marcos miró el reloj.
—No entró a la fuerza ni hubo forcejeo… —Meditó unos segundos—. Lo engañó y en un descuido le disparó —dijo el inspector en voz alta.
Joaquín cogió las gafas del suelo.
—Se le debieron caer cuando le disparó. —Sacó una bolsa de plástico y las guardó—. Puede que tenga alguna huella.
—Puede —dijo Adrián sin mucho ánimo.
—Tenemos que saber la dirección del disparo. Creo que es importante. Nos dirá si estaba cerca y el lugar desde el que lo hizo. —Marcos se volvió a acercar al cuerpo de Santiago—. ¿Creéis que lo movió?
—No, hay sangre en el suelo. —Joaquín señaló varias gotas.
Las voces de los compañeros de la Científica hicieron que se callaran. Había llegado el momento de salir del despacho y dejarlos trabajar. Recopilarían muchas pruebas y alguna sería clave para el caso.
Los tres policías salieron del portal con muchas dudas. Si descubrían quién había matado a Santiago Montes, sabrían qué les ocurrió a las niñas. La muerte de Inmaculada había reabierto heridas que parecían cicatrizadas, pero que nunca lo estuvieron.
—Marchaos a casa. Mañana va a ser un día duro. —Joaquín caminaba hacia su coche.
Uno de los policías con los que había hablado lo reconoció y asintió cuando Joaquín le levantó sutilmente la mano para agradecerle su amabilidad.
—¿Seguro que estamos al tanto de lo que ha pasado? —preguntó Marcos, intentando restarle importancia.
—Seguro. Supongo que tenéis motivos para pensar que tengo algo que ver con los secuestros, pero no es así.
Estáis mirando en la dirección equivocada.
Si queréis saber quién fue, ayudadme. Por favor —hizo una pausa—.
Llevo muchos años con este caso abierto y necesito cerrarlo tanto como Irene.
Esta vez no voy a dejar pasar más tiempo. —Abrió la puerta del coche.
—No pensamos que hayas tenido nada que ver con los secuestros, Joaquín.
—¡Claro que sí! No soy tonto. Veo cómo me miráis. Hasta que no lo encontremos, me acompañará la sombra de la duda. —Su voz reflejaba cuánto le afectaba la situación—. He superado cosas peores.
—Izan sabe mucho más de lo que nos dijo. Estoy seguro. Si de verdad quieres que nadie vuelva a pensar que tuviste nada que ver, hay que ir a hablar con él. —Marcos quería ayudarle.
Adrián negó.
—¿Y Tomás? Puede que él sepa qué está pasando.
Joaquín se giró.
—Mañana lo hablamos. No lleguéis tarde. —Joaquín cerró la puerta dando por zanjada la conversación.