No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 1
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No debiste seguir (Irene Vega 3)

No debiste seguir (Irene Vega 3)

Por Veronica Caballero Sanchez

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Capítulo 1

Irene estaba confundida. No sabía qué estaba pasando ni por qué había tantos secretos y mentiras alrededor de Samuel. Necesitaba hablar con Almudena y conocer de primera mano lo que había ocurrido. Cristina la llamó para quedar.

Almudena había dado el paso. Después de que Joaquín se presentara en su comisaría, había resurgido la culpa por guardar silencio durante tantos años.

Almudena las esperaba en su casa. Era una persona precavida, así que prefirió que la reunión fuera lo más discreta posible.

—Hola, Irene. Soy Almudena —saludó al abrir la puerta.

Estaba haciendo lo correcto, pero aún se sentía incómoda.

—Gracias —respondió Irene al pasar al interior de la casa.

Antes de entrar en el salón, la inspectora giró el cuello para comprobar que Cristina seguía con ella.

Por unos segundos sintió que actuaba a espaldas de Joaquín, pero los sentimientos contradictorios volvieron a aflorar.

No sabía si el comisario estaba involucrado de algún modo en la trama relacionada con los secuestros o con el asesinato de Samuel.

Se sentaron alrededor de la mesa del salón.

—Siento mucho haber sido una cobarde. —Almudena bajó la cabeza—. Pero hice lo que Samuel me dijo.

Irene frunció el ceño. Cristina observaba la situación sin decir nada. Había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa. Almudena llevaba años guardando aquella confesión. Ahora, tras la muerte de Lucía Rosales, sentía que había llegado el momento de hablar, de contar la verdad.

—Sé que tuviste miedo. Lo entiendo, de verdad, pero tienes que decirme todo lo que sepas. —Irene sintió cómo se le atragantaban las palabras.

Almudena asintió. Respiró profundamente antes de hablar. Necesitaba serenarse para relatar los hechos tal y como los recordaba.

—Joaquín te dijo que vino a nuestra comisaría, ¿no?

—Sí, me lo dijo.

—¿Te dijo que Samuel sabía que Lucía Rosales estaba viva?

—Sí, pero no estaba seguro de que esa afirmación fuera cierta. Samuel nunca se lo dijo —explicó, intuyendo la intención de la pregunta de Almudena.

Bajó la mirada unos segundos antes de volver a fijarla en Irene.

—Irene, lo siento, de verdad. Siento ser yo quien te diga esto… Samuel no confiaba en Joaquín.

Cristina cogió la mano de Irene por encima de la mesa. La apretó y asintió con la cabeza para reflejar su apoyo.

—Su mujer le engañaba con Joaquín —justificó Irene.

Almudena sonrió.

—Samuel lo sabía. Pero no confiaba en él por otros motivos, Irene. Las ausencias de Joaquín y la información que manejaba despertaron sus sospechas —dijo Almudena.

—Joaquín no fue el secuestrador. Estoy segura —mintió.

Almudena se recolocó en el asiento antes de contestar.

—Mira, Irene, Samuel estuvo en la investigación durante meses. Al principio sospechó de Joaquín, pero después dudó.

—¿Qué quieres decir?

—El día que lo asesinaron, Samuel me dijo que Joaquín no podía ser el secuestrador —susurró.

—No lo entiendo. ¿Entonces a qué vienen tantas acusaciones?

—Era el principal sospechoso hasta el día en que mataron a Samuel. Fue entonces cuando cambió de opinión. Me llamó y me dijo que tenía una pista de la Científica. Una prueba que demostraba un patrón.

Irene se levantó de la silla. Se pasó la lengua por los labios.

—A ver, Almudena, no entiendo nada. Quiero seguir la conversación y llegar al final del caso, pero cada día tengo más preguntas y ninguna respuesta. —Irene apenas lograba contenerse.

Cristina se levantó y la cogió por las muñecas.

—Tranquilízate. No he ido a buscarte para esto. Vamos a llegar al final. Vamos a descubrir quién te secuestró. Estamos cerca de saber quién fue. Pero tienes que tranquilizarte y escuchar a Almudena.

—Samuel no se suicidó, Irene. Tienes que partir de la base de que lo asesinaron —dijo al coger una botella de agua que tenía encima de la mesa—. Ese día hablé con él.

—Un momento, ¿me estás queriendo decir que lo mató el secuestrador porque descubrió quién era? ¿Es eso? ¿Te estoy entendiendo bien?

Almudena asintió.

—Prepararon la escena para que pareciera un suicidio. Así el caso se cerraría o, al menos, se retrasaría. Lo que Samuel sabía se perdió —añadió Cristina.

—Samuel no confiaba en la policía. Eso ya lo sabes. Pensaba que era un policía y por eso empezó a investigar por su cuenta.

—Eso no es verdad. Tomás investigaba con él. Por eso estoy segura de que él es el secuestrador. ¡Es él!

—No, Irene, tienes que escucharme. El día que lo asesinaron, Samuel dijo que no estaba seguro de que fuera un policía, pero sí de que conseguía la información a través de un agente. No había otra manera. Puede que actuara bajo coacción, pero un policía le estaba pasando información.

Irene negó, incrédula.

—Me estás diciendo que sabías todo esto y no hiciste nada. Dejaste que pasaran los años hasta hoy. —Irene cruzó los brazos sobre la mesa—. ¿Por qué has decidido hablar ahora? —preguntó con gesto serio.

—Samuel me dijo que, si le pasaba algo, no hiciera nada, que me mantuviera al margen —respondió conteniendo las lágrimas.

—¿Y?

—Me dio una cosa para ti.

—¿Qué? Eso es imposible. Si yo era una niña.

—Lo sé, pero una vez le dijiste a Samuel que ibas a ser policía para descubrir quién te había secuestrado. —Sonrió—. Puede que fueras pequeña, pero Samuel sí creía en ti.

Almudena se levantó. El salón se quedó en silencio. Solo se oyó abrir un cajón del dormitorio.

—Aquí lo tienes. Espero que encuentres la pista que él te dejó. Pero, sobre todo, que tengas cuidado.

Almudena le dio una bolsa de pruebas transparente con pelo. Irene la cogió extrañada. Aquella situación era desconcertante.

—¿Samuel te dejó una bolsa de pruebas para mí? —preguntó sosteniendo la bolsa.

Irene observó las iniciales: LR. Tragó saliva.

—Sí, es de Lucía Rosales —confirmó Almudena.

—No entiendo nada. —Los ojos de la inspectora se humedecieron.

—Samuel siguió las pistas. Sospechaba que lo vigilaban. Por eso me mandó a mí. Yo era la única persona que sabía que Lucía Rosales estaba viva. Esta prueba es para ti. Me dijo que ahí estaba el patrón.

—¿Lo analizó?

—Supongo, pero no sé lo que encontró. Solo puedo decirte que esa es la pista que te llevará hasta quien te secuestró. Le costó la vida. Así que espero que valga la pena. Él tenía claro que serías policía. —Sonrió al recordarlo—. Sé prudente. Y hazlo sola.

—Es lo más sensato, Irene —recalcó Cristina.

—Me habría gustado que nos conociéramos en otras circunstancias, pero la muerte de Lucía me hizo replantearme lo ocurrido con Samuel. Creo que debemos luchar para que se sepa la verdad. Lo mataron porque la descubrió. Lo mataron por ti, Irene. Por protegerte —señaló sin acritud.

—Lo sé. —Se levantó—. Por primera vez, me alegro de estar fuera del caso. Haré mi propia investigación.

—Te ayudaremos en lo que necesites —dijo Cristina.

El silencio volvió. No hicieron falta más palabras.

Cristina miró hacia la puerta del salón por pura inercia.

Y entonces Irene entendió que ninguna de las tres sabía realmente qué estaba pasando.

Eso era lo peor de todo. No había certezas, solo miedo.

Miedo a que Samuel tuviera razón y, a la vez, a que no la tuviera.

—No le digas nada a nadie —dijo Irene mirando a Almudena.

—No pensaba hacerlo.

Irene se levantó y se giró sin añadir nada más. Mientras salía del piso, con la muestra escondida bajo la chaqueta y la sensación constante de que algo se rompía a su alrededor, tuvo claro que acababa de cruzar un límite tras el que ya no habría vuelta atrás.