No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 48
98%

Capítulo 48

Irene se había levantado con un sentimiento de ansiedad al recordar que estaba fuera del caso y que no podía aparecer por comisaría.

Le dolía estar en esa situación. Aunque entendía que Joaquín, la hubiera apartado.

Era necesario que Tomás pensara que había ganado la batalla.

Sin embargo, el comisario la había herido en su orgullo.

Por eso, se juró a sí misma que no le llamaría para ver qué había ocurrido.

No sabía si soportaría la espera, pero al menos lo iba a intentar.

Cada pocos minutos miraba el móvil, cada vez se sentía más incómoda.

Decidió bajar a comprar algo de comida para distraerse y salir de casa.

Elia era la única que no paraba de llamarla. Quería estar segura de que estaba bien. No le había contado nada de la pelea y las consecuencias. No tenía intención de contarle la verdad. Al menos, de momento.

Después de comprar, llegó inmersa en sus propios pensamientos.

Recordó los pequeños destellos de la pelea con el secuestrador.

Todo había cambiado, ahora cerraba los ojos y lo veía con nitidez.

Sin embargo, lo único que no veía era el rostro del secuestrador.

Era una sombra que no conseguía ver. La impotencia no le daba tregua ni por el día ni durante las largas horas de la noche.

«¿Cristina?», pensó al entrecerrar los ojos cuando divisó el portal de su casa.

Comenzó a andar más deprisa. No estaba segura de que su mejor amiga de la academia de policía estuviera plantada allí, aguardando su llegada.

Había perdido el contacto por completo. Ni siquiera tenía su móvil.

Irene era una persona introvertida y despreocupada de mantener relaciones de amistad.

Le creaba cierta sensación de agobio tener que estar pensando en no defraudar a alguien cuando ni siquiera cumplía ese requisito consigo misma.

—Hola, Irene —saludó Cristina al ver el gesto de sorpresa de su excompañera.

—¿Qué haces aquí? —Se interesó sin rodeos.

La cara de Cristina no transmitía ni alegría ni casualidad, sino más bien lo contrario. Irene notó la incomodidad al observarla más de cerca.

—Necesito hablar contigo, pero aquí no —dijo Cristina con inseguridad. Miró a ambos lados.

Parecía la misma chica que siempre, aunque unos años más mayor.

Sin embargo, estaba igual. El pelo rubio claro, casi blanco, en una coleta perfectamente peinada y el aura de simpatía y sinceridad que proyectaba desde el primer día que la vio.

La pérdida de contacto nunca fue porque se llevaran mal o por falta de cariño, simplemente el tiempo las fue separando.

Eso, y que Irene nunca tuvo intención de tener amigas dentro de la policía.

Solo tenía una amiga, y con ella le bastaba.

No necesitaba más. Cristina y la academia eran parte del pasado.

—¿Estás bien? —preguntó Irene escéptica por la aparición después de tantos años.

—Sí, sí, tranquila. Estoy perfectamente, pero necesito hablar contigo en privado —dijo al detener la mirada en el portal.

—¿En mi casa?

—Creo que es lo mejor. Es importante —dijo Cristina con voz firme.

La inspectora no contestó. Sacó las llaves del bolsillo del vaquero y abrió la puerta. Le parecía una situación surrealista más que incómoda e insistió en conocer el motivo de la inesperada visita.

—¿Seguro que estás bien? —Irene giró la cabeza para observar el gesto de Cristina.

La policía sonrió en un intento de quitar importancia a su aparición improvisada.

—Te iba a llamar, pero no tenía tu teléfono. Así que busqué dónde vivías. Es lo bueno de ser policía, ¿no? —Sonrió.

—Entonces también podrías haberme llamado —contraatacó Irene sin darse cuenta.

—Lo sé, pero lo que te voy a decir no podía ser por teléfono —confesó Cristina.

Subieron en el ascensor sin dejar de mirarse de arriba abajo la una a la otra. Irene estaba inquieta. Habían sido amigas, pero esa relación no se había mantenido en el tiempo, lo que hacía que la confianza entre ellas también hubiera desaparecido.

Entraron en casa de Irene. Ella preparó un par de cafés e intentó ser lo más amable posible.

Quería crear una atmósfera idónea para que Cristina empezara a hablar.

La intriga le carcomía por dentro, pero pensó que un poco de introducción banal era lo más adecuado para que Cristina se decidiera a hablar lo antes posible.

—Siento haberte abordado así, Irene —interrumpió mirando la taza de café.

—¿Qué es lo que pasa? Sé que hace mucho que no nos vemos, pero si necesitas mi ayuda para lo que sea, puedes contar conmigo —dijo comprensiva.

Cristina soltó una risa nasal.

—No es por mí, Irene. He venido por ti. Nuestra amistad fue bonita y auténtica, pero lamentablemente se fue difuminando en el tiempo. Sin embargo, te sigo considerando mi amiga y por eso he venido —dijo dudando de cómo empezar.

Irene ladeó la cabeza sin entender a qué se refería.

—Es por tu secuestro —zanjó con angustia en la voz.

—¿Qué? —Una sensación de frío invadió el cuerpo de la inspectora—. No te entiendo.

Cristina cogió aire antes de volver a hablar.

—Nunca me contaste que fuiste una de las niñas.

Lo entiendo de verdad —aclaró—. Pero no estoy aquí para reprocharte nada de eso.

La muerte de Inmaculada Otero, Lucía Rosales, ha viajado por todas las comisarías.

Tu nombre ha salido como la niña que salvaron…

—Cristina se calló de repente al cerrar los ojos para ordenar las ideas.

—Ya, bueno. Tampoco era ningún secreto. Simplemente, no me gusta que me miren como una pobre niña con trauma infantil. No quiero que pienses que te lo quise ocultar, porque no fue así. Solo que no quiero recordarlo —se excusó con una explicación imprecisa.

—No es eso, Irene. Déjame terminar —intercedió con los ojos compasivos—.

El caso es que hace unos meses pedí el traslado, y ahora trabajo en la comisaría que recogió a Inmaculada.

Una de mis compañeras es Almudena, que fue la mujer que la acogió aquella noche.

Inmaculada decía tu nombre en sueños, pero no es solo eso…

—dudó al tragar saliva—. El inspector que llevaba el caso, un tal Samuel Hernández, sabía perfectamente que era Lucía Rosales.

—¿Sabía que era una de las niñas y no hizo nada? —preguntó confundida.

—No es que no hiciera nada, Irene. Escúchame. —La cogió de la mano por encima de la mesa para que se calmara—. Almudena y Samuel hicieron seguimiento de la niña hasta el suicidio del inspector.

—Eso no puede ser. —Irene negó con la cabeza—. Nadie sabía que era ella.

—El inspector Hernández sí lo sabía. Pero quería confirmar que el secuestrador era un policía, por eso no se lo dijo a nadie. Solo lo sabía mi compañera Almudena —dijo Cristina con voz pausada.

—¿Y entonces por qué esa policía no se lo dijo a nadie? —indagó Irene.

Cristina inhaló aire. Sintió cómo los pulmones se le llenaban y los vació rápidamente para volver a calmarse.

—Ella piensa que lo asesinaron, que no se suicidó. Tenía mucho miedo. Pensó que lo mejor era abandonar ese caso. Era joven y quería ayudar a la niña, pero cuando Samuel apareció muerto… Tenía un niño pequeño al que proteger y prefirió vivir tranquila —explicó Cristina.

Irene se levantó de la silla con un movimiento lento. Se giró y dio varios pasos, dándole la espalda a Cristina. Se frotaba la cara mientras pensaba lo más rápido posible.

—¿Me estás queriendo decir que el secuestrador es un policía que planeó el suicidio de Samuel?

Cristina asintió.

—La única explicación es que el inspector Hernández le descubriera, ¿no?

Cristina volvió a asentir en silencio.

—¿Y por qué Almudena lo ha dicho ahora? —Meditó unos segundos antes de volver a hablar—. ¿Por qué estás aquí, Cristina? —preguntó con un tono de desconfianza.

Cristina miró a Irene, que continuaba de pie con la mirada inquisidora clavada en sus ojos.

—Joaquín Requejo fue a preguntar para saber los detalles del día que encontraron a Inmaculada. Interrogó a Almudena —dijo Cristina sin estar segura de la suposición obvia a la que ella había llegado.

—¿Y? —preguntó con los brazos en jarra.

—Joaquín era su compañero en el caso y no sabía nada. Samuel nunca le contó que Lucía Rosales estaba viva —alzó la voz.

Irene lo comprendió al segundo de escucharlo en voz alta.

—Samuel sospechaba que Joaquín estaba detrás de los secuestros —susurró Irene con el corazón roto.

Cristina vio cómo algo se rompía dentro de la inspectora.

—Puede que me equivoque, Irene. Pero le he dado mil vueltas y no encuentro otro motivo por el que Samuel no se lo hubiera contado a Joaquín. Creo que sospechaba de él.

—¡Pero no puede ser! —exclamó Irene con un hilo de voz y las manos en la cabeza.

Se sentó al sentir que las piernas se tambaleaban.

La mente buscaba otra explicación que diera sentido a la decisión que tomó Samuel.

Debía hablar con Almudena. No podía dejarlo pasar.

Si Cristina tenía razón, toda su vida y su relación con Joaquín, con su mentor, había sido una tapadera para que no sospecharan de él.

—Yo apuñalé al secuestrador —dijo contundente Irene al levantar la mirada del suelo—. Le mordí la oreja. Salí de allí y me encontré con Joaquín. No podía estar en dos sitios a la vez.

Cristina la miró con pena. Irene no se iba a dar por vencida.

—Puede que tengas razón. Pero vamos a suponer que es verdad lo que dices. Que no es un falso recuerdo. —Hizo un fugaz silencio—. ¿Y si Joaquín le dio la información al secuestrador? ¿Y si todo fue una farsa para no parecer que estaba implicado?

—Joaquín le daba la información al secuestrador —repitió con una gran incredulidad.

—O simplemente eran dos secuestradores y Joaquín era quien manipulaba las pruebas. Por eso dejó el caso y nunca más se volvió a investigar —sugirió Cristina con angustia.

—No puede ser. —Negaba repetidamente. Irene no podía dar crédito a esas divagaciones.

—¿Y qué otra explicación hay para que su propio compañero lo dejara fuera del caso?

—Por problemas personales —zanjó con desdén.

—Irene, solo he venido a ofrecerte mi ayuda. Estoy aquí para lo que necesites. No lo quieres ver, y en parte lo entiendo, pero negarlo no te va a hacer ningún bien —argumentó Cristina—. ¿Estás segura de que conoces a Joaquín Requejo? ¿O solo conoces al comisario que te rescató?

La inspectora no pudo responder. Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.

Cristina seguía hablando, pero Irene ya no la escuchaba.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo y los músculos se tensaron.

Irene cerró los ojos una vez más. Siempre había estado segura, pero las palabras de Cristina le hicieron dudar por primera vez de que todo lo que había vivido con Joaquín fuera una mentira.

Era la coartada perfecta para no ser un sospechoso.