No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 47 #2
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Capítulo 47 #2

—Me confirmó lo que Emanuel me dijo, que era lo que le habían dicho sus padres.

Samuel estaba convencido de que la fuga de información venía desde dentro de la comisaría, o bien, que era un policía.

Por eso empezaron a trabajar juntos. No quería que ningún policía estuviera implicado en la investigación de los secuestros —continuó Izan con más tranquilidad, pero sin dejar de emocionarse al recordar a su hermana.

—¿Y qué pasó? —Marcos comenzó a apuntar notas en el cuaderno.

—Nada, me dijo que se pondría de nuevo con el caso. Y pasados unos meses me llamó. Me advirtió que tuviera cuidado, que si el inspector no estaba confundido puede que estuviera vigilándola. —Bajó el tono de voz sin ser consciente.

—¿A Lucía? —Arrugó el entrecejo.

—Sí, que, si lo había descubierto él, el secuestrador podría haberlo hecho también. La empecé a seguir no con la intención de hablar con ella, sino para dar con el secuestrador. Pensé que, si la seguía a todas partes, en algún momento vería a alguien sospechoso —confirmó Izan.

—Un momento, ¿la seguiste al trabajo?

—Así es. Vi un tipo extraño, con rastas.

Me pareció raro, pero luego observé de lejos cómo una compañera del trabajo lo echó sin mucho esfuerzo.

Así que lo descarté rápido —dijo sin emoción—.

No encontré nada de nada. Tenía una vida sencilla y monótona.

Por eso me decidí a hablar con ella. —Tragó saliva—. Ese fue mi mayor error.

«El tipo de las rastas fue Ramón. Puede que Inmaculada viera que le había seguido y por eso a pesar de que le iba a pedir ayuda a Ramón, no quiso salir del supermercado».

Marcos sintió que algunas de las piezas estaban comenzando a tener forma. Pero al otro lado del cristal, Adrián y Joaquín comenzaron a moverse. El comisario confirmó que los datos del detective eran los que consiguieron en la casa de los padres de Alma. Por lo que Izan estaba diciendo la verdad.

—De acuerdo. ¿Por qué se llevó el móvil de Lucía Rosales?

—Me había grabado cuando empezó a correr. Me puse nervioso y luego pensé que podía tener algo importante —confesó. Se frotaba las manos frías.

—¿Y encontró algo?

—No. Tuve miedo y lo apagué al momento. La gente me miraba. No sabía qué hacer, ni siquiera sabía si alguien me había reconocido. Era mi barrio de toda la vida, aunque ya no vivo ahí. Es la casa de mis padres, hace años que me mudé, pero aun así hay gente que me conoce —indicó nervioso.

—Entiendo. —Marcos miró el móvil de Lucía—. Hemos terminado, Izan. ¿Quiere preguntarme algo antes de que me marche?

—No, lo único que quiero es pedirle un favor —rogó con la mirada.

Marcos ladeó la cabeza, intrigado por la petición. Asintió sin hablar.

—Si averiguan algo de lo que le ocurrió a Diana, ¿me lo dirán? —Se secó una lágrima. Estaba visiblemente emocionado.

—Por supuesto. No le puedo asegurar qué es lo que le ocurrirá, pero estaré pendiente de su juicio —dijo Marcos al coger el picaporte de la puerta.

—¿Voy a ir a la cárcel? Yo no la maté —confirmó mientras las lágrimas corrían por sus mejillas—.

Solo quería saber si recordaba a mi hermana, quería su ayuda.

Lucía era una egoísta, ella consiguió escapar y no se preocupó de las que dejó allí…

—Hizo un silencio—. Igual que su compañera Irene Vega.

Ella sabe lo que pasó y prefirió callarse antes que ayudar al resto de niñas —inquirió con crueldad.

Marcos no se dio la vuelta para contestar. Abrió la puerta.

—Te deseo suerte, Izan. La vas a necesitar —dijo dándole la espalda para después cerrar sin alterarse.

Miró el teléfono de Lucía Rosales. Lo había metido en una bolsa de pruebas igual que la gorra de Izan. Fue a la sala donde le esperaban Joaquín y Adrián.

—Dice la verdad sobre Santiago Montes. Era el detective que hizo la investigación. Pensé que lo había contratado la familia de Alma, pero puede que eso también es mentira. —Joaquín soltó un suspiro de hastío.

—Tenemos que ir a comprobarlo. Hay que hablar con él. Saber cómo supo que Inmaculada era Lucía Rosales —sugirió convencido Marcos.

—¿A qué esperamos? —intervino Adrián.

Marcos levantó las bolsas de pruebas.

—Llévalo para analizar —confirmó Joaquín.

—Tenemos que hablar con Irene. No podemos tenerla apartada. Es la principal interesada —añadió Adrián con cara de pena. Se sentía como si la estuviera traicionando.

—De acuerdo. La llamaré por teléfono. Hablaré yo con ella, ¿vale? —Quiso dejar claro el comisario.

—¿Y qué pasará con él? —El inspector señaló a Izan, que seguía sentado al otro lado del cristal.

—Pasa a disposición judicial. No tiene antecedentes y nunca tuvo intención de matarla, así que lo más seguro es que el juez ordene libertad provisional hasta que se celebre el juicio —respondió Joaquín.

—Me da pena. Al final es una víctima más. Solo quería obtener información de lo que le había ocurrido a su hermana… Y la cosa no salió como él esperaba —pensó en voz alta Marcos.

—Las cosas nunca salen como las planeas —dijo Adrián.

Joaquín miró la hora.

—Chicos, terminad con el papeleo y lo que tengáis pendiente. Tengo cosas que hacer hoy, y se me ha hecho tarde —dijo el comisario.

—¿Y lo del detective? ¿Santiago Montes, lo recuerdas? —Marcos se había quedado petrificado por el cambio. Pensó que iban a ir en ese momento.

—Quedamos allí mañana a primera hora. Quiero que vayamos todos juntos. Voy a ir primero a ver a Irene. No quiero que se entere de la investigación por cualquier otro medio que no sea por mí —explicó Joaquín.

—De acuerdo. —El inspector se encogió de hombros y miró a Adrián—. Vamos, compañero, tenemos papeles que rellenar. —Le pasó el brazo por los hombros—. Al final, hemos descubierto la verdad.

Joaquín les sonrió y abrió la puerta.

—Tened cuidado. No hagáis ninguna estupidez de las que haría Irene, ¿vale?

—Tranquilo, comisario, no nos pegaremos con Tomás —sonrió Adrián.

Marcos le miró aguantando la risa y asintió al comisario para que se fuera tranquilo.