Capítulo 47
Varios agentes de confianza del comisario fueron a por Izan al trabajo.
Ya no era un chaval ajeno a lo que había pasado.
Ahora pertenecía a la investigación de su hermana, Diana, aunque hubiera sido por una mala decisión.
Era un hombre de mediana edad, atlético y con gesto de derrota.
Entró en la sala de interrogatorio esposado.
Había pedido que no lo hicieran hasta que salieran de su centro de trabajo.
No quería que nadie le viera. Aunque sabía cuál iba a ser el final.
Sabía que esa noche no dormiría en casa.
Se sentó esposado en la fría silla metálica con el abrigo puesto.
Hacía frío. No sabía si era por la situación o porque en realidad lo hacía.
Los agentes lo observaban detrás del cristal.
El comisario sintió un cosquilleo por la columna que le hizo cerrar los ojos un par de segundos antes de volver a hablar.
Tanto Marcos como Adrián se dieron cuenta.
El inspector dio un pequeño codazo a Adrián para que se percatara de que aquella situación no le estaba siendo fácil al comisario.
—Entra tú, Marcos. Creo que es mejor así —dijo Joaquín pasados unos segundos.
—¿Yo? —dijo extrañado—. ¿Estás seguro?
—¿Seguro? —repitió Adrián igual de contrariado que Marcos.
Joaquín suspiró de nuevo sin dejar de mirar a Izan por el cristal. Le recordó en su casa el día que su hermana desapareció. El llanto de un adolescente que se sentía culpable y que estaba seguro de que no la iba a volver a ver. Bajó la cabeza.
—No puedo tenerlo delante sin sentir que le he fallado.
Lo siento. Pensé que algún día se me pasaría esta sensación de culpabilidad, pero no ha sido así y nunca lo será.
Les fallé a todas esas familias, incluso a la de Samuel y a la mía propia —confesó.
Cogió aire antes de volver a hablar de manera pausada y tranquila—.
Está ahí porque yo no hice mi trabajo. Y ahora no le puedo ayudar.
No sé qué será de él, pero esto ha sido culpa mía.
Entra, Marcos, por favor. Termina esto por mí.
—Dejó de mirar a Izan para mirar al inspector.
Marcos asintió con compasión en los ojos.
Se imaginaba el dolor que estaba sintiendo el comisario.
No quería alargar más el sufrimiento ni que aumentara obligándolo a enfrentarse a una consecuencia más de su pasado.
Cogió el cuaderno que había dejado en una mesa y salió para comenzar a hablar con Izan.
Antes de cerrar, miró al comisario. Quería asegurarse de que estaba bien.
Adrián asintió para que supiera que se quedaba al cargo de Joaquín. No le iba a dejar solo.
A los pocos segundos, le vieron atravesar la puerta de la sala donde aguardaba Izan con un nudo en el estómago.
Marcos se sentó despacio y colocó el cuaderno en la mesa. Lo más probable era que no lo utilizara, pero le gustaba entrar con él y con el bolígrafo. Eran las herramientas de trabajo que le hacían sentirse más arropado en el interrogatorio.
—Hola, Izan, ¿sabes por qué estás aquí? —indagó Marcos con los brazos rodeando el cuaderno encima de la mesa.
—Sí, lo sé.
—Cuéntame.
Los agentes le habían dejado entrar con la mochila que llevaba al trabajo. La tenía en el lateral de la silla, en el suelo.
—¿Me puede quitar las esposas? No voy a ir a ninguna parte. Solo quiero enseñarle algo. —Señaló con los ojos la mochila.
Marcos sacó las llaves de las esposas de los bolsillos delanteros del pantalón vaquero y se las quitó. Se quedó de pie observando cómo Izan abría la mochila.
Joaquín y Adrián se miraron con sorpresa al ver lo que dejó encima de la mesa metálica.
—La gorra que llevaba ese día y el móvil de Lucía —anunció con los ojos llorosos—. Yo no quería que le pasara nada. Fue un accidente. —Se llevó las manos a la cara y comenzó a llorar.
Marcos se sentó de nuevo en la silla. Cruzó los dedos y miró los objetos sobre la mesa. Le dio unos segundos para que se recompusiera.
—Cuénteme qué fue lo que pasó —dijo Marcos con tacto—. Es más importante de lo que cree. Colaborar con nosotros le ayudará en el juicio. Por su propio bien, no nos oculte nada —le aconsejó.
Izan asintió mientras se secaba las lágrimas que le habían caído por las mejillas.
—Al principio iba solo por curiosidad. Quería saber quién era.
Puede que parezca una tontería, pero era como si me acercara a mi hermana, como si solo con verla, aunque fuera de lejos, estuviera con Diana de nuevo —comenzó a decir Izan sin mirar a Marcos, que le observaba con detenimiento—.
No había pensado ir más de un par de veces, pero la parada estaba tan cerca de mi casa… que se convirtió en una costumbre.
—Poco a poco averiguó por sí mismo las horas y días en los que iba a la parada, ¿no?
Izan asintió sin mirarle.
—Supongo que desde el principio quiso hablar con ella —continuó hablando el inspector.
—Claro que quería hablar con ella. Era lo que más me hubiera gustado en este mundo.
Saber que había estado con Diana, que la recordaba, pero no le dije nada durante meses.
Solo la miraba desde lejos. —Apretó los labios antes de continuar—.
Cambié de idea el día que me di cuenta de que ella también me miraba.
Pensaría que era un loco o vete tú a saber qué.
Sin embargo, eso tampoco me detuvo para seguir mirándola.
Puede que fuera una tontería, ya lo sé, pero con eso me conformaba.
Izan paró de hablar. No estaba seguro de qué iba a pasar con él y no quería decir nada inapropiado. Marcos se dio cuenta enseguida de que el futuro que le esperaba era incierto.
—Tú no la mataste —dijo para tranquilizarlo.
Marcos decidió tutearlo para que la conversación fuera más cercana y conseguir más información sobre lo que había ocurrido.
—Lo sé, pero quizás si no hubiera ido tantos días, o si la hubiera abordado de otra manera. —Negó con la cabeza y se frotó la cara con las manos.
—Eso ya no lo podemos cambiar. Entiendo que lo hicieras por el recuerdo de tu hermana, es normal. Tendrías que haber venido a hablar con nosotros antes de intentar hablar con ella. Era una mujer con miedo —explicó con tono paternal el inspector.
—¿Con vosotros? ¿Estará de broma? Llevan años sin hacer absolutamente nada.
Ni siquiera sabían que existía Lucía Rosales, que salió de aquel agujero.
—El rencor se palpaba en cada palabra que salía de la boca de Izan—.
Nunca hicieron nada. No sé si usted estuvo en la investigación o no, pero me acuerdo de Joaquín Requejo, el compañero de Samuel.
Bueno, compañero por decir algo, porque nunca se molestó en hacer nada.
Al otro lado del cristal, Adrián miró de soslayo al comisario.
Se quedó inmóvil notando los ojos del agente en él, pero no se movió.
Sabía que su nombre saldría antes o después, por eso decidió que entrara Marcos.
El foco de atención no debía estar en él, sino en lo que hizo Izan y en quién estaba detrás de la información que manejaba.
—Después de la muerte de Samuel, solo Tomás fue a vernos.
Pero supongo que no podía hacer mucho cuando aparecen casos continuamente.
Si no hay pruebas claras o la investigación no los lleva a un final con certezas, apartan los casos y abordan los nuevos.
—Izan hablaba con los puños apretados. Sus palabras iban cargadas de años de ira—.
Cuando rescataron a Irene Vega, las demás niñas no importaban, ya habían conseguido ponerse su medallita para la foto. —Se cruzó de brazos.
—Hemos abierto el caso…
—No les ha quedado más remedio que hacerlo. No ha sido porque hayan querido —replicó.
Marcos decidió guardar silencio sin apartar la mirada. Era mejor que se tranquilizara para continuar. Después de varios minutos en silencio, retomó la conversación.
—Hemos perdido la mejor pista que teníamos por culpa de usted.
—Dejó de tutearle para que supiera que el tono de la conversación había cambiado de tercio.
Las buenas formas se habían acabado. Una chica había muerto por su imprudencia y se lo iba a dejar claro.
No le había gustado el tono con el que había hablado de Joaquín—.
Lucía era nuestra mejor pista y ya no la tenemos.
Lo que sabía, gracias a su acoso, ha muerto con ella.
Marcos cogió el bolígrafo y abrió el cuaderno.
—¿Cómo descubrió que ella era Lucía? Ni siquiera la policía lo sabía. —Entrecerró la mirada.
—Me lo dijo Santiago Montes —contestó con una dulzura inusitada.
El inspector miró de reojo al cristal. Aquel nombre no le sonaba de nada.
—¿Quién es Santiago Montes?
Izan arrugó el cuello, sorprendido por la pregunta.
—Es el detective que ayudaba al inspector Hernández.
Fue quien me lo dijo y el motivo por el que comencé a seguirla.
Me acerqué a ella con naturalidad y cuando dije su nombre y contestó, supe que era ella.
Que Santiago no se había equivocado. Me dio vergüenza, pero al final lo hice.
Me arrepiento de haberlo hecho, pero ella no quiso escuchar, salió corriendo y fui detrás de ella para explicárselo, que no le quería hacer daño.
—Negó con la cabeza—. No paró, me grabó con el móvil, por eso me lo llevé.
—Un momento, por favor, no vaya tan deprisa. Vamos a ir por partes, no se acelere. ¿Qué le dijo el detective? Ese tal Santiago.
—Le llamé hace más de un año. No podía vivir a la sombra de mi hermana.
Mis padres vivían amargados y solo recordaban lo buena que era y lo que hubiera pasado si estuviera viva.
Incluso fantaseaban con la idea de que un día volviera.
Es horrible vivir así. Entonces, Emmanuel me dio el teléfono.
Sus padres le contrataron cuando ocurrió todo y empezó a trabajar con el inspector.
—¿Y qué fue lo que le dijo?