Capítulo 46
Después de lo que habían descubierto por separado, el equipo había quedado en casa de Adrián.
Pensaron que lo mejor era reunirse en un punto neutro, fuera de comisaría.
No sabían qué había ocurrido durante tantos años.
Pero cada vez estaban más convencidos de que Tomás ocultaba algo relacionado con todo aquello.
La casa de Adrián no era muy grande, pero estaba lo suficientemente lejos de comisaría y de los oídos que querían evitar.
Cuando Joaquín entró por la puerta, ya estaban esperándole.
Adrián lo recibió sujetando la puerta. Tenía los ojos cansados y el gesto confuso.
El comisario les había puesto al día con la declaración de Yesica.
El tipo de la foto era Izan. Le irían a detener al día siguiente, pero ahora la pregunta que les rondaba por la cabeza era cómo había conseguido esa información y, lo más importante, de quién.
Joaquín se sentó en una de las sillas frente a Marcos, que lo hacía en el sofá.
El inspector dejó el móvil en la mesa en el momento en que el comisario le miró al sentarse.
Los tres tenían mala cara. Se notaba cierta tensión entre ellos.
La decisión de apartar a Irene del caso les había caído como un jarro de agua fría.
—No es lo que pensáis —dijo Joaquín mirando fijamente a Adrián, que era a quien más se le notaba que estaba en desacuerdo con la decisión.
—¿Qué quieres decir? —Se interesó Marcos con el ceño fruncido.
—No tendría que daros explicaciones, pero os las voy a dar para que estéis más tranquilos y dejéis de mirarme como si hubiera tomado esa decisión por capricho.
Irene está fuera de cara a la galería. Después de lo que ocurrió con Tomás no podía dejar las cosas como si no hubiera pasado nada —dijo con gesto serio.
Marcos y Adrián se miraron de soslayo. No esperaban que Joaquín empezara la conversación con el tema de Irene.
—Sé que Tomás está involucrado de alguna manera, pero para que se relaje y no cambie de plan, necesito que Irene desaparezca de la ecuación, ¿me explico?
—Sí, gracias por contárnoslo. Pensábamos que te estabas volviendo un capullo —sonrió Adrián.
Marcos levantó las cejas. Nunca se hubiera imaginado que esas palabras salieran de su boca y menos aún dirigidas hacia el comisario.
—Lo sé. Por eso he preferido dejar claro este asunto desde el principio antes de meternos en materia.
Pero solo yo hablaré con Irene. No es porque no confíe en vosotros, pero tenéis que entender que la conozco y sé exactamente con qué información se puede desestabilizar.
—Carraspeó—. Por favor, os ruego que no le contéis nada.
Es importante. No quiero otro espectáculo y que Tomás cambie de rumbo.
—¿Nos estás diciendo que fue Tomás el secuestrador? —Quiso asegurarse el inspector.
—No, os estoy diciendo que está involucrado de alguna manera. Puede que lo sea o puede que no, pero de momento no hay pruebas de ninguna de las dos cosas. Lo único que sabemos es que su nombre no deja de aparecer —resumió Joaquín al pasarse la mano por la barba.
—De acuerdo. Aclarado esto, ¿cerramos el caso de Inmaculada? —sugirió Marcos al mirar la hora en el móvil que había dejado en la mesa.
—Si te tienes que ir, hazlo. Te lo contamos mañana —sugirió Joaquín—. Soy consciente de que es tarde y os estoy pidiendo mucho, sobre todo a ti, con un bebé recién nacido en casa.
—No, tranquilo. Estoy bien aquí. Total, en casa parece que sobro, que solo molesto. —Se encogió de hombros a la vez que levantó las cejas con indiferencia.
Adrián le miró y le dio una palmada en la espalda.
Se había sentado en el sofá junto al inspector.
Recordó la conversación que tuvieron. En aquel momento le pareció que se había solucionado, pero con el comentario que acababa de soltar se dio cuenta de que no solo no lo había hecho, sino que estaba peor emocionalmente.
—Como quieras. Entonces sigo. —Joaquín se dio cuenta de que algo no iba bien, pero no le gustaba ser cotilla ni meterse en la vida de nadie si la otra persona no le había hecho partícipe del problema. Así que pasó por alto el comentario.
—Continuemos —intervino Adrián para quitar hierro al comentario del inspector—. El de la foto es Izan. ¿Ahora qué hacemos?
—Mañana mandaré que le vayan a buscar al trabajo a primera hora y le traigan a comisaría. Le interrogaremos y quedará a disposición judicial. Sabemos que no quería hacer daño a Inmaculada, pero aun así… —Suspiró—. Acabó muerta por su insistencia.
Los agentes bajaron la mirada.
—Ya sé lo que estáis pensando y sí, tenéis razón.
Era una víctima que solo quería respuestas, pero hay otras maneras de conseguirlas.
Y, además, Inmaculada eligió no hablar. Si lo hubiera hecho, no estaríamos aquí ahora e incluso podríamos haber encontrado a las niñas, pero no ha sido así.
No podemos hacer nada, solo continuar —dijo Joaquín con pena en el corazón.
—Ya, bueno, pero aun así es triste —añadió Adrián, que era el más empático.
—Lo sé, pero este trabajo es muy duro y cada caso deja una secuela en el alma. Por eso, desde fuera es fácil juzgar, pero cuando estás dentro te das cuenta de que las cosas no son blanco o negro —aclaró sin saber si hablaba de él mismo o del caso.
Tanto Adrián como Marcos entendieron que hablaba de su infidelidad con Mónica y las decisiones que tomó en el pasado.
—Perdonad, no me quiero alargar —se disculpó Joaquín—. En todo este caso estuvo trabajando un detective privado y es con él con quien tenemos que hablar. Entonces, tenemos que ponernos de acuerdo. ¿Estamos todos en el interrogatorio de Izan o alguien va a hablar con el detective? —preguntó Joaquín.
—Lo que creas que es mejor, comisario —contestó el inspector. Se echó hacia delante en el sofá.
—Todos mañana en el interrogatorio. Entraré solo en la sala y os quedaréis detrás del cristal escuchando. Después tomaremos la decisión que proceda cuando tengamos la información que Izan nos dé —concluyó Joaquín.
—De acuerdo —confirmó Adrián—. ¿Irene puede venir?
Joaquín negó con la cabeza.
—No, es mejor que se calmen las aguas. Quiero que Tomás vea con sus propios ojos que está fuera del caso.
—¿Por qué no le vigilamos? Podríamos pincharle el teléfono —sugirió Marcos.
—¿A un policía? —preguntó retóricamente Joaquín.
Adrián le miró pensativo.
—Ya, es imposible —Marcos se dio cuenta al momento.
—No es mala idea, el problema es que es policía.
Y aunque tenga toda la pinta de que sabe más de lo que parece, no se pueden tomar decisiones a la ligera.
Tenéis que pensar que es un policía que lleva años en el cuerpo y su comportamiento no tiene ninguna mancha negra.
Soy el comisario y no puedo, de buenas a primeras, pedir una escucha de un agente a mi cargo.
—Negó con la cabeza varias veces—. Imposible.
Simplemente no puedo hacer algo así. Sería un suicidio para la comisaría.
Estas cosas no se mantienen en secreto mucho tiempo. Ya me entendéis.
—Quieres decir que se filtraría, ¿no? —Quiso estar seguro Marcos de haber comprendido lo que había oído.
—Eso es. —Joaquín se levantó—. Marcharos a casa y descansad. Mañana es un día importante. Y, por favor, nada de hablar de esto con Irene. Es mejor que se lo contemos después y que ahora descanse unos días.
Tanto Marcos como Adrián asintieron.
—Me voy. Mañana os veo. —Joaquín cogió el abrigo que había dejado en el respaldo—. No te levantes, Adrián. Sé dónde está la puerta. Por cierto, chicos, buen trabajo.
—Gracias, comisario —respondieron al unísono.
Joaquín levantó una vez más la mano antes de desaparecer por el pasillo. Los agentes se quedaron en silencio hasta que oyeron la puerta. Adrián se levantó para comprobar que se había marchado y volvió al salón.
—¿No le vamos a decir nada a Irene? —preguntó al inspector.
—No podemos, Adrián, es una orden directa. —Suspiró de manera sonora.
—Esto es un error —dijo convencido.
Adrián se volvió a sentar con las manos a los lados de la cabeza y la mirada clavada en el suelo.
—Todo lo que tiene que ver con este caso está lleno de errores. —Marcos soltó una risa con suficiencia—. Parece que solo sabemos encadenar uno detrás de otro. Tomás no es tonto y se va a dar cuenta de lo que ha hecho Joaquín.
—¿Y por qué piensas eso? —Le miró con extrañeza por el comentario.
—Joaquín conoce bien a Tomás y a Irene, pero no cuenta con que también funciona a la inversa —dijo mirando a su compañero a los ojos—. Si lleva tantos años con el secreto es porque calcula bien sus movimientos.
—No fue Tomás, Marcos. Eso es imposible. Héctor me dijo que eran muy amigos de Samuel. Incluso me dijo que no dijera que había hablado con él. No sé… creo que hay una variable que se nos escapa —dijo Adrián intentando dar con la solución que buscaba.
—No se nos escapa ninguna variable. Lo que se nos escapa es la información que Joaquín sabe y no comparte.
—¿A qué te refieres?
—No sé, olvídalo. Solo digo tonterías. Hay que encontrar la dichosa agenda de Samuel. Si siempre la llevaba consigo, sería por algo, ¿no?
Adrián no contestó, solo le miró a los ojos.
«¿Qué habría en la agenda de Samuel para que alguien la quisiera esconder?».