No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 45
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Capítulo 45

Apartar a Irene del caso le estaba pasando factura emocional.

Se sentía culpable por todo lo ocurrido desde el secuestro de las niñas.

La infidelidad con Mónica había sido un factor determinante que afectó a una sucesión de hechos que ni siquiera hubiera podido imaginar.

La colaboración de Marcos y Adrián con el caso era fundamental para saber qué había ocurrido en la vida de Inmaculada.

Ahora tenía que hacer frente a los padres de Leticia.

Eran los únicos con los que no había hablado y necesitaba que le dieran toda la información posible.

Podía haber hablado con Tomás. Sin embargo, después del encontronazo con Irene, la relación estaba aún más tensa y estaba convencido de que tampoco le diría la verdad.

Los únicos que no tenían nada que perder eran los padres de Leticia, Amalia y Salvador.

Joaquín les avisó para quedar con ellos y que su hija, Yesica, estuviera presente.

Era la persona que había avisado a Izan.

El día anterior, Brenda les envió la foto de la persona que observaba desde lejos a Inmaculada.

No sabían quién era, pero al menos ya tenía rostro. Había sido un gran adelanto.

Al llegar a la casa de Salvador y Amalia, tuvo que detenerse un momento y respirar hondo para coger fuerzas. La tensión iba a estar presente en la reunión y debía encajar los reproches que le hicieran. El comisario era consciente de la falta de profesionalidad que tuvo en esa época de su vida.

Se alisó los pantalones y respiró hondo antes de llamar. Le abrieron sin preguntar. Subió dispuesto a hacer frente a los errores que cometió y al posterior desapego al caso.

Salvador estaba en la puerta en silencio. Dio un paso atrás, sin decir nada.

—Buenos días, Salvador. Soy Joaquín Requejo.

—Buenos días, puede pasar. Mi mujer y mi hija están en el salón. Le estábamos esperando —dijo con cordialidad.

No se dieron la mano. Un gesto con la cabeza sirvió como sustituto.

El comisario se enfrentaba a su pasado. Las manos le estaban sudando como el primer día que estuvo en esa casa.

No solía recordar las casas ni los lugares a los que iba, ya que habían sido muchos desde que empezó en la policía.

Pero aquel caso fue el que marcó su vida.

No solo en su vida personal, sino también en la profesional.

Amalia y Yesica se levantaron al verlo.

—Buenos días. Soy Yesica, la hermana de Leticia —se presentó y le saludó al estirar la mano.

Amalia imitó el gesto sin presentarse.

—Puede sentarse ahí —dijo Salvador, que iba detrás de Joaquín.

—Gracias. —Se sentó donde le indicó—. Supongo que ya saben por qué estoy aquí, ¿no? —Asintieron—. Me gustaría saber qué tipo de relación tienen con Tomás Aguilar y por qué les llamó. Necesitamos que sean lo más minuciosos posible.

Salvador sonrió con descaro y la mirada fría.

—¿De verdad no lo sabe? —preguntó con educación, pero con desdén.

—Supongo que sí, pero necesito que me lo digan.

—Era el policía que llevaba el caso con Samuel mientras usted no estaba.

Siempre se preocupó por nosotros. Nunca ha dejado de llamarnos ni de preocuparse.

La relación ha perdurado a lo largo de los años.

Por esa razón, supongo que se sentía en deuda cuando apareció Lucía Rosales —relató con la mirada en el suelo y los brazos cruzados.

—Tomás siempre ha estado ahí. Le puede parecer que se excedió, pero llevó el caso desde el principio. —Amalia quiso recalcar la buena voluntad del policía.

—Lo sé, pero no es su caso. No debería haberles llamado. ¿Ha habido más llamadas?

—¿A qué se refiere? —preguntó Yesica.

—¿Les ha dado alguna otra información? —Joaquín se recolocó en la silla. Cada vez se sentía más fuera de lugar.

—No —contestó rápidamente Salvador.

—¿Seguro?

—Por supuesto que estoy seguro —insistió.

Joaquín se pasó la mano por la cara con lentitud. Pensó unos segundos mientras lo observaban.

—Aquí algo no cuadra. Lo siento. La persona que comenzó a seguir a Inmaculada o Lucía, como quieran llamarla, empezó a hacerlo hace unos meses. Así que algún tipo de información tuvo que llegarle y fue de alguien que estaba al corriente de la investigación, ¿me siguen?

Ninguno de los tres dijo nada.

El comisario suspiró profundamente con los ojos cerrados.

Ya era complicado estar allí, pero la situación se estaba volviendo más hostil por momentos.

Tuvo la sensación de que guardarían silencio para proteger a Tomás.

Ante aquella reacción, buscó la foto que les había facilitado Brenda. Se la enseñó expectante.

—¿Le reconocen?

Los padres arrugaron el ceño y negaron con la cabeza. Sin embargo, Yesica se llevó las manos a la boca.

—¡No puede ser! ¡Es imposible!

—¿Sabe quién es? —Los ojos de Joaquín se abrieron de par en par.

—Es Izan —reveló sin parpadear.

Salvador le cogió el móvil y agrandó la imagen para ver la cara.

—Es él —confirmó con un hilo de voz después de tragar saliva.

Yesica se había quedado petrificada. No entendía cómo había podido saber que aquella chica era Lucía Rosales. La cara de sorpresa del comisario reflejaba el desconcierto. Había un detalle que se les estaba escapando. Los miró mientras el corazón le latía más deprisa.

—¿Seguro que no saben quién les dio esa información? Si Izan era la persona que la seguía era porque alguien se lo había contado. Si están encubriendo a Tomás, necesito que me lo digan. Es importante.

Salvador se levantó.

—Para nosotros también era importante saber dónde estaba nuestra hija y a usted no le importó.

Samuel y Tomás fueron los únicos que se preocuparon.

Así que le puedo asegurar que, aunque Tomás nos hubiera contado algo, no se lo diría.

¿Lo entiende? —dijo con los puños apretados, la ira en sus ojos y el tono elevado.

Joaquín se levantó y le miró a los ojos con dureza.

—Estoy harto de sus reproches. Por supuesto que hice las cosas mal, pero he intentado durante años solventar mis errores.

Jamás he abandonado este caso, aunque a ustedes se lo parezca.

Mi compañero, Samuel, se suicidó. Y les recuerdo que yo antes de policía soy una persona.

A ustedes solo les importa su hija, pero a mí también me importaba mi compañero y se suicidó. —Se dio la vuelta en silencio.

Amalia corrió detrás de Joaquín después de echarle una mirada asesina a su marido.

Era más empática que él y sabía que nadie es de piedra.

Lo que ocurrió tuvo que ser fulminante para el comisario.

Por lo que, en cuestión de segundos, entendió que lo que menos le preocupara fuera encontrar a su hija, ya que hubo más policías llevando el caso, como Tomás, y tampoco encontraron nuevas pistas para poder abrir nuevas líneas de investigación.

—Lo siento. —Amalia le cogió del brazo para detenerlo.

—Tranquila, no pasa nada. Sé que no soy bienvenido, pero era mi obligación hablar con ustedes. Siento no haber encontrado a su hija. Ocurrieron varios sucesos trágicos dentro y fuera del caso —dijo Joaquín con la voz temblorosa.

Amalia era una mujer comprensiva. Miró a Joaquín y sonrió. Las arrugas en su rostro envejecido por los años aparecieron.

—Sé por qué está aquí. Y no es porque sea muy lista.

Samuel era más que un policía, era nuestro amigo.

Al menos, así lo sentía yo. Él siempre pensó que el secuestrador era un policía, ya que no había otra manera de explicar que tuviera tanta información y que cuando llegaba a un sitio ya no estuviera —dijo después de soltar el brazo a Joaquín.

Miró hacia atrás para comprobar que estaban solos en el pasillo—.

¿Cree que es Tomás? Por eso ha venido, ¿verdad?

Joaquín permaneció unos instantes en silencio. No sabía qué responder a esa pregunta tan directa.

—No estoy seguro —dijo al fin—. Pero la verdad es que está en todas partes y su nombre no deja de aparecer.

—Hable con Izan. Puede que tenga más respuestas que nosotros. Yesica le dijo a Emanuel que Tomás nos había llamado, pero fue después de la muerte de Inmaculada. Puede que su familia sí hablara con él.

—No, los padres me lo confirmaron —Se frotó la frente.

—Entiendo.

—No se preocupe. Le pido disculpas por todo lo que pasó en su momento y lo que ha ocurrido hace unos minutos, pero la vida de los policías que investigan asesinatos y desapariciones pasa una factura que el tiempo no es capaz de borrar.

—Amalia le cogió la mano con los ojos a punto de llorar—.

Las niñas nunca me dejaron de importar, pero tuve que centrarme en la que sí salvé para salvarme a mí mismo —confesó.

—Cuando Irene apareció, asumimos que nunca la íbamos a volver a ver.

—Bajó la mirada—. Sin embargo, como padres es imposible perder la esperanza.

A pesar de que es imposible que las mantuviera vivas y pudieran escapar.

Sé que las mató, no puede ser de otra manera.

La única posibilidad de haberlas encontrado es que Lucía hubiera hablado en su momento, pero solo era una niña y eligió protegerse a ella misma.

No la culpo, de verdad que no. Sin embargo, estoy convencida de que Irene recuerda lo que ocurrió.

Un trauma de esas características no se borra en un día…

—No recuerda nada. Pero aún hay esperanza. Desde que encontramos a Lucía está recordando algunas cosas —le interrumpió.

—Ahora es tarde, Joaquín. Y usted lo sabe.

Están muertas, y ya he asumido que saber qué ocurrió con mi pequeña Leticia será una espina con la que moriré en lo más profundo de mi corazón —confesó emocionada—.

Irene tenía la clave para encontrarlas en el momento en que escapó.

Ahora ya da igual, jamás sabremos qué pasó.

—Lo siento —fueron las únicas palabras que pudo articular.

—Lo sé. Yo también. Siga con la investigación y, si fue Tomás, que se pudra en la cárcel. Encuentre al policía que lo hizo. —Amalia apretó con rabia la mandíbula.

Joaquín asintió conteniendo el aire en los pulmones.