Capítulo 49
Joaquín tenía que hablar con el detective Santiago Montes. Tenía muchas preguntas que hacerle. Esperaba que él le diera las respuestas que llevaban tantos años en silencio.
Llegó a la calle donde el detective tenía la oficina.
Llevaba varios minutos dentro del coche.
Había un gran atasco, a pesar de que no era hora punta.
Miró un par de veces la hora en el salpicadero.
Era imposible avanzar. Vio las luces azules de varios coches de policía.
Supuso que un coche averiado o un accidente de tráfico eran las posibles causas del atasco.
Hacía frío, pero bajó la ventanilla del coche con la finalidad de ver qué era lo que ocurría.
Al sacar la cabeza observó que varios coches de policía estaban aparcados en segunda fila, ocupando un carril y desviando el tráfico.
El comisario comprobó el número del portal en el que varios agentes acababan de entrar.
No le llamó la atención hasta que llegó una ambulancia con las sirenas puestas y las luces encendidas.
Subió la ventanilla al llegar a la altura del portal. Aparcó junto a varios coches patrulla.
Uno de los agentes que controlaba el tráfico para agilizar el paso de coches fue corriendo a golpear la ventanilla.
—¡Oiga, no puede estar aquí! —exclamó, molesto.
El comisario bajó la ventanilla sin dejar de observar el comportamiento de los agentes que custodiaban el acceso.
—Disculpe, soy el comisario Joaquín Requejo. —Le enseñó la placa—. Necesito hablar con una persona que trabaja en ese edificio. Es por una investigación de homicidio —especificó para dejar patente la urgencia.
—Entiendo. Si quiere, deje aquí el coche. Pero no estoy seguro de que le vayan a dejar pasar. —Tragó saliva, inseguro. No quería decir algo equivocado—. Hable con mi superior. Está en la entrada.
—Muchas gracias —dijo al bajar del coche.
Anduvo varios metros sin dejar de observar la situación. Sabía que, en su profesión, las casualidades no existían. Se acercó al policía responsable.
—Buenos días, soy el comisario Joaquín Requejo. Me han dicho que usted es el superior.
El agente asintió con la cabeza.
—¿Le importa que suba? —preguntó educadamente el comisario.
—Lo siento, pero tendrá que esperar. Acaban de subir los sanitarios y el juez está a punto de llegar. Ahora mismo no puede acceder nadie al edificio —puntualizó.
—Lo comprendo, pero no puedo esperar. Es por una investigación de homicidio.
—¿Con quién necesita hablar? —indagó el agente.
—Santiago Montes. Es un detective privado que trabaja en este portal —dijo Joaquín.
—¿Va al 1.º B? —preguntó con los ojos entrecerrados.
—Sí, eso es —respondió temiéndose lo peor.
—Lo siento, comisario, Santiago Montes es la persona a la que han asesinado.
Joaquín se quedó en silencio, paralizado con la noticia que acababa de recibir.
No era un asesinato. Era un aviso.
CONTINUARÁ…