Capítulo 43
El gimnasio estaba apenas a diez minutos andando desde la casa de Inmaculada.
Marcos miró el reloj por costumbre, aunque no hubieran quedado con nadie.
Adrián caminaba a su lado en silencio, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.
Ninguno de los dos estaba de acuerdo con que Irene no participara en la investigación.
Pero sabían que era lo más lógico después de la pelea.
—No me acostumbro —dijo Marcos al fin, sin mirarle y sin dejar de andar—. Me parece tan extraño que la haya apartado del caso. No sé, ¿a ti no? —Miró a su compañero.
—Ya, a mí también me pasa. Pero es verdad que Joaquín no podía hacer otra cosa. Lo que me gustaría saber es lo que le dijo a Tomás —confesó Adrián al levantar las cejas con intriga.
—Ya. Pues no sé, pero supongo que le habrá echado la bronca igual que a Irene.
—Sí, pero seguro que no le ha echado una semana ni le ha quitado del caso —dijo Adrián, que se paró delante de la puerta del gimnasio—. Bueno, ya hemos llegado. Es aquí.
Marcos leyó el cartel.
—¿Entramos?
—Crucemos los dedos para tener suerte. Espero que saquemos información para descubrir quién la perseguía. —Abrió la puerta.
—Tengo más intriga por el motivo que por quién fue —dijo Marcos al pasar al interior del gimnasio.
Se detuvieron unos segundos antes de acercarse a la recepción, a pesar de que la chica les estaba observando.
—Lo único que tengo claro es que Irene no se va a quedar en casa. Aunque Joaquín lo haya hecho con un motivo y, sobre todo, con razón, Irene no es de las que se conforma ni de las que respeta a la autoridad —Marcos suspiró al terminar de hablar.
—Es verdad. Espero que no le haya dado por seguir a Tomás —dijo entre risas.
Adrián solo pudo dar un par de pasos antes de que Marcos le cogiera del brazo.
—Eso que has dicho no es ninguna tontería. Y si a ti se te ha pasado por la cabeza… no creo que Irene tarde mucho en pensar lo mismo. —Cerró los ojos—. Vamos a terminar con esto lo más rápido posible.
—No entiendo. ¿Me quieres decir que va a seguir a Tomás? ¿La ves capaz de hacer esa locura?
Marcos asintió con media sonrisa.
—Por supuesto. Ya la has oído decirlo varias veces.
Es su caso y nadie la va a parar. Ayer no paraba de decir que Tomás no dejaba de aparecer en los interrogatorios —susurró—.
Mira, Adrián, no tengo ni idea de qué grado de implicación tuvo ni de qué manera estuvo en el caso de las niñas, pero lo único que sí sabemos es que trabajó con Samuel… —No pudo terminar la frase.
—Y que el secuestrador es policía.
—Exacto. Vamos.
Se acercaron al mostrador, donde una mujer de unos treinta años les estaba esperando con el mayor disimulo posible.
—Hola, ¿os puedo ayudar? —dijo fingiendo que no los había visto.
—Hola, esperamos que sí. —Marcos le enseñó la placa—. Estamos investigando un caso. Adrián, enséñale la foto de Inmaculada, por favor.
El agente sacó el móvil y le enseñó la fotografía.
—¿Venía a este gimnasio? —preguntó el inspector.
—Sí, se apuntó hace tiempo. Lo puedo comprobar, pero creo que al menos llevaba un par de años. Cuando yo entré a trabajar ya estaba aquí. No hablaba mucho, pero era amable —resumió con preocupación—. ¿Le ha pasado algo?
Adrián asintió.
—Ha tenido un accidente. ¿Cuál es tu nombre?
—Erika.
—Erika, gracias por ayudarnos. Necesitamos encontrar a alguien cercano a Inmaculada. Personas con las que tratara más a menudo. —Se apoyó en el mostrador—. ¿Sabes de alguien que fuera su amiga en el gimnasio?
La chica pensó mientras movía los ojos a ambos lados.
—Bueno, no es que esté muy atenta a lo que hace la gente —mintió—, pero supongo que se llevaba bien con Brenda. Solían quedar en la puerta y entraban juntas.
—¿Nos podrías decir a qué hora más o menos solían venir?
Miró el reloj antes de contestar.
—Debería estar aquí. Pero hace semanas que no viene —dijo, pensativa—. Puede que haya dejado de venir porque Inmaculada lo ha hecho, ¿no?
—¿Alguien en el gimnasio sabía que le había pasado algo a Inmaculada?
Erika se encogió de hombros.
—De acuerdo. Entonces tendrás que seguir ayudándonos. Siento que te estemos molestando, pero supongo que tendrás los datos de los socios, ¿no? —resolvió Marcos, desesperado por hablar con ella.
—¡Claro! No me había dado cuenta. La puedo llamar ahora mismo. —Erika cogió el móvil del gimnasio para llamarla.
La empleada buscó en el ordenador el número de teléfono para localizar a Brenda. Estaba nerviosa y se notaba en cada gesto.
Brenda contestó casi al instante. Erika empezó a explicarle la situación, pero Marcos interrumpió para quitarle el teléfono. No quería perder la oportunidad de hablar con ella.
Habló varios segundos y colgó.
—En diez minutos está aquí —dijo al fin—. Muchas gracias, Erika. Perdona por quitarte el móvil de las manos, pero me ha podido la impaciencia.
—Sí, lo siento. Estamos un poco nerviosos con este caso —añadió Adrián.
Erika sonrió y quitó importancia con un gesto.
—No pasa nada —arrugó el ceño—. ¿La han asesinado? —susurró, inclinándose hacia ellos.
Marcos levantó las cejas.
—No, ha sido un accidente. Pero necesitamos confirmar algunos datos de su vida. Creemos que está relacionado con un caso antiguo. ¿Inmaculada te dijo algo?
—Lo siento, era una chica muy rara. Caminaba siempre con la mirada clavada en el suelo y no hablaba con nadie.
Es raro, llevaba mucho tiempo viniendo sola, pero con Brenda se empezó a llevar bien desde el principio.
—Se encogió de hombros—. No sé por qué, la verdad, porque son como la noche y el día.
La puerta se abrió y una chica alta, con cara de cansada y en chándal, entró. Los ojos rojos llamaron la atención de los policías al instante.
—Es Brenda —dijo Erika.
Se acercó y extendió la mano.
—Hola, acabamos de hablar por teléfono —dijo, frotándose las manos con nerviosismo.
—Soy Marcos y este es mi compañero Adrián. ¿Podemos hablar fuera?
—Claro.
Adrián abrió la puerta y la dejó pasar. Brenda se tapó parte del rostro con la bufanda.
—Erika nos ha dicho que eras amiga de Inmaculada, ¿es así? —empezó Marcos cuando se apartaron.
—Sí. Coincidimos en pilates y a partir de ahí empezamos a hablar.
Le dije que le iba a pasar algo. —Brenda cruzó los brazos—.
Había un tipo que la observaba casi todas las mañanas.
Se lo dije, pero no quería ir a la policía.
Tenía un miedo inexplicable. Luego me contó lo que le pasó de pequeña y lo entendí.
Los agentes se miraron.
—¿Qué te contó? —preguntó Marcos.
—Su nombre real era Lucía Rosales. Fue una de las niñas desaparecidas. Juré guardar el secreto… pero ya da igual. —Suspiró.
—¿Tienes tiempo para tomar un café? —preguntó Adrián.
—Claro. Se lo debo a Inma.
Brenda empezó a caminar hacia la cafetería más cercana. Al entrar, los recuerdos con su amiga le golpearon de lleno.