No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 42
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Capítulo 42

Adrián sacó las llaves del bolsillo. Lo hizo despacio, sin prisa y en silencio.

Le resultaba extraño investigar con Marcos la casa de Inmaculada y que Irene no estuviera allí.

Ambos se habían acostumbrado a la presencia de la inspectora, aunque fuera por teléfono.

Pero después de la pelea con Tomás, todo había cambiado.

Marcos no estaba hablador y se le notaba preocupado.

—¿Tienes claro que es aquí? —Rompió Marcos el silencio al mirar la puerta.

—Sí, lo pone en el llavero. —Se lo enseñó—. Nadie ha entrado desde que murió, desde el accidente. Pobre chica —dijo al introducir la llave en la cerradura.

Adrián empujó la puerta con la punta de los dedos y arrugó la nariz.

—Huele a cerrado —señaló, más por decir algo que porque fuera importante.

—Lógico.

Marcos encendió la luz del recibidor. No había nada fuera de lugar.

Todo parecía demasiado normal. Hicieron una primera revisión por las estancias de la casa.

Inmaculada no tenía muchas cosas. Los agentes confirmaron la sensación de la gente que la conocía.

En cualquier momento, podía marcharse. Parecía acostumbrada a no encariñarse con nada.

Si tenía que volver a cambiar su vida, solo tenía que meter un par de cosas en la maleta.

Ni siquiera había cuadros ni nada de decoración.

El salón era pequeño y solo había una habitación.

Marcos se paró delante de una estantería con varios libros de autoayuda.

—Vivía con lo justo, ¿no te parece? —resaltó Adrián.

—Supongo que la vida le había enseñado a estar alerta. —Se encogió de hombros.

—Dicen que esa sensación la tienes cuando has vivido con miedo o inseguridad. En este caso, parece que se cumple. Debió sentirse muy sola —dijo con pena.

—Es muy probable. Piensa que en realidad nadie sabía quién era de verdad… —Ladeó la cabeza al venirle un testimonio—. Cuando alguien descubrió quién era, corrió tan rápido que no pensó que podía morir. Ni siquiera fue consciente de que cruzó la carretera. —Resopló.

Marcos no respondió. Fue directo a la cocina y abrió la nevera.

—Está vacía.

—Creo que, si la testigo de la parada, Amanda, tiene razón y llevaba tiempo observándola, estaría valorando la idea de cambiarse de casa, ¿no?

—Puede que llevara días preparándose para marcharse. —Adrián cerró la nevera.

—Voy a ver la habitación.

En la esquina de la cama había una mochila tirada en el suelo. Estaba abultada, por lo que Marcos se imaginó que estaría llena de cosas. Tenía publicidad en la parte de arriba.

—He encontrado esta mochila. —La abrió y sacó una toalla, unas mallas y una camiseta—. Iba al gimnasio.

Adrián se acercó para ver el nombre que estaba serigrafiado.

—«Ponte en forma», es el nombre del gimnasio —leyó en alto.

—Voy a buscarlo. —Sacó el móvil del abrigo y tecleó—. Aquí está.

—¿Está cerca? Normalmente la gente va al gimnasio que tiene cerca de casa o del trabajo.

—Sí, está a pocos metros —confirmó el inspector.

—Parece que no todas son malas noticias.

—No cantes victoria tan rápido. Esto no significa que vayamos a conseguir información útil. Simplemente es la oportunidad de dar con alguna amiga… —Suspiró—. Pero, en el caso de Inmaculada, eso tampoco significa nada.

—Ya. —Miró hacia el suelo—. No solía tener relaciones muy estrechas con nadie.

—Sí, el trauma no desaparece nunca. Me da mucha pena por lo que han tenido que pasar. Irene…

—Ya, a mí me pasa igual. —Le cortó para evitar sentimientos amargos—. Lo está superando, pero no es fácil. Y no nos tiene a nosotros.

Marcos se sentó en el sofá con los codos en las rodillas. Tenía el abrigo puesto, el pelo despeinado y los ojos cansados.

—Sí, pero lo de ayer fue demasiado. Irene está fuera de control. No me esperaba aquella reacción por su parte. Me quedé de piedra al verla así.

Adrián asintió al colocarse de pie junto a su compañero.

—Menos mal que estaba Cebrián y es un policía con fuerza.

—Menos mal —repitió—. Si no la llega a coger, le hubiera dado un buen derechazo a Tomás. —Sonrió con melancolía—. Tenemos que resolver todo esto para que pueda continuar con su vida.

—¡Y lo haremos!

Marcos se levantó con ímpetu del sofá.

—¿Qué pasa? ¿Qué he dicho?

—Hay un calendario en la cocina. Estaba en la nevera. No ponía nada importante, pero ahora que hemos visto la mochila, me he dado cuenta de algo —dijo Marcos sin dejar de andar de camino a la cocina.

El inspector señaló los días con una «G».

—Entonces tendremos que ir mañana. Era uno de los días de la semana que iba al gimnasio. Así tendremos la posibilidad de coincidir con alguien que la conociera.

—Crucemos los dedos y que la suerte nos acompañe —deseó Adrián.

Marcos volvió a mirar el calendario unos segundos.

—Ojalá alguien la conociera de verdad.

Tenía la sensación de que estaban a punto de encontrar la primera pieza de la vida que Inmaculada había construido después de escapar.