No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 41
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Capítulo 41

Irene sabía que Joaquín no la había llamado para hablar. Había esperado a que la comisaría estuviera casi vacía. Incluso Marcos y Adrián ya se habían marchado.

Supo que las consecuencias serían graves en cuanto cruzó la puerta de su despacho y él no se levantó.

Seguía sentado, con las manos apoyadas en la mesa y la mirada fija en un punto indiferente.

Estaba ordenando las ideas antes de empezar.

No estaba enfadado, su gesto le delataba, pero sí decepcionado.

—Cierra la puerta —dijo.

Irene obedeció sin decir nada. El sonido seco del pestillo resonó más de lo que debería en aquel despacho demasiado silencioso. Había mucho que decir, pero mucho más que callar.

—Si es por lo de Tomás… —empezó Irene, pero Joaquín se levantó después de chistarle.

—Para. No sigas por ahí.

La inspectora apretó la mandíbula. Permaneció de pie, con los brazos cruzados.

Joaquín aún la veía como a esa niña pequeña a la que consiguió salvar y a la que tanto quería.

Por eso, apartó la mirada para poder hablar sin sentirse culpable de que la situación en la comisaría se hubiera vuelto insostenible.

—He hablado con las personas que estaban presentes en el momento del altercado. Supongo que esto sí lo recuerdas, ¿no?

Asintió sin expresión en la cara.

—Entonces sabrás que no me equivoqué —dijo con firmeza—. Estás fuera hasta nueva orden. —La miró—. Por favor, no me lo pongas más difícil.

—Sabes que tenía más razones que nadie y que está involucrado en todo este entramado extraño alrededor de Inmaculada —se quejó, molesta. Se sentó de golpe, con el gesto serio.

Joaquín no respondió de inmediato. Rodeó la mesa y se apoyó en el borde, enfrente de Irene. Durante un segundo, le pareció más cansado que nunca, más mayor. La investigación y lo que estaba ocurriendo le estaban pasando una factura más alta de lo habitual por su implicación personal.

—Puede que no estés equivocada —admitió.

—¿Puede? —repitió sorprendida.

—Puede que tengas razón. Su nombre no deja de aparecer. Pero —recalcó— tu presencia solo lo pone más difícil. Has dejado claro que no te sabes controlar. Todavía hay cosas que no sabemos y, si estás aquí, solo puedes entorpecer la investigación.

—No lo entiendo. Entonces, ¿para qué somos policías? ¿Me lo puedes explicar?

—Tranquilízate, hay cosas que no sabemos. Si Tomás cree que ha conseguido sacarte de la investigación, bajará la guardia. Y eso vale más que cualquier interrogatorio —argumentó con varias pausas.

—De acuerdo.

Joaquín respiró hondo. Se pasó una mano por la cara antes de hablar.

—Has metido la pata hasta el fondo —dijo con tono definitivo—. Así no, Irene. Nos haces volver a la casilla de inicio con tus salidas de tono.

—¡Genial! —dijo irónica—. No puedo defenderme. ¿Tengo que dejar que me humille una y otra vez delante de todo el mundo? Es eso, ¿no? Lleva semanas apareciendo en declaraciones, Joaquín —se quejó.

—Lo sé. Pero no puedes perder el control.

Has cruzado una línea que no se puede cruzar.

Ya estabas fuera y ahora esto. Te tengo que sancionar.

Lo siento, pero es así. No puedo permitir que en mi comisaría hagas lo que te dé la gana sin consecuencias.

Me dejas como un inepto. Y, lo peor de todo, es que la gente sabe que eres mi favorita.

Así que la única solución que tengo es castigarte de la manera más dura para mantener mi autoridad como comisario —dijo al andar sin mirarla por el despacho.

—Te entiendo. Pero ¿él sí puede provocarme, insultarme y amenazarme delante de todos?

—Yo no he dicho eso. Además, no todos los agentes que lo vieron están de acuerdo en esa versión.

—Ya, lo suponía, pero lo que digo es verdad.

—No lo pongo en duda, pero no puedo catalogar a mis propios agentes como mentirosos. Supongo que en eso estás de acuerdo. —Se giró con las manos cruzadas en la espalda para observar su reacción.

—De acuerdo. —Se encogió de hombros.

—Si sigues en primera línea, el caso se caerá. Y no queremos eso, ¿verdad?

—No lo entiendo. —Arrugó la nariz.

—Irene, con tu implicación en el caso y este arrebato a puñetazos contra un compañero…

La inspectora bajó la mirada. Tenía razón.

—Así que el problema soy yo.

—Yo no he dicho eso. El sistema no te va a perdonar lo que a otros les perdonaría.

Esa es la realidad. Por eso, es mejor que dejemos pasar unos días, una sanción y, cuando tengamos todas las piezas, las pruebas que necesitamos…

limpiamos tu reputación de desquiciada. —Sonrió al sentarse al borde de la mesa al lado de Irene.

—Vale. —Chasqueó la lengua—. Pero no me vas a impedir estar dentro de mi propio caso.

—Y tú a mí no me vas a impedir tomar mis propias decisiones en mi propia comisaría —respondió con sarcasmo.

—De acuerdo. Tengo claro que, si no fuera yo, no me apartarías.

El silencio fue la confirmación. Irene sintió que todo estaba decidido.

—Te aparto de cara al público. No te puedo poner en riesgo. De cara a la galería estarás en casa, ¿vale?

—¿Y Marcos y Adrián?

—Cuanta menos gente lo sepa, mejor. Solo hablarás conmigo hasta que la investigación termine, ¿estamos?

Irene se encogió de hombros.

—Parece que estás eligiendo a quien sacrificar y me ha tocado a mí.

—No, Irene, te lo has buscado tú sola. Piensa que, aunque tengas razón, lo has hecho fatal. Las cosas no se hacen así. Te ha dado un arrebato y, sin pensarlo, has actuado. Puede que entres en razón pasados unos días. No te quiero por aquí ni metiendo las narices en la investigación. ¿Estamos?

—¡Que sí!

—Ya te puedes ir a casa. No hables con nadie ni des explicaciones. Te estoy avisando —dijo con los ojos bien abiertos.

—Vale.

Cuando la puerta se cerró, Joaquín dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde que Irene había entrado.

Se dejó caer en la silla y permaneció inmóvil unos segundos.

Había hecho lo correcto, pero no por eso dolía menos.

Sabía que Irene no iba a detenerse. Solo esperaba haber ganado el tiempo suficiente para adelantarse a quien llevaba demasiados años jugando con ventaja.