Capítulo 40
Irene llamó a Joaquín segura de lo que estaba haciendo.
No quería estar fuera de la investigación.
Sabía que era lo mejor para ella, pero no para el caso.
Nadie mejor que ella para entender la situación de las niñas.
Por eso, debía ser fuerte y, como le había dicho Patricia, no forzar los recuerdos.
No dejaba de pensar en volver al bosque donde la encontraron.
Entrar en la cabaña y recordar, pero puede que Patricia tuviera razón y aquella decisión fuera más perjudicial que beneficiosa. Debía esperar.
Cuando habló con el comisario y le dijo que había estado con Patricia, él le informó de la reunión con los chicos.
Joaquín dudó unos segundos sobre si debía apartarla unos días, pero era una buena inspectora y no podía dejarla fuera.
Además, solo era una reunión para poner los nuevos hallazgos en común.
Aquello no podía perjudicarla. Escuchó la voz de Irene motivada e incluso cambiada, más madura.
—Vete para comisaría. En un rato nos vemos —dijo Joaquín sin estar seguro de si era un error.
No se había tomado ni siquiera un día para recuperarse después de hablar con Ramón y de la reacción que tuvo.
Sin embargo, Irene era así. No podía descansar sin tener todo bajo control.
Al menos, de esta manera la tenía controlada y sabía lo que estaba haciendo.
Estaba seguro de que no se iba a estar quieta descansando en casa.
Así que mejor que estuviera con ellos, en lugar de buscar algo que hacer.
Irene entró en la comisaría con una sonrisa de satisfacción. Estaba segura de que el cambio de actitud y abordar la muerte de Inmaculada desde otra perspectiva los iba a llevar a la resolución del caso. Huía de alguien de su presente, aunque estuviera relacionado con su pasado.
Vio a Tomás de lejos. Miró el reloj. No se había dado cuenta de que estaría allí. Aceleró el paso para que no la viera. No quería tener que encontrarse con él de frente y menos escucharle. Sin embargo, el agente no pensaba lo mismo.
—Vaya, si ha salido el conejo de su madriguera —dijo en alto y con desprecio.
Irene siguió andando. No era el momento para entrar en un conflicto. Tenía que centrarse en lo que era importante y hablar con Tomás no lo era. Sin embargo, las piernas se detuvieron. El nombre de Tomás había aparecido en varias declaraciones. Tenía que saber algo.
Se dio la vuelta y resopló. No estaba segura de sí era la adrenalina del momento, pero se sentía con fuerza para enfrentarse a él. Se acercó sin apartar la mirada. El corazón le comenzó a latir con fuerza.
—¿A ti qué te pasa?
—A mí, nada. Pero parece que tú no estás en tus cabales. ¿Ya has aprendido a salir de noche solita? —dijo entre risas.
En la planta, el resto de los agentes no estaban pendientes de la conversación. Pero cuando Tomás alzó el tono, varios de ellos se giraron.
Irene apretó los puños.
—Eres un traidor. Jamás le has contado la verdad a nadie y te sientes superior intentando hacer pequeños a los demás.
No me importa lo que pienses de mí, ni tú ni nadie.
Sé que un policía estuvo involucrado y lo voy a demostrar.
Tu nombre no deja de aparecer en boca de todo el mundo…
—Se calló cuando sintió que la gente la miraba y el calor le llegó a las mejillas.
—¿Y qué? ¿Crees que yo te secuestré? —Soltó una gran carcajada—. ¡Estás enferma de la cabeza! —exclamó al acercarle la cara y casi tocarle la nariz.
Irene lo empujó con fuerza con las dos manos.
—¡Eres un idiota! Te crees superior y no eres nada más que escoria. ¡No deberías ser policía! Deberías estar en la cárcel, pudriéndote. —Le comenzó a dar puñetazos en el pecho con gran fuerza.
Tomás retrocedió para esquivar la ira de Irene, pero los puñetazos en el pecho cada vez iban más cargados de rabia y dolor.
El agente le cogió las dos manos para detener los golpes.
Chocó con una de las mesas. Irene aprovechó el momento para darle un rodillazo en el estómago.
Y fue cuando Cebrián apareció de la nada.
Agarró a Irene por la cintura para tirar de ella.
Consiguió separarla mientras ella no cesaba en su empeño de propinarle a Tomás un puñetazo en la cara.
Cebrián la cogió por las manos para que le viera la cara y entrara en razón.
—¡Para, Irene! —Cebrián la cogió por las muñecas.
—¡Está loca! ¿Acaso no veis lo enferma que está? La que no debería estar aquí eres tú. Nunca debiste entrar. Pero como estás enchufada, tenemos que estar todos aguantando tu locura —gritaba con las manos en alto y la mirada desafiante.
Varios agentes que eran amigos de Tomás se unieron a los insultos hacia Irene por la reacción desproporcionada que había tenido.
—¡Lárgate de aquí! ¡No te quiere nadie! —dijo uno de ellos.
—¡Sí, eso! ¡Vete! —añadió otro.
—¡Estás loca! —insistió Tomás sin dejar de gritar.
Cebrián la cogió por el brazo y tiró de ella.
Pero Irene ya no escuchaba. Se escapó de los brazos de Cebrián y corrió hacia Tomás más decidida que nunca.
Solo pensaba en que su puño terminara en su cara y en poner final a los insultos y a las miradas de desprecio que no dejaban de acompañarla cada vez que estaba en comisaría.
Al menos, ahora lo harían con razón. Tenía preparado el puño para que aterrizara en su cara cuando, de la nada, apareció Marcos.
—Irene, ¿qué haces? —dijo el inspector casi en un susurro y con la cara desencajada.
Joaquín estaba al lado viendo el corrillo de agentes que estaban de observadores alrededor de aquel espectáculo dantesco. La mirada del comisario hizo que muchos se dispersaran lo más rápido que pudieron de la zona de conflicto. Y los que solo miraban volvieron a sus tareas.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Joaquín a Tomás.
—Tu experimento social me ha dado varios puñetazos sin venir a cuento. Ya te pillaré sola, maldita zorra —añadió Tomás al mirarla con fuego en los ojos.
—¡Ven cuando quieras! ¿Te piensas que no te estoy esperando? La próxima vez no te vas a reír tanto —chilló Irene mientras Marcos la empujaba hacia la sala de trabajo y Adrián le chistaba para que se callara.
—¿Ves? ¿Ves cómo está loca? Te lo dije desde el principio. No la tenías que haber sacado de allí —susurró para que solo le escuchara Joaquín.
—Vete a mi despacho, Tomás. ¡Ahora mismo! —Levantó la mano y señaló la puerta con el dedo índice.
Se oyó a Irene reírse con la intención de enfadarle aún más.
—Irene, para. No lo estás mejorando. Esto debe parar ya —le aconsejó Marcos, que estaba hipnotizado por la reacción de Irene.
—Me da igual. Él está involucrado de alguna manera, Marcos. No podemos hacer como si nada. —Irene movió la cabeza con impotencia.
—Las cosas no se hacen así —dijo Adrián cuando entró en la sala de trabajo.
Marcos sentó a Irene. No confiaba en que no saliera corriendo y volviera a por Tomás. Cebrián seguía inmóvil, todavía en shock.
—Ah, vale. Es mejor hacer como si no estuviera pasando —dijo con sarcasmo—. Su nombre no deja de aparecer —les recordó Irene.
—Lo sé, pero tranquilízate. —Se sentó en el borde de la mesa para impedir el libre movimiento de Irene y que pudiera salir—. Cebrián, cierra la puerta, por favor. No quiero que se vuelva a escapar —dijo el inspector al mirarla con los brazos cruzados.
Cebrián cerró y se colocó de pie al lado de Irene para que le mirara a la cara.
—¿Qué ha pasado, Irene? —preguntó confundido.
Adrián le acarició la espalda con cariño para que se tranquilizara.
—No puedo con él. Quiere hundirme, destruirme. Si él no ha sido, ¿por qué se iba a comportar así? No hay otra explicación y vosotros lo sabéis —respondió al apretar los puños, pero más tranquila—. Los dos lo sabéis. —Miró a Marcos y luego a Adrián.
—¿Qué es lo que pasa, inspector? —Cebrián estaba descolocado.
Marcos cerró los ojos unos segundos mientras se frotaba la frente.
—No estoy seguro de nada —respondió, devastado.
—Cada vez hay más preguntas que respuestas. Pero él… él… —Miró a Adrián, que estuvo con él durante el interrogatorio de los padres de Diana.
—Siempre está ahí —terminó la frase Adrián.
Irene se giró y miró a Cebrián.
—Sé que lo has hecho con buena intención, pero ya que seguramente me van a expulsar de la policía, hubiera preferido pegarle un puñetazo en la cara —dijo con media sonrisa.
Cebrián movió la cabeza a ambos lados al reírse.
—Lo de que estás loca es verdad —dijo con guasa.
—Lo sé. Gracias. —Inclinó la cabeza con la mano en el corazón—. Sé que no lo tenía que haber hecho, pero él sabe cosas que se calla. Está metiendo las narices en nuestra investigación. Estoy segura.
Marcos suspiró.
—¿Qué pasa? —indagó Irene en aquel suspiro.
—Que tienes razón. Fue él quien avisó a uno de los padres de las otras niñas de que Inmaculada había muerto —confesó.
—¿Qué? —Irene apoyó el codo en la mesa.
—Pero eso no quiere decir que tenga nada que ver con el accidente de Inmaculada. Así que tranquilízate. —Marcos insistió en que se calmara.
—Sí, es verdad, pero llama la atención que esté metido en un caso que no le importa, ¿no? —intervino Cebrián.
—Es verdad —confirmó Adrián. Miró a Irene y le sonrió con dulzura—. Yo estoy contigo, compañera.
Irene le acarició el brazo.
—Gracias.
—Tenemos que avanzar más rápido —anunció Marcos al levantarse del borde de la mesa y empezar a caminar por la sala—. Mañana iremos a casa de Inmaculada.
—Es la mejor decisión. Puede que avancemos más rápido si encontramos alguna pista clave. En las llamadas no había nadie diferente en los últimos días —dijo Adrián moviendo los ojos de un lado a otro para recordarlo.
—Vale. Pero aún faltan por llegar los mensajes por WhatsApp. Tardan más porque está fuera de España y las compañías no nos los pueden facilitar de manera tan rápida —respondió Irene.
Marcos tragó saliva y miró a los presentes. Cebrián y Adrián se dieron cuenta de que Irene iba a mantenerse fuera del caso; la reacción de congoja del inspector era un reflejo de la decisión.
—Irene, la has pifiado, pero bien, de bien. Joaquín no estaba seguro de dejarte colaborar. Cambió de opinión cuando le llamaste, pero después de esto… No creo que te deje seguir en ninguno de los casos.
—Lo sé —respondió cabizbaja—. Pero me da igual. Nadie me puede apartar del caso de mi vida. Así que sea con su permiso o no, voy a descubrir qué esconde ese desgraciado de Tomás.
Marcos negó devastado con la cabeza. Estaba confundido y abrumado por las reacciones de Irene, pero las provocaciones de Tomás tampoco eran normales en una situación con tantas incógnitas como en la que se encontraban inmersos.
—Irene, déjalo estar. Si no lo haces por ti, hazlo por ellos —rogó Cebrián, cuyo criterio era totalmente objetivo.
Irene miró a un punto perdido en la pared en silencio. Asintió.
—Haré lo que me diga Joaquín. No quiero meterle en más líos por mi culpa —dijo con sumisión mirando a Marcos.
—Es lo mejor para todos y para el caso. Él tomará la mejor decisión —intervino Adrián.
—Eso seguro. Otra cosa es que Irene la respete. —Marcos se cruzó de brazos mirando a su compañera.
Irene suspiró como respuesta.