No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 39
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Capítulo 39

Irene se levantó cansada, pero no lo suficiente como para no hacer nada y quedarse en casa.

Joaquín había tomado una decisión complicada, ella lo sabía, pero aun así no iba a hacerle caso.

Además, no quería que Elia lo supiera y que estuviera mirándola con cara de pena todos los días hasta que volviera al trabajo.

Lo mejor era continuar con su vida y su propia investigación.

La mayoría de la documentación la había guardado, así que podía acceder a ella cuando quisiera.

Pero antes de continuar, necesitaba ver a Patricia.

No podía esperar más para hablar con ella.

El remolino de recuerdos y emociones le estaba haciendo mella.

Hablar con ella, aunque le doliera reconocerlo, le ayudaba más de lo que creía.

Le ayudaba a mejorar no solo como persona, sino como policía.

No había quedado con Patricia, pero sabía que, en cuanto la viera, la atendería. Era probable que Joaquín la hubiera avisado de que estaba fuera del caso durante unos días, pero, en el fondo, no le podía recriminar ir a ver a la psicóloga en la que con tanto ímpetu había insistido.

El despacho de Patricia estaba igual que siempre. Demasiado tranquilo para el ruido que Irene llevaba dentro.

—Pasa —dijo al verla—. Esperaba que vinieras en estos días. —Cerró la puerta—. Joaquín me ha llamado. Por eso sabía que no tardarías en venir.

—¿Te ha dicho el motivo?

—Eso es.

—No me voy a quedar mucho. —Se quitó el abrigo y se sentó.

—Eso también me lo esperaba. —Sonrió al sentarse y dejar el cuaderno a un lado. Sabía que Irene lo odiaba y esta vez quería que hablara con total libertad y no estuviera pendiente de lo que escribía y de cuándo lo hacía.

—Cuéntame qué ha pasado.

—Escapé con una de las niñas. Lo he recordado.

Patricia no se movió, solo esperó.

—Agredí al secuestrador. Escapé con ella y dejé al resto atrás —dijo con un nudo en la garganta.

—¿Y eso cómo te hace sentir? —preguntó Patricia con la mirada clavada en Irene.

—Mala persona. —Suspiró—. Soy una egoísta, solo pensé en mí. En escapar de allí. Las dejé solas, no las ayudé a escapar… —Paró de hablar para coger aire y no llorar—. Sabía que las estaba condenando, pero me dio exactamente lo mismo siempre y cuando yo sobreviviera.

—¿Estás segura de que solo hiciste eso? —La mirada de la psicóloga sobrepasaba la mente de Irene. El tono calmado y maternal la calmó. Aunque solo en parte.

—Bueno, y salvé a Inmaculada.

—¿La chica que ha muerto ahora?

—Sí, eso es.

—Entonces, no fuiste egoísta, Irene. Podías haberte marchado sola, pero elegiste no hacerlo.

Cogiste a una de ellas para escapar. —Sonrió con cariño—.

No sé si te has dado cuenta, pero elegiste a la más pequeña de todas las niñas.

A la más indefensa. Eso dice mucho de ti.

Incluso en una situación tan extrema como la que viviste, decidiste salvar a quien menos posibilidades tenía —explicó de manera pausada para que la inspectora comprendiera que su decisión nunca fue egoísta ni interesada.

Irene frunció el ceño, pero no dijo nada.

—¿Recuerdas por qué la elegiste a ella?

—Sí. —Bajó la mirada.

Patricia esperó en silencio, quería que continuara cuando pudiera hacerlo.

—Porque era la más pequeña. La que menos posibilidades tenía de escapar. Solo quería cuidar de ella.

—¿Por qué te sientes mal, Irene? Hiciste lo que pudiste. Le diste una nueva vida. Si no hubiera sido por ti, nunca la habría podido tener. Tú hiciste eso posible —explicó con voz pausada y sincera.

—Lo sé, pero no ha valido de nada. Ahora ha muerto. Huía de él y ahora vendrá a por mí. Estoy casi segura. —Se mordió el labio mirándose las manos temblorosas. Recordar el pasado le llevaba a un estado de ansiedad que no era capaz de explicar sin romperse.

—¿Eso lo sabes o lo sientes? —preguntó con la cabeza inclinada.

—Lo sé —respondió sin dudas—. Estaba asustada, por eso sé que era él. Ha vivido con miedo toda su vida. No debimos separarnos. —Meneó la cabeza con los ojos cerrados—. No consigo recordar por qué tomamos esa decisión.

—¿Crees que el secuestrador sería tan tonto de volver a por ella?, ¿para qué?

—No lo sé. Para terminar de matarla, supongo. —Se encogió de hombros.

Patricia negó despacio.

—No lo creo, Irene. Puede que fuera precavida, lo cual es más que comprensible. Pero no creo que se asustara de cualquiera. ¿Inmaculada habló de lo que ocurrió con alguien?

—Sí, con su novio Ramón. Al menos, de momento, es la única persona que lo ha confirmado.

—Eso deja claro que era precavida. No se lo contó a mucha gente. ¿No te parece?

—Sí, es verdad. Pero también puede ser que fuera por miedo. Una cosa no quita la otra.

—Puede ser, depende. —Se echó hacia delante y cogió el bolígrafo en un acto inconsciente—. Vamos a pensar por un momento, si tú te encontraras con la persona que te secuestró, ¿huirías?

—No —dijo con rotundidad.

—Y entonces, ¿por qué estás tan segura de que ella reaccionaría de esa forma?

Irene entrecerró los ojos pensando en lo que acababa de escuchar.

—Pero es lo único que encaja —alegó confusa.

—Piensa que tú estás en la misma situación que estaba ella. Nunca te escondiste. Inmaculada tampoco lo hizo, sí por un tiempo, pero llevaría años pensando qué haría si se lo volviera a encontrar, ¿no?

—Puede. Pero yo creo que le seguía teniendo miedo. Vivía en alerta.

Patricia sonrió sutilmente antes de retomar la conversación.

—Me gustaría profundizar contigo en este tema, Irene.

Porque puede que tengas razón, es posible que tuviera miedo, ya que cada persona reacciona de una manera diferente.

Pero, piensa un segundo, aquí hemos hablado del secuestrador alguna vez, ¿no?

—Irene asintió con desconfianza—. Me confirmaste que nunca le visteis la cara, que se protegía con una bolsa o un saco para que no lo pudierais reconocer, ¿no?

—Sí, eso es.

—Entonces, ¿cómo iba a saber Inmaculada que era él quien le perseguía?

Irene se quedó callada. Colocó el codo en el reposabrazos y miró a un punto fijo de la pared.

—Puede que no lo reconociera, pero le diera miedo igual y por eso comenzara a correr sin control. —Recapacitó unos segundos—. Tenía miedo, Patricia. Fuera quien fuera, huía de él. Es de lo único que estoy segura.

—¿Y no podía huir de su pasado?

—Obvio, pero del pasado que tuviera relación con su secuestro —contestó segura de sus palabras.

Patricia asintió con la cabeza antes de volver a hablar.

—El trauma infantil, que es con toda probabilidad lo que compartisteis, no funciona así.

No te mantiene en estado de alerta máxima durante décadas.

Se transforma igual que hizo contigo… e hizo con ella.

El trauma se reordena o se esconde, como ha sido tu caso.

Pero lo que no provoca son huidas repentinas veinte años después —argumentó Patricia con tranquilidad y voz casi maternal.

—¿Y por qué huiría? —se preguntó Irene a sí misma.

—Quien la encontró es alguien de ahora. No del pasado. Estás buscando en lo que tenéis en común, pero de manera errónea. El trauma es compartido, y puede que quien la persiguiera también, pero es del presente, no del pasado.

La frase cayó entre las dos con un peso distinto. Irene levantó la cabeza lentamente.

—¿De ahora? —preguntó para confirmar si lo había entendido bien o su cabeza le estaba jugando una mala pasada.

—Eso es. Lo más seguro es que tuviera relación con el pasado, pero fuera una persona que hubiera conocido en el presente —repitió Patricia con seguridad—. Lo importante es cuándo comenzó a cambiar su conducta. ¿Lo sabes?

—Después de conocer a Ramón, que fue a quien se lo contó. Además, tenía trabajo y amigas.

—Eso quiere decir que ya no tenía miedo de quien la secuestró, pero sí de alguien relacionado… —No terminó la frase para que Irene lo hiciera.

—El chico al que miraba desde la parada. Puede que fuera ella quien lo reconociera.

—O que sospechara de que le seguía.

—Una testigo afirma que le escuchó decir que la había reconocido y que sabía quién era —sonrió.

Irene cerró los ojos un instante para respirar. Necesitaba apagar su mente para organizar la información que tenía guardada pero descolocada.

—Pero todo lleva al secuestro, a Samuel —dijo con una sensación de agobio.

Patricia la observó con atención y negó con la cabeza.

—Te voy a hacer una pregunta incómoda. —Se cruzó de piernas—. ¿Estás segura de que no estás mirando ahí porque es el único lugar donde te sientes capaz de mirar?

—¿Qué? —Arrugó el ceño.

—El pasado es conocido, puede que doloroso, pero ya sabemos qué pasa. Sin embargo, el presente es imprevisible.

Irene sonrió.

—Ya te he entendido. No me gusta el presente porque no lo puedo controlar, pero el pasado sí. Por eso no dejo de conectar todo con el pasado. ¿Es eso?

—Sí.

—Me estoy equivocando, ¿verdad?

—Yo no diría eso exactamente. Solo te estás limitando. El problema que tienes con controlar todo te hace volver a lo que ya ha pasado… a Samuel. Pero no todo empieza ahí. Inmaculada tenía una vida propia.

El silencio se instaló de nuevo. Cada vez pesaba más.

—Puede que no tenga nada que ver con el secuestro.

—O sí. No descartes una para buscar en otra. Perspectiva, Irene —recalcó—. Vamos a suponer que están conectados, el origen es el mismo, pero la historia de Inmaculada no se cierra ahí. Continúa.

—Los recuerdos que tengo son reales. Estuvimos juntas, escapamos juntas.

—Exacto, pero no tuvisteis una vida juntas.

Irene sintió un nudo de impotencia en el estómago. Notaba cómo perdía el control y la inseguridad le provocaba el mismo temor que los recuerdos.

—¿Y qué hago?

—Deja de buscar al monstruo de tu infancia —dijo con dureza—. Busca al adulto que la encontró.

—Alguien la localizó, como dijo la testigo. Pero ¿cómo?

—Eso es lo que tienes que averiguar. —Patricia se levantó.

—¿Qué pasa? —Miró el reloj—. Todavía no ha pasado la hora.

—Lo sé, pero tienes trabajo que hacer —sonrió.

Irene negó con la cabeza a la vez que llenó sus pulmones de aire de manera lenta y pausada.

—No, qué va. Joaquín me ha apartado del caso —recordó con pena.

Patricia caminó hasta la puerta con una sonrisa en el rostro.

—A veces, estar fuera te da perspectiva y la acabas de conseguir.

Aún no tienes la respuesta, pero sí la claridad.

—Cogió el picaporte con un movimiento lento—.

No tienes que ir a comisaría para trabajar.

Solo tú eres dueña de tu mente. Ni Joaquín, ni el secuestrador ni nadie te dirige.

—Sonrió con sutileza—. Una vez ayudaste a Inmaculada, y hoy puedes ayudarla otra vez.

Averigua lo que ocurrió, Irene. Solo tú puedes resolver este caso.

—Inmaculada estaba huyendo de alguien vivo y continúa en la calle. —Se colocó al lado de Patricia—. Yo no soy su objetivo, pero él sí se ha convertido en el mío.

—Si quieres resolver tu caso, primero debes demostrarle a Joaquín que estás preparada para hacerlo. Irene, por favor, haz las cosas en orden. Primero resuelve el caso de Inmaculada, y después, coge al desgraciado que te jodió la vida —dijo mostrándole el apoyo que necesitaba para no derrumbarse.

—Gracias. —La abrazó de golpe.

Patricia no se lo esperaba y soltó el picaporte por la inesperada muestra de cariño.

—Una cosa más antes de que te vayas —dijo cuando se separaron—. No fuerces los recuerdos.

—No lo hago.

—Sí lo estás haciendo. Te conozco. Y eso lo único que te va a devolver son imágenes sin contexto. Confía en lo que tienes y en lo que aparezca de manera natural. Si lo fuerzas, formarás un embrollo que luego no serás capaz de descifrar.

Irene se puso el abrigo.

—No estoy bien, Patricia —reconoció como nunca lo había hecho antes.

—No hace falta que estés bien, lo único que tienes que hacer es dejar de engañarte. Y, sobre todo, no busques más al monstruo. La mente es como los videojuegos, tienes que ir nivel por nivel. Si te saltas alguno, es hacer trampa y luego pagas las consecuencias —sonrió ampliamente.

—Entendido. Nada de pagar para pasar niveles sin esfuerzo. Hay que ir paso a paso. Sin prisa.

Patricia asintió con los ojos cerrados.

—Volveré —dijo la inspectora cuando abrió la puerta.

Patricia agarró el canto de la puerta para darle la última frase de apoyo que necesitaba.

—Estoy segura de que lo vas a conseguir. Te estaré esperando —se despidió con total convencimiento.