No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

Joaquín salió de casa de Mónica con una mala sensación.

Sabía que no tenía que ir, pero era imprescindible para la investigación.

Encontrarse con ella solo le traía malos recuerdos y, sobre todo, remordimientos.

Después de los últimos interrogatorios con la familia de Diana y Ramón, estaba perdido.

Marcos le llamó nada más salir de hablar con los padres de Alma.

Casi de manera inconsciente, terminó en la puerta del anatómico forense.

Samuel, Jano y él habían sido buenos amigos.

Joaquín, cada vez que tenía un mal día y el fantasma de Samuel aparecía, terminaba yendo a ver a Jano para irse a tomar un café.

Ese día no era diferente. Aparcó en la puerta y le mandó un mensaje para que bajara. Esperó en la cafetería de siempre.

—¿Qué tal, Joaquín? —preguntó al darle una pequeña palmada en la espalda.

—No sé, la verdad. He ido a ver a Mónica. No encuentro la agenda de Samuel en las cosas que me dio. —Tenía apoyada la cabeza en los nudillos de la mano.

—¿Y qué pasa? Entiendo que, en el resto de la documentación, estará la investigación que hizo —dijo al sentarse.

—No tiene por qué. Samuel apuntaba solo lo importante ahí.

Las conjeturas acerca del caso, por así decirlo.

Las intuiciones que tenía y los sitios a los que iba todos los días los apuntaba en la agenda.

Por eso estoy seguro de que está en otro lado.

Se lo he dicho a Mónica. No sabe dónde está, pero la buscará.

—Bueno, han pasado muchos años, puede que no la encuentre.

—Lo sé. —Miró el café—. Este caso no me gusta, Jano. Ya lo sabes. Estoy casi seguro de que Samuel descubrió la verdad.

Jano ladeó la cabeza antes de continuar la conversación.

—¿Quieres decir que sabía quién era el secuestrador?

—Creo que sí. —Se movió en la silla—. Después de los interrogatorios, hemos descubierto que Samuel estaba seguro de que era un policía. Lo que quiere decir que Irene no iba desencaminada.

—¿Un policía? —preguntó tras soltar una carcajada y bajar la voz—. ¡Estás loco!

El comisario se acercó más a su interlocutor para evitar que nadie los escuchara.

—No lo creo en absoluto. Tiene lógica. Al principio pensé que podría saber tantos datos de la investigación porque Samuel lo investigó y daba esa sensación. Pero ahora lo veo desde otro punto de vista y no tiene nada que ver con Samuel, es que estaba en la propia investigación.

—¿Qué era Samuel? ¿Es eso lo que me estás diciendo?

—No, Jano. Yo no estuve con él en las investigaciones, pero Tomás sí.

Jano se echó hacia atrás en la silla y comenzó a rascarse la barbilla con los ojos pensativos.

—Vale, déjame que recapitulemos. Entonces, crees que es Tomás, ¿no?

—¿Quién, si no?

Jano se encogió de hombros. Joaquín giró el cuello para comprobar su alrededor y se volvió a acercar hacia Jano.

—Tomás se enfadó muchísimo cuando Irene dijo que había sido un policía. Y el caso es que tiene sentido, por eso la propia Lucía Rosales, o Inmaculada, como quieras llamarla, se volvía loca en cuanto veía a los policías —asintió.

—¿Y de ahí viene el incidente de que Tomás abordara a Irene por la noche? —preguntó en un intento de seguir el pensamiento de Joaquín.

—Eso es —susurró sin dejar de asentir con la cabeza.

—¿Y qué haces aquí? Deberías estar siguiéndole o arrestándolo.

—No me quiero precipitar. Tampoco estoy seguro. Lo único que se me escapa es por qué querría matar a Inmaculada —dudó.

—Ya.

Jano comenzó a rascarse la barbilla de nuevo, con la mirada clavada en los ojos del comisario, que esperaba una confirmación ante su hipótesis.

—Tomás llamó a los padres de una de las niñas para decirles que Inmaculada había muerto. Creo que lo hizo para despistarnos. Para que no sospecháramos de él —resumió para reforzar su teoría.

—Tienes que vigilarle. Puede que estés en lo cierto. Que hayáis estado años trabajando con la persona que lo hizo. Su actitud siempre fue rara y puede que ahora hayáis encontrado la explicación.

—No me puedo creer que estuviera tan cerca de él y no se hubiera dado cuenta —Joaquín suspiró profundamente.

—Samuel era una persona muy inteligente. Sin embargo, era demasiado confiado. Puede que ese fuera su error.

—Sí, puede ser. Pero me parece tan raro que se le escapara algo tan grave.

—Quizá no se le escapó, solo estaba esperando igual que tú ahora. No estaría seguro. Puede que estuviera recopilando pruebas hasta estar completamente seguro. Ten en cuenta que era un policía y compañero. Si se equivocaba, habría sido un escándalo —elucubró Jano sobre el comportamiento de Samuel.

—Es verdad. —Miró la hora—. Perdona, pero me tengo que ir. He quedado con los chicos para tener una reunión ahora. Gracias, Jano. Siempre estás para escucharme.

—Tranquilo, somos amigos, ¿no?

—Sí, eso es. Antiguos amigos —sonrió.

Joaquín se levantó y fue a pagar. Salieron juntos de la cafetería. Tenía la costumbre de acompañar a Jano hasta la puerta antes de marcharse.

—No me quiero entrometer, Joaquín, pero ¿qué tal con Mónica? —preguntó sin dejar de andar y con las manos en los bolsillos.

—¿A qué te refieres? —preguntó, aunque sabía la respuesta.

—Bueno, no sé, ¿te ha dicho algo de lo que pasó? —Carraspeó.

—Eso fue un error y es agua pasada —zanjó el comisario.

—Entiendo. Agua pasada no mueve molinos —dijo con guasa.

—Sí, más o menos. Siempre mueve algo, pero muy poco —dijo impertérrito.

—Cierto. ¿No te ha hablado del día del suicidio? Yo voy a verla a menudo, y es casi inevitable que salga el tema. A veces dice que no se suicidó y otras que sí —le miró.

Joaquín tardó unos segundos en responder. Andaba mirando al cielo y concentrado en lo que acababan de hablar.

—Se suicidó por nuestra culpa, Jano. Eso lo tengo claro. Además, lo hizo con la intención de que nos sintiéramos culpables. Por eso dejó la foto. No tiene otra lectura. ¿No crees?

—Sí, puede ser —dijo sin quitar la vista del suelo.

Llegaron a la entrada y se dieron un abrazo. Antes de que Joaquín se diera la vuelta para marcharse, Jano lanzó la última pregunta.

—Oye, ¿Irene no se acuerda de nada?

—Sí, es la única buena noticia de todo esto. Está empezando a recordar. Estoy seguro de que al final dará con el detalle que lo relacione con todo esto —confirmó.

—Seguramente. Pero solo te quiero advertir de una cosa, Joaquín. Lo que recuerde Irene no quiere decir que haya pasado. Puede que sean imaginaciones a partir de lo que vais descubriendo, ¿me entiendes?

—Puede ser.

—Para cerrar el caso de una vez, tenéis que encontrar pruebas objetivas que lo incriminen.

—¿Te refieres a los cuerpos del resto de niñas?

—Sería lo ideal.

—Eso es imposible, Jano. Seguro que cuando Irene escapó, las mataría. No se podría arriesgar a dejarlas marchar.

—No sé, amigo. Este caso es uno de los más complicados que he visto. Aunque también estoy seguro de que darás con el culpable. Céntrate en Tomás. Si las pruebas apuntan a él, puede que sea por algo.

—Sí, es lo que haré. Voy a montar un equipo de vigilancia. Y, si no es él, al menos lo descartaremos —concluyó.

El comisario se despidió de su amigo y comenzó a dar pasos rápidos para llegar a la reunión improvisada que tenía con el resto del equipo. Estaba seguro de que la línea de investigación se definiría cuando pusieran en común la información que tenían hasta ese momento.