No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

Adrián y Marcos llegaron a casa de los padres de Alma como les había ordenado el comisario.

Habían estado discutiendo durante el camino acerca de la decisión de apartar a Irene.

Sin embargo, se comenzaron a tranquilizar pasados unos minutos.

Llegaron a la conclusión de que quizás sí era buena idea que descansara.

Los recuerdos de Irene eran lo bastante duros como para que cualquiera necesitara un respiro.

La llamarían por la tarde para informarla de los pasos que estaban dando.

La casa de Vicente y Matilda estaba demasiado ordenada para estar habitada.

No había nada fuera de su sitio, ni un cojín torcido, ni una fotografía mal alineada.

Era un tipo de orden que no habla de limpieza, sino de control.

El inspector pensó que los padres necesitaban que las cosas permanecieran exactamente dónde estaban.

La desaparición de su hija los sumió en una incapacidad para el cambio, por muy pequeño que fuera.

Vicente les indicó el salón con un gesto breve.

No levantó mucho la voz, como si hablar en alto no estuviera permitido.

Matilda caminó un paso por detrás, con las manos entrelazadas y los hombros ligeramente encogidos.

No parecía nerviosa, sino cansada. El hijo de la pareja, Emanuel, estaba apoyado en el marco de la puerta del pasillo.

Delgado, con el pelo oscuro y una expresión difícil de leer.

No los saludó con palabras, solo un ligero movimiento de cabeza.

Observó cómo entraban, como si se hubiera estado preparando para ese momento.

—Es nuestro hijo. Era un adolescente cuando la tragedia sacudió nuestras vidas —dijo Matilda al notar la mirada de Marcos puesta en él.

Emanuel volvió a asentir, pero esta vez con un gesto más amable y menos rudo.

El salón tenía pocas fotos. Marcos reparó en ello al instante y miró a Adrián, que con un simple parpadeo lo confirmó. Había una fotografía de la pequeña en un cuadro más grande que el resto que presidía el salón. Emanuel tenía que vivir con el recuerdo de una hermana que casi no conoció.

Se sentaron donde les indicaron y Adrián sacó la libreta.

Vicente estaba rígido. Apoyó las manos sobre las rodillas.

Matilda se sentó en el extremo del sofá para apoyarse en el reposabrazos con ese gesto cansado que parecía crónico más que puntual.

Sin embargo, Emanuel se sentó en una de las sillas para estar más alejado.

—Nos dijeron que querían hablar del secuestro —dijo Vicente para romper el hielo—. Pueden preguntarnos lo que quieran, pero no vamos a poder ayudarles mucho.

—No sabíamos que esa chica estuviera viva —añadió Matilda—. Eso quiere decir que puede que nuestra hija también pudo escapar, ¿no?

Marcos suspiró de manera sutil. No esperaba que la familia tuviera esperanzas después de tantos años, y tampoco se sentía con fuerzas de quitárselas.

—No lo sabemos. Por eso estamos aquí. A Inmaculada la perseguía alguien, y ese fue el motivo de que se abalanzara sobre la carretera. Hemos venido por si ustedes la habían visto alguna vez —comenzó Marcos la conversación.

—Tenemos una foto de la chica. —Adrián extendió su móvil a Matilda, que estaba más cerca de él—. ¿Les suena?

Vicente le quitó el móvil a su mujer casi al segundo. Negó con la cabeza.

—¿Creen que quien la mató es la misma persona que la secuestró? —preguntó Emanuel con mirada desafiante.

—Creemos que no por declaraciones de una testigo, pero tampoco lo podemos descartar —contestó Marcos.

—¿Entonces no saben nada? —insistió Emanuel.

—Todavía estamos investigando el círculo de Inmaculada para encontrar el motivo de que huyera y poder reducir la lista de sospechosos —especificó Marcos, a quien no le había gustado la pregunta.

—Vamos, que no tienen ni idea. No encontraron a las niñas entonces y ahora siguen igual de perdidos —susurró, pero lo suficientemente alto para que lo escucharan—. Ni siquiera sabían que Inmaculada había escapado. —Se cruzó de brazos mientras negaba con la cabeza.

—Lo sé. Antes no había los mismos medios que hay ahora.

—Ya, pero ahora tampoco sabían que estaba viva —dijo el hijo con el mismo desdén.

—¡Emanuel! ¡Basta! Es la policía y ha venido por el caso de tu hermana. Si no puedes aportar nada, deberías callarte —ordenó el padre.

—¿Les vas a decir la verdad? —Emanuel alzó la voz.

—¿Qué verdad? —preguntó Marcos, que miró a Adrián.

Vicente tragó saliva y miró a su mujer. Se frotó las manos antes de volver a hablar.

—No creo que les ayude en la actualidad. Pero aun así… —Vicente no fue capaz de terminar la frase.

Matilda se acercó a su marido y le acarició la mano. Ante la parsimonia de sus padres, Emanuel se levantó y se acercó a los agentes.

—Cuando mis padres se enteraron de que Irene apareció, contrataron a un detective que la vigilaba día y noche. Querían saber sus movimientos para intentar encontrar a mi hermana. Esa niña escapó y no recordaba nada. ¡Eso no se lo cree nadie!

—Les comprendo, pero no todo el mundo reacciona a las situaciones de la misma manera. Irene no recordó nada entonces y continúa igual. Aun así, nosotros seguimos haciendo nuestro trabajo —intentó explicar Marcos.

—Lo entendemos. Pero nunca supimos qué pasó con nuestra hija y las investigaciones fueron confusas. Esa es la razón por la que nos vimos obligados a contratar un detective —confesó Vicente.

—¿Fue quien encontró a Inmaculada? —preguntó Marcos.

—¡No, para nada! Eso fue hace años. —Matilda se recolocó en el asiento—.

Solo nos sacó el dinero. Estuvimos años pagándole, pero no consiguió nada de información.

—Bajó la mirada—. Sé que Irene era una niña, pero era la única esperanza que teníamos.

Cuando el inspector Hernández nos informó de que no iba al colegio y que huía de su familia…

bueno, desistimos de continuar. Luego se suicidó y nuestras esperanzas se esfumaron.

—Y el otro policía, ¿no volvieron a hablar con él? Le ayudaba con el caso —preguntó con sutileza.

Adrián decidió intentar descubrir quién era el policía que investigó con Samuel. Después de todo, era la única fuente de información que podría ayudarles.

—¿Tomás Aguilar? —preguntó Vicente.

—Sí, eso es —contestó Marcos, que sintió un sudor frío recorriéndole la espalda.

—Lo intentó, pero después de la muerte de su compañero archivaron el caso. Al menos, eso es lo que nos dijo —añadió Vicente.

—El detective que nos ha dicho, ¿les dio algún informe?

—Creo que sí, pero fue hace muchos años —contestó Matilda—. Lo puedo buscar.

—Creemos que Inmaculada huía de alguien del pasado. Por eso, estamos investigando los secuestros desde el momento en que ocurrieron —especificó Marcos con los dedos cruzados—. Creemos que puede ser el secuestrador.

Matilda sonrió levemente.

—¿Puede que averigüen qué pasó con nuestra Alma?

—Es posible.

—Intenten recordar si en las últimas semanas han visto algún movimiento raro —añadió Adrián con la libreta en los muslos.

—¿Creen que va a venir a por nosotros?

—No, pero puede que nos esté siguiendo a nosotros y le interese acercarse a ustedes para descubrir la línea de investigación y qué nos han dicho —aclaró el agente para dejarlos más tranquilos.

—De acuerdo. Buscaré también el informe del detective… —Matilda se levantó al recordar un sitio donde podía estar.

—¿Nos puede dar el nombre y el contacto? Puede que sea más rápido contactar con él —sugirió Marcos.

—Sí, eso se lo podemos dar ahora mismo. Emanuel le llamó hace poco. El hijo de Federico, Izan, le llamó para decirle que Inmaculada había muerto y era Lucía Rosales —informó Vicente.

—¿Son amigos?

—Sí, desde hace años. Jugábamos al fútbol cuando éramos pequeños —dijo Emanuel—. Si no llega a ser por él, no nos hubiéramos enterado.

Marcos arrugó el ceño.

—¿Y él cómo sabía que era Lucía Rosales? —preguntó Marcos sorprendido.

—Tomás Aguilar llamó a la familia de Leticia para decirles lo que había pasado. Su hermana, Yesica, iba con Izan al instituto y contactó con él por las redes sociales —explicó Emanuel.

—¿Tomás Aguilar les llamó? —preguntó Adrián mirando al inspector.

El matrimonio asintió.

—¿No es su compañero? —preguntó Vicente sin comprender.

—Sí, sí, claro. Solo que no sabíamos que les había llamado. ¿Nos dan el teléfono del detective? —Marcos intentó cambiar de tema.

—Claro.

Emanuel les dictó el móvil.

—Gracias, Emanuel —dijo Adrián cuando terminó de escribir el último número.

—Por cierto, ¿les importaría que echáramos un vistazo a su casa? —preguntó Marcos.

—¿A nuestra casa? ¿Para qué? —Vicente los miró con extrañeza.

—No es por nada en concreto. A veces encontramos detalles que cobran importancia más adelante. Simplemente, es protocolo. —Levantó los hombros—. No les vamos a descolocar nada. —Sonrió con gentileza.

—¡Claro! No hay problema. Pueden mirar lo que quieran —respondió rápidamente Matilda al levantarse.

Se pasó las manos por los pantalones y enfiló el pasillo para enseñarles a los agentes las habitaciones.

Así les contaría las últimas reformas que habían hecho y la decoración que había cambiado en los últimos meses.

A Matilda le gustaba pintar cuadros que luego colgaba en casa.

La petición de los policías le dio la oportunidad de enseñarles sus últimos cuadros.