No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

Joaquín aparcó a unos metros del portal.

No era casualidad que volviera a hacerlo.

La última vez que fue pensó que el camino hasta el portal le daba unos segundos más para recomponerse y pensar, para no tener que cruzar ese umbral de inmediato que conocía bien.

No quería que Mónica malinterpretara de nuevo su visita.

Aquello había terminado hace años y no quería retomar ningún tipo de relación.

Solo quería la agenda de Samuel. Incluso pensó durante unos minutos que podía haberlo hecho aposta para que tuviera que presentarse de nuevo.

No quería hacerlo, pero era su obligación.

La vez anterior había entrado casi como un ladrón. Saludó rápido, cogió la caja y se marchó. Fue tan cordial que parecía que nunca habían tenido ningún tipo de confianza. Había hecho lo único que sabía hacer bien desde hacía años: escapar. No podía enfrentarse a la verdad.

El frío de la calle le despejó un poco la cabeza.

Apartar a Irene le dolía más que a ella misma, pero era lo mejor para los dos.

Caminó despacio hacia el portal, consciente de cada paso, de cada segundo que lo acercaba a una conversación que no quería tener.

Al llegar, dudó un instante antes de pulsar el timbre.

Se quedó mirando el botón para tomar aire.

Notó cómo su cuerpo se ponía en alerta. Los hombros rígidos, la espalda recta y la respiración contenida le recordaron que ese nerviosismo era distinto del que sentía en cualquier otra situación.

Allí no dominaba el terreno ni tenía placa que le insuflara valentía.

Apretó y esperó la contestación.

—¿Sí?

La voz de Mónica sonó al otro lado. El corazón comenzó a latirle como siempre que llegaba a su puerta.

—Mónica, soy Joaquín.

Un segundo de silencio y sonó el ruido de apertura de la puerta.

Vio a Mónica tan guapa como siempre, como la última vez.

Estaba en el umbral de la puerta con la sonrisa que siempre llevaba puesta a pesar de lo mal que le había tratado la vida.

Joaquín recordó las veces que iba a verla a escondidas.

Puede que su cabeza hubiera intentado olvidarlo, pero los latidos de su corazón le seguían recordando lo que sentía por la mujer del que fue su mejor amigo.

—¡Qué alegría volverte a ver! ¿Ha pasado algo malo? —preguntó al cambiar de actitud al comprobar la cara de Joaquín.

—Hola, Mónica. No, bueno… sí. No sé, en realidad. —Se tocó el pelo.

—Pasa.

—No, tranquila, no es necesario. Solo he venido porque he revisado lo que me diste de Samuel y falta la agenda que siempre llevaba. ¿Te acuerdas de ella?

—Claro, la que era de su padre —respondió extrañada con la mano en la barbilla.

Joaquín la inspeccionó con la mirada. La reacción de Mónica le hizo dudar.

—¿Qué pasa?

—Bueno, es que a mí también me extrañó no verla en casa y pensé que la habría dejado en comisaría. Siempre creí que la tendrías tú, que te la habrías quedado de recuerdo —concluyó confundida.

—No. Yo mismo empaqueté todo. La agenda no estaba entre sus cosas del trabajo —concluyó aún en la puerta.

Mónica se apartó.

—Por favor, Joaquín, pasa. Podemos hablar como personas civilizadas. Ya han pasado muchos años. Puede que haya llegado el momento de perdonarnos. ¿No crees? —dijo Mónica con la voz temblorosa.

—No sé, Mónica. No quiero molestar y tampoco creo que sea buena idea. —Se balanceó con las manos en los bolsillos.

—Creo que lo mejor es que hablemos. ¿No me puedes dedicar unos minutos? —dijo casi en un ruego.

Mónica dio otro paso más al interior, sujetándose al canto de la puerta, y la abrió aún más. Joaquín entró cabizbajo y con la sensación de volver a estar repitiendo los mismos errores. Pero entró. El ruido al cerrarse la puerta tras de sí le hizo trasladarse al pasado.

—¿Quieres un café? Aunque sea rápido.

Joaquín asintió con timidez. La siguió hasta la cocina. Los sentimientos que creía enterrados regresaron con fuerza y le recordaron por qué estaba allí.

—¿No recuerdas ver la agenda? Es importante. Sé que Samuel apuntaba todo ahí. Puede que la clave del caso de los secuestros esté en algunas de las anotaciones que hizo.

—Lo siento, pero no recuerdo haberla visto.

Si hubiera estado en casa, la habría visto en algún momento al hacer limpieza.

Pero te aseguro que aquí no está. Pero me alegro de que no esté porque así has vuelto a venir.

No quiero que te sientas incómodo, Joaquín.

—Dejó de preparar los cafés para girarse y mirarlo a los ojos—.

No quiero que perdamos el contacto. Me gustaría que de vez en cuando pudiera llamarte solo para preguntarte qué tal estás.

Nada más —aclaró con las manos en la encimera y los ojos brillantes.

—Mónica, eso no puede ser. Ya lo sabes —quiso dejar claro desde el principio.

—¿Por qué?

—Porque no. Lo único que recuerdo cuando te miro es cómo traicionamos la confianza de Samuel. Por nuestra culpa se suicidó. ¿Acaso no lo ves?

—¡Eso no es verdad! Tú sabes que no es cierto.

Joaquín tenía la boca seca. Se acercó para coger un vaso de agua. Mónica le cogió la mano.

—¿Se lo contaste a tu mujer?

—No. —Joaquín retrocedió un paso.

Mónica sonrió con suficiencia. Cogió el vaso, lo llenó de agua y se lo dio.

—Samuel no se suicidaría por algo así. Sabes de sobra que nos íbamos a divorciar.

Él no quería estar conmigo ni yo con él.

Cada uno tenía su vida. Es imposible que se suicidara por nuestra culpa —prosiguió con los puños apretados—.

No quisiste continuar porque te dio miedo lo que ibas a encontrar, como hiciste con el caso del secuestro, pero alguien lo preparó. Y lo sabes.

Joaquín dejó el vaso en la pila y se sentó en la silla de la cocina en silencio. Mónica se sentó en la silla de al lado y colocó los dos cafés después de calentarlos. Transcurrieron varios minutos en silencio.

—Hace pocos días ha venido a verme Jano. Ya te dije que ha estado pendiente de cómo estábamos.

—Lo sé. Hablé con él.

—Lo sé, me lo ha contado. Sé que sigues preguntando por mí.

Joaquín sonrió.

—Siempre me importaste, Mónica.

—Y tú a mí. ¿Todavía te acuerdas de él? —preguntó con la mano alrededor de la taza.

—Sí, todos los días —respondió con un aguijonazo en el corazón.

Mónica levantó la mirada y la clavó en los ojos de Joaquín.

—Sé que solo has venido por la agenda, pero ya que estás aquí, quiero que sepas que no me arrepiento de lo que hicimos.

Sé que nos descubrió por el detective y que teníamos que haber sido valientes y habérselo dicho, pero entonces éramos jóvenes…

Nos equivocamos, sí, pero los sentimientos eran reales.

—Da igual. Ya no hay vuelta atrás. No podemos cambiar nada de lo que hicimos.

—Puede que nunca estés preparado para hacerlo y que pienses que somos culpables del final, pero podemos perdonarnos, ¿no te parece?

—Pero acabas de decir que le asesinaron, ¿no? —resaltó escéptico.

—Es lo que pienso, Joaquín. Pero nadie quiere oírlo. Así que supongo que me tendré que resignar con la versión oficial. Sin embargo, tú sabes bien lo que decía de mí. Te lo dijo millones de veces. No quería estar conmigo —le recordó.

—Lo decía, pero luego contrató un detective. Si no te quisiera, ¿para qué lo iba a hacer? No tendría lógica. —Bebió un sorbo despacio. Cada vez se estaba poniendo más nervioso.

Mónica levantó las cejas antes de contestar.

—Samuel era de las personas a las que no les gustaba compartir los juguetes —confesó con frialdad—.

Yo le quería, pero no de la misma manera.

La gente me ha hecho crear un recuerdo de él que no es la realidad.

Nos quisimos mucho, y era el padre de mis hijas, pero al final, si el amor no se cuida, se muere. Es lo que pasó entre Samuel y yo.

—Puede ser. Pero no deja de ser cierto que se suicidó y nuestra foto estaba al lado cuando le encontraste. —La miró con dureza—. No tendrías que haberla quitado y que todo el mundo supiera la verdad. Lo que hicimos.

—¿Y de qué hubiera valido? Nosotros nos quedamos aquí, solo hubiéramos recibido un aluvión de críticas que no nos habría llevado a un buen final. Además, después de todo, también era nuestra vida y nuestro secreto. Samuel no era nadie para compartirlo a los cuatro vientos.

Joaquín se volvió a sentir más culpable aún al recordar que lo último que vio Samuel antes de marcharse fue la imagen de su mujer y de su mejor amigo besándose.

—Me gustaría que todo hubiera sido de otra manera, pero somos las consecuencias de nuestros actos. Ahora tendremos que vivir toda la vida con lo que hicimos. Si fue por nuestra culpa o no, jamás lo sabremos. —Miró el reloj—. Tengo que irme, Mónica.

—Está bien. Gracias por haberte tomado un café conmigo. Necesitaba hablar con alguien sin tapujos —confesó al levantarse.

—Yo también, pero no ha hecho que me sienta mejor, sino todo lo contrario. —Dio el último sorbo del café—. Gracias a ti por la invitación. ¿Buscarás la agenda? Es importante.

—Lo haré, pero si después de tantos años no la he visto, no creo que la encuentre ahora.

—Supongo que tienes razón. —Inhaló aire con fuerza.

Mónica le dio un abrazo con los ojos cerrados. Joaquín la apretó y volvió a olerle el pelo como hacía tantos años.

—¿Me llamarás? —le preguntó la viuda de camino a la puerta.

—No lo creo. A veces es mejor dejar las cosas como están. No sería bueno para ninguno de los dos.

Mónica abrió la puerta.

—¿Te puedo hacer una pregunta personal? —dijo antes de que se fuera.

—Supongo que sí.

—¿Por qué no te separaste de tu mujer? Me dijiste cientos de veces que no querías estar con ella cuando estábamos juntos.

—Después de la muerte de Samuel, me di cuenta de que ella era la única razón que tenía para estar cuerdo.

En su momento, valoré lo misterioso, lo prohibido…

—Sonrió con suficiencia—. Pero no me di cuenta de que ella tenía todo lo que yo necesitaba y que, a pesar de mis errores, nunca dejó de luchar por nosotros.

—No lo entiendo, nunca le dijiste la verdad, ¿no?

—Mónica, hay cosas que se saben y no hace falta decirlas.

Y eso no creo que lo consiguiera con otra persona que no fuera ella.

Me he portado fatal con ella, lo sé, pero nunca ha dejado de creer en mí, cuando ni siquiera yo mismo lo hacía.

He llegado donde estoy gracias a ella. —Se giró y empezó a andar—. Adiós, Mónica.