No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

La sirena no estaba encendida, pero el balanceo del vehículo era constante. Irene tardó unos segundos en entender dónde estaba. Primero fue el frío en la piel, luego el olor de la ambulancia y después la presión en el pecho, como si algo invisible se le hubiera apoyado encima.

Abrió los ojos despacio.

El techo blanco de la ambulancia se movía ligeramente, no porque ella estuviera mareada, sino porque el vehículo avanzaba. Intentó girar la cabeza, pero un pinchazo le recorrió la sien derecha. Cerró los ojos de nuevo, apretó los dientes y respiró hondo.

—Tranquila —dijo una voz conocida—. No te muevas —la agarró del brazo para que no se terminara de incorporar.

Volvió a abrir los ojos. Esta vez, lo primero que enfocó fue a Joaquín.

Estaba sentado frente a ella, ligeramente inclinado hacia delante, con los antebrazos apoyados en las rodillas.

No llevaba la chaqueta puesta. Tenía la camisa arrugada y la corbata floja, dejando entrever el cansancio y el susto que aún llevaba instalado en el cuerpo.

La miraba sin parpadear, con una atención que no usaba en los interrogatorios ni en las reuniones.

Esa mirada llevaba implícita otra cosa que Irene no podía descifrar con claridad.

—¿Qué hago aquí? —preguntó con la voz rota.

Joaquín se acercó un poco más.

—Te has desmayado. Estás en una ambulancia. Te van a llevar al hospital para hacerte unas pruebas. No te preocupes, no creen que sea nada grave —aclaró el comisario.

Irene tragó saliva al notar la garganta seca.

—¿Y Ramón?

El nombre salió antes de que pudiera recordar nada más.

—Luego hablamos de eso, ¿vale? Ahora no es el momento adecuado.

—¡Joaquín! —le recriminó, molesta.

La miró durante unos segundos sin decir nada. Irene reconoció esa pausa. Era la que utilizaba cuando no quería responder una grosería.

—He dicho que no es el momento. Te has desmayado en medio de un interrogatorio. Lo has recordado, ¿verdad?

Asintió al apartar la mirada hacia el suelo.

—¿Ramón ha dicho la verdad?

—Sí, pero estoy bien.

—No, no lo estás. —Joaquín desvió la mirada hacia un lateral de la ambulancia. Vio su propio reflejo en una de las superficies metálicas.

—¿Desde cuándo sabes tú cómo estoy yo? —dijo enfadada.

—Desde que esto te está pasando factura. —No se alteró ni levantó la voz. El tono dejaba entrever lo que estaba pensando, aunque no lo dijera.

Irene cerró los ojos para contener el llanto. Ya le había advertido de que, si no mejoraba, debería dejar de ser policía, al menos por un tiempo. La inspectora temía lo peor. La ambulancia pasó por un pequeño bache y el movimiento le revolvió el estómago.

—No puedes apartarme del caso. No ahora —se quejó sin mirarlo. Aún estaba aturdida por el mareo. Le dolía la cabeza.

—No estoy diciendo eso. Necesitas descansar. No puedes ser juez y parte. Es normal lo que estás sintiendo, pero no pienso permitir que te afecte anímicamente, no mientras puedo evitarlo. —Alzó la voz con dureza.

—¡No mientas! Me estás apartando del caso. Es mi caso, el caso de mi vida —recalcó casi a gritos—. No puedes dejarme fuera. —Apretó los puños, furiosa.

—Soy el comisario, Irene, que no se te olvide.

Hago lo mejor para cada investigación. Los recuerdos están entrando de golpe y no sabes gestionarlos.

Necesitas apartarte para ver todo en su conjunto.

¿Acaso no ves que no puedes con todo? —dijo sin entender cómo no era capaz de ver que la situación la sobrepasaba.

Irene negó con la cabeza.

—Es personal. Siempre lo ha sido. ¿Qué te esperabas?

—Que no te marearas en medio de un interrogatorio. —Alzó el tono de manera inconsciente.

—Ya estoy mejor, solo ha sido…

Joaquín le pidió con la palma de la mano que se callara. No necesitaba otra excusa más ni otra mentira. Llevaba suficientes años trabajando como policía como para saber distinguir lo que le estaba pasando.

—Has recordado cómo saliste —terminó de decir casi con un susurro—. Apuñalaste al secuestrador y lo mordiste. Eso es buena señal, ya que tenemos dos buenas pistas para empezar a buscarle —dijo para animarla.

—Buscaré en los hospitales. Seguro que apareció alguien con esas lesiones.

—Irene, ahora mismo no puedes tomar decisiones. Debes descansar —rogó después de levantar la vista del suelo.

—¡Estoy bien!

Joaquín cerró los ojos un par de segundos.

Le costaba tener que decir la verdad, pero era lo mejor para todos.

Si la relación entre ellos fuera la misma que con otro agente, jamás le habría dejado formar parte del equipo de investigación de su propio caso.

Sin embargo, Irene siempre fue diferente.

Era su talón de Aquiles y ella lo sabía.

—No lo estás. Por favor, hazme caso esta vez. Solo unos días. Te mantendremos informada. Pero necesito que descanses y que hagas caso de los recuerdos. Puede que un simple detalle escondido entre ellos sea la clave que necesitamos. Por favor, Irene. Es necesario. —Sonrió con tristeza.

—No quiero quedarme en casa. No quiero estar fuera mientras los demás seguís con la investigación. Si no estoy presente puede que no vuelvan más recuerdos —imploró para no ser apartada del caso.

—La investigación no puede detenerse y tú no estás en condiciones de estar al pie del cañón. Solo quiero que te cuides y que asimiles lo que has recordado. No te estoy expulsando del caso, te mantendré informada en todo momento. ¿Vale?

—Eso no es lo mismo.

—Lo sé, pero no tienes otra alternativa. —Esta vez el comisario habló con firmeza.

Irene suspiró profundamente y se cruzó de brazos con resignación.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó al darse por vencida.

—Unos días, hasta que veamos cómo evolucionan las cosas.

—¿Y si no quiero?

—Entonces lo tendré que hacer de manera oficial. Tú decides —dijo con tono innegociable.

—¿Es una amenaza?

—No, te quiero proteger. No quiero que te vuelvas a romper, te necesito entera y lo antes posible. Así que preocúpate de recuperarte pronto.

Sonrió al cerrar los ojos unos segundos.

—No estás en condiciones de decidir nada ahora.

La ambulancia redujo la velocidad. Se oyó cerrar las puertas de la parte delantera y un murmullo de los trabajadores sanitarios.

—Me quedaré contigo hasta que te den el alta.

—¿Te quedas?

—¡Qué pregunta es esa! Por supuesto que me quedo. Nunca te he dejado sola.

—Prométeme que no me apartarás del caso. —Los ojos de Irene se volvieron acuosos.

—Prometido. Ahora vamos a lo urgente, que te recuperes. —Le cogió la mano y la acarició con cariño—. No solo es lo mejor para ti, es también lo mejor para las niñas.

Las puertas traseras se abrieron y el aire frío entró de golpe. La sacaron en la camilla, con la mirada de Joaquín siguiendo cada detalle. Fue detrás hasta que la dejaron en una sala. Irene se agarró a la barandilla para incorporarse y comprobar el gesto de preocupación de su mentor.

—Le apuñalé en el muslo. Intenté hacerlo con la mayor fuerza posible para que se desangrara. —Contuvo el llanto—. Recuerdo cómo atrapó a las otras niñas y aproveché ese momento para coger a Lucía de la mano y huir de allí.

Joaquín le apretó la mano con fuerza.

—Las dejé allí, Joaquín. Tuve que elegir —rompió a llorar.

—No tuviste otra opción, Irene. No fue tu culpa.

El comisario se inclinó y la abrazó con fuerza.

—Estoy contigo, no te voy a dejar sola.