Capítulo 33
Habían hablado con Ramón y solo podía reunirse con ellos después de trabajar.
Así que, cuando salieron de comisaría, ya había anochecido.
El frío se había asentado en las calles con una calma engañosa, cuando la ciudad baja el volumen y solo quedan los ruidos imprescindibles.
Joaquín condujo en silencio. No era un silencio incómodo, pero sí cargado.
La relación había empezado a recomponerse, pero ya no era la misma.
Aún quedaba por encajar la verdad revelada del pasado.
Irene miraba por la ventanilla sin fijarse en nada concreto.
Las luces de los semáforos pasaban como destellos breves, ordenados y silenciosos.
Notaba el cuerpo tenso, ya que, aunque había estado saliendo por la noche sola, todavía sentía un leve cosquilleo.
Sin embargo, había cumplido el objetivo de respirar y estar tranquila. Aunque el sol no la acompañara.
—¿Estás bien? —preguntó el comisario.
—Sí, tranquilo, lo llevo bastante bien. Además, estoy contenta de haberlo superado. No del todo, pero para lo inalcanzable que me lo había imaginado, es todo un éxito —dijo feliz.
—Es que lo es. Poco a poco. Lo estás haciendo genial —respondió sin añadir nada más.
Irene asintió despacio. Conocía ese tono de Joaquín. Estaba incómodo y no sabía qué más decir, pero no quería estar en silencio. Sabía que habían sido unos meses duros para los dos.
El coche avanzó por calles cada vez más residenciales, lo que significaba que había menos tráfico y menos comercios por metro cuadrado. Aparcaron a unos metros del portal, como les gustaba hacer en los interrogatorios a sospechosos. Bajaron sin prisa.
—Es aquí —dijo Irene, confirmando el número del portal.
—No es mala zona. Así que no sé por qué Amanda casi les dio a entender que era un indigente —dijo con el ceño fruncido.
—Bueno, supongo que solo reprodujo lo que Inmaculada le contó.
—Ya, puede ser, pero sigue siendo raro. ¿No te parece?
Asintió.
Caminaron juntos hasta el portal de Ramón.
Ninguno de los dos sabía exactamente cómo iba a empezar la conversación, pero ambos tenían claro que no podían salir sin obtener más información acerca de la vida de Inmaculada y de lo que pasó en las últimas semanas de su vida.
Necesitaban conocer la verdad de sus movimientos.
Irene sintió que no estaba entrando en esa casa solo como inspectora, sino como alguien que también necesitaba respuestas.
Ramón les abrió la puerta. Los agentes se quedaron impactados por su aspecto. Tenía rastas hasta la cintura y su voz era tranquila y pausada. No se lo habían imaginado de aquella manera después de que Marcos y Adrián les pasaran el interrogatorio con Amanda.
—Pasen, por favor —abrió la puerta y se apartó.
—Gracias por atendernos tan tarde —dijo Irene, que pasó la primera.
Ramón les indicó con la mano que pasaran al salón que estaba al final del pasillo.
—Siéntense. —Se colocó en el borde de uno de los sillones con los codos en las rodillas—. ¿En qué les puedo ayudar?
—Estamos aquí porque hemos hablado con el entorno de Inmaculada y su nombre ha aparecido en varias ocasiones y por distintos testigos —dejó claro el inspector.
—Fuimos novios durante varios años —confesó sin gesto en el rostro.
—¿Fue al supermercado donde trabajaba?
Ramón chasqueó la lengua y se echó hacia atrás en el sillón.
—No quería hablar mal de Inmaculada ahora que ha muerto, pero era mala persona.
No le encuentro otra explicación. Siempre se ha querido aprovechar de mí, de eso no tengo dudas.
—Ramón se frotó la frente—. Ella me llamó para hablar conmigo y que fuera a buscarla.
Yo no tenía ninguna intención de ir a verla ni siquiera sabía dónde trabajaba.
Solo me llamaba cuando necesitaba dinero, ni más ni menos.
Luego me empezaba a chantajear con que me iba a denunciar y cosas por el estilo.
—Pero tiene una orden de alejamiento.
—Lo sé, es falsa. Y además tenía que pagarle una cantidad todos los meses. Es alucinante. No había nada contra mí, pero, aun así, me condenaron. Piqué de nuevo. Pueden comprobarlo. Fue ella quien me llamó para vernos. Me llamó llorando y diciéndome que la habían encontrado —relató nervioso.
Ramón cogió el móvil y buscó la llamada de Inmaculada. Se lo dio a Joaquín, que lo comprobó y se lo enseñó a Irene.
—Dice la verdad —dijo en alto Joaquín, cada vez más confundido—. ¿Sabía quién era en realidad?
—Claro, su nombre real era Lucía Rosales.
Fuimos novios, pero también amigos durante años.
Intenté que dejara las drogas y se apartara del mundo al que se había dejado arrastrar, pero no hubo manera —se hizo un silencio—.
La intenté salvar, pero ella no quería ser salvada.
Yo era la única persona que salió en condiciones del centro de acogida.
Soy informático y tengo un sueldo aceptable.
Por eso siempre me estaba pidiendo dinero y me denunció.
—Perdón —Irene movió la cabeza contrariada—, ¿quiere decir que nunca hubo ningún tipo de maltrato?
—¡Claro que no! Pero me denunció igual por maltrato psicológico.
Es verdad que no hice las cosas bien, porque le hablaba con dureza para que dejara de irse con gente que no le convenía, pero eso fue hace tiempo.
La llamada que han visto fue hace semanas, antes de que muriera —cogió aire—.
Me dijo que la seguían por las mañanas, que creía que era la persona que la secuestró.
Necesitaba mi ayuda, o eso dijo, y como soy un estúpido, fui.
—¿Cree que era una trampa?
—Ya no estoy seguro de nada. Cuando salió aquella amiga a hablar conmigo, no entendí nada —se encogió de hombros.
Irene y Joaquín se miraron sin comprender el embrollo que les estaba contando.
—¿No le dijo nada más?
—Miren, Inmaculada era una persona traumatizada.
Yo siempre quise ayudarla, pero un día te quería mucho y al siguiente, sin motivo, te odiaba.
Yo siempre supe que era Lucía, ella misma me lo confesó, pero no quería decírselo a nadie para que la persona que la secuestró no la encontrara.
La verdad es que lo entiendo, pero no sabía si era mejor que hablara con la policía y terminara con aquello de una vez —negó con la cabeza.
La inspectora se acomodó en el asiento. El corazón le empezó a latir más deprisa antes de hacer la pregunta.
—¿Recordaba quién era la persona que la secuestró? —preguntó con la garganta seca.
Ramón asintió.
—¿Qué? —dijo escéptico el comisario.
—Sí se acordaba del secuestrador. Era un policía. Por eso decidió que la única manera de estar protegida era no decir quién era —confesó Ramón.
Irene se quedó paralizada mientras Joaquín la observaba.
—Supongo que ahora ya da igual que lo cuente.
Miren, soy buena persona. Nunca le hice nada a Inmaculada.
Solo la intenté ayudar y guardé su secreto durante años.
Pero ahora ya está muerta y no ha conseguido nada con el silencio —se pasó la lengua por los labios—.
La persona que las secuestró era un policía.
Estaba convencida de que por eso no encontraron a las otras niñas.
Las movía de sitio porque tenía información desde dentro.
A Irene se le nubló la vista.
—¿Quiere decir que trabajaba en la investigación? —indagó Joaquín perplejo.
—Exacto.
—¿Las trasladaba de sitio? ¿Cómo? —Joaquín continuó con el interrogatorio mientras Irene tenía la mirada perdida hacia ningún sitio en concreto.
—No lo sé. Tampoco me explico cómo es posible que se acordara de algo así siendo tan pequeña —bajó la mirada.
—Necesitamos que nos cuente lo que le confesó Inmaculada —rogó el comisario, que se secó las manos sudadas en el pantalón.
—Fue hace muchos años —levantó la vista—.
Ella fue una de las primeras que secuestraron, estuvo tiempo yendo de un sitio a otro.
Incluso me dijo que algunas noches la dejaba encerrada en el maletero de un coche solo con una botella de agua.
No sé si es verdad o eran recuerdos distorsionados, pero explica el motivo de que tuviera tanto miedo a decir su nombre.
—¿Nunca quiso volver con sus padres?
Ramón sonrió.
—Los iba a ver de vez en cuando. Los quería mucho, pero no podía arriesgarse. Sabía que en cuanto abriera la boca estaría muerta. El secuestrador seguía siendo policía —declaró.
—¿Actualmente?
—No lo sé, supongo. Es lo que ella decía o, mejor dicho, creía.
—Lo siento, pero no entiendo nada. Sus padres declararon que no sabían que estaba viva —insistió Joaquín.
—Y así era. Los observaba de lejos. Cuando estuvo enganchada a las drogas, iba más que al final.
Sabía que en el fondo los ponía en peligro y dejó de ir con tanta frecuencia.
A mí me trató mal durante años y casi me destruye, pero siempre pensé que era por todo lo que había sufrido durante aquel cautiverio —confesó con dolor y pena en el brillo de sus ojos.
—¿No le dijo lugares ni datos del secuestrador?
Ramón sonrió.
—Solo me dijo que les cortaba el pelo y les pintaba las uñas. Y que se ponía una bolsa en la cabeza para que no le reconocieran. Era muy pequeña para acordarse de datos que ahora tengan valor en una investigación —simplificó Ramón al frotarse las manos.
Joaquín miró a Irene.
—¿Estás bien? —preguntó al ver el rostro blanquecino.
Le miró con los ojos enrojecidos. Tragó saliva antes de hacer la pregunta de la que tanto temía la respuesta.
—¿Cómo escapó?
—Una de las niñas le ayudó. Se llamaba Irene. Acuchilló al secuestrador en una de las piernas y le mordió una oreja para poder escapar.
—Necesito un momento para tomar el aire —dijo Irene, sintiendo cómo la vista se le nublaba.
Salió del salón sin que Joaquín le quitara la vista de encima hasta que desapareció por el pasillo. La inspectora cogió el picaporte y se detuvo unos segundos para intentar focalizar. Sin embargo, un gran ruido sonó. Irene se desmayó.
Cuando recobró la vista, Joaquín y Ramón la estaban mirando mientras hablaban con urgencias por teléfono.
—Acaba de volver en sí —dijo Ramón mientras Joaquín hablaba con la operadora.
Es lo último que escuchó antes de volver a desmayarse.