Capítulo 32
Marcos cerró la carpeta, con el logo de la policía y las esquinas corroídas por el paso del tiempo, con más fuerza de la necesaria. El sonido seco del cartón contra la mesa resonó en la sala de trabajo, demasiado grande para dos personas y silenciosa en exceso para lo que acababan de escuchar.
Adrián seguía de pie, apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. No miraba al inspector directamente, pero tampoco apartaba la vista. Era su manera de estar en los sitios: presente, pero sin invadir el espacio de los demás.
—No me lo esperaba —dijo Marcos, con una sonrisa escéptica—. De Joaquín nunca me hubiera imaginado algo así. Nunca.
Adrián tardó un segundo en responder. Le gustaba medir las palabras antes de decir algo de lo que se pudiera arrepentir después.
—Nadie se lo esperaba.
Marcos se pasó una mano por la cara y se quedó mirando la mesa. Encima seguían abiertos los informes con anotaciones antiguas y transcripciones. Sin embargo, el aire estaba más cargado por una infidelidad que por un secuestro.
—¿Te das cuenta? —murmuró Marcos—. Todo este tiempo parecía que protegía a Irene o a Samuel, y al final se protegía a sí mismo.
Adrián se acercó y se sentó en el borde de la mesa al lado de su compañero.
—Ya. Aunque su confesión no cambia los datos que tenemos, solo el motivo de un hecho pasado y sus largos silencios —alegó Adrián pensativo.
Marcos asintió con los músculos tensos.
—Se suicidó por su culpa. En el fondo me da mucha pena. Debe de sentirse fatal y encima no tuvo la oportunidad de hablar con él, de pedirle perdón. Una situación así es difícil de encajar.
El teléfono del inspector vibró sobre la mesa. El nombre de Nieves apareció en la pantalla. Miró, pero no contestó. Lo dejó sonar antes de decidir silenciarlo. Adrián lo observó sin decir nada.
—¿Quieres que cenemos juntos? Creo que necesitamos un respiro de todo esto —abrió los brazos y se colocó las manos en la nuca.
—Vale, ya es tarde —confirmó Adrián al comprobar la hora en el reloj de muñeca.
—Mañana seguimos con esto —levantó las cejas—. Después de todo, no va a ir a ninguna parte y creo que por hoy hemos adelantado bastante.
—Tienes razón.
—Llamo a Nieves un segundo, ¿vale?
—Claro.
Marcos habló un par de minutos con su mujer para decirle que tardaría en llegar un rato, que cenaría con Adrián. Nieves le confirmó que todo estaba en orden y que se iría a dormir pronto.
Colgó.
—Vamos. —Marcos cogió el abrigo y abrió la puerta.
Adrián soltó una risa breve.
Bajaron juntos por las escaleras de la comisaría. La noche era fría y limpia. Todo parecía estar en calma, menos las mentes de los agentes, que seguían dando vueltas a las decisiones que Joaquín tomó en el pasado.
Fueron andando al bar de la esquina. Iban con frecuencia y se sentían como en su segunda casa.
Se sentaron en una mesa junto a la pared. Marcos pidió un par de refrescos y los llevó a la mesa donde Adrián esperaba leyendo la carta.
—¿Ya te has decidido?
—No sé, ¿tú qué quieres? —respondió Adrián.
—¿Pedimos unas raciones para no complicarnos la vida? —preguntó Marcos al coger la carta que le ofreció su compañero.
—Genial. Elige las que quieras, que no me apetece pensar más. Me duele la cabeza —se frotó las sienes.
Marcos asintió.
—¿Te gusta todo?
—Sí.
—Así da gusto —se levantó y fue a la barra a pedir con la carta de comidas en la mano.
Volvió con una sonrisa.
—Es una sorpresa. Así esperas con ilusión —dijo con sarcasmo.
—¿Qué te pasa, Marcos? —preguntó con preocupación.
El agente sentía que, después de saber lo que había ocurrido en el pasado, algo había cambiado. No sabría explicarlo, pero le notaba raro, diferente.
—Nada. ¿Qué me va a pasar?
Adrián apretó los labios.
—Soy tu amigo, no solo tu compañero. Se me da muy bien guardar secretos y escuchar —añadió Adrián, asintiendo levemente para que el inspector le dijera lo que tanto le preocupaba.
—Es lo de Joaquín, no dejo de darle vueltas —dijo compungido.
—¿A qué exactamente? —Ladeó la cabeza.
—No sé decirte, a todo, supongo. Es que no solo engañó a Samuel, sino que ha vivido con esa culpa durante años y no creo que sea buena. Es que es como si me diera pena y rabia a la vez. No sé explicarme —confesó.
—Ya, bueno, pero a veces es fácil juzgar cuando todo ha pasado. Lo difícil es ver las cosas con claridad cuando están ocurriendo.
—Sí, pero verle así de frágil… a nuestro comisario, que es un tipo duro y estricto… Me cuesta hasta creer que hiciera algo así —entrecerró la mirada.
Adrián soltó aire de manera sonora.
—¿Verle como un hombre? ¿A eso te refieres?
Marcos levantó la mirada antes de contestar.
—Sí, eso es, como un hombre —repitió.
—Es que lo es. Todo el mundo se equivoca, Marcos.
Incluso él. Tiene derecho a tomar decisiones equivocadas como el resto.
Es el comisario y le habrá costado llegar hasta su puesto, pero eso, a veces, también trae consecuencias.
No quiero decir que tenga que ver con Samuel, pero…
bueno… no sé… puede que en ese momento aquella decisión le pareciera buena idea o, incluso, que no fueran tan amigos —se encogió de hombros—.
Lo cierto es que la verdad solo la sabe él.
—Ya, Adrián. Estoy de acuerdo contigo en todo, pero ¿engañar a su amigo con su mujer? Es muy fuerte.
—No lo justifico, pero ahora entiendo el motivo por el que no quería ir a ver a Mónica. Nunca tuvimos la investigación al completo porque no quería enfrentarse a lo que hizo. Ni más ni menos —elucubró convencido.
Adrián intuía que Marcos quería hablar de algo personal, que la infidelidad de Joaquín le había hecho darse cuenta de que incluso los policías que parecían infalibles, a veces, también son igual de humanos que el resto.
Observaron cómo el camarero se acercaba con varias raciones y mantuvieron el silencio hasta que se marchó.
—Tortilla, croquetas y una ensalada —dijo Adrián—. Me has sorprendido gratamente con tu elección.
Marcos sonrió sin ganas.
—No sé lo que te pasa, pero puedes contármelo. ¿Le has sido infiel a Nieves? —preguntó sin rodeos.
—No, qué va, no es eso —respondió con una croqueta en la mano.
—¿Entonces?
—Me siento culpable, Adrián. Cuando nos hemos enterado de lo que hizo Joaquín, al principio me ha sentado hasta mal, pero luego he pensado que soy un hipócrita. Es muy fácil juzgar cuando no eres tú el que está en esa situación… Y luego he pensado que podría ser yo… —dijo con angustia.
—¿Tienes miedo de que te pase?
—Sí, la verdad es que sí. La vida cambia deprisa y, casi sin que te des cuenta, tu mujer es otra persona… —levantó la mirada.
—¿Desde que nació el niño?
Marcos asintió con los ojos tristes.
—Eso le pasa a todo el mundo. Lo importante no es que lo sientas, es que se lo cuentes.
Pero tienes que entender que ya no puede ser como antes.
Ahora es madre y, aunque te siga queriendo, también tiene a una personita que depende de ella —le dio una palmada en la espalda—.
Marcos, es tu hijo, tienes que entender la nueva situación.
No es que no te quiera, simplemente que ya no sois dos, sino tres.
—Lo sé, y me siento un egoísta, pero me siento fuera de lugar. Como si ya no pintara nada.
—No digas eso —sonrió—. Eres el padre y el marido, pero eso tienes que entenderlo y asimilarlo. Ya no puede estar todo el día pendiente de ti, es Bruno quien no puede hacer nada solo. Tú, que yo sepa, eres una persona autosuficiente. ¿Estás celoso de Bruno?
Marcos levantó las cejas y Adrián soltó una sonrisa sonora.
—¡Madre mía, Marcos! Es tu hijo —dijo en voz baja—.
Ahora os toca cuidar de él. Creo que has madurado desde el día del hospital, ahora tienes que aceptarlo.
Nieves te quiere. Si no fuera así, no habría tenido un hijo contigo, pero no puedes pensar que no te hace caso.
Es que tiene que cuidar de un bebé… y tú también deberías hacerlo. Creo que no se te debería olvidar.
—¿El qué?
—Que también es tu hijo, no solo de ella —insistió.
—Ya lo sé.
—Creo que no lo sabes, Marcos. La estás cargando a ella con la responsabilidad de cuidar de Bruno y de prestarte a ti atención, y puede que el error sea tuyo.
No debes olvidar que ella también necesita cuidados.
Criar a un hijo sola es muy duro. No quiero que te sientas culpable, pero es hijo de los dos.
Marcos arrugó el entrecejo sin decir nada. Prefirió esperar a que Adrián continuara con la explicación. Puede que le diera otro punto de vista que, desde su posición, fuera incapaz de ver.
—Es obvio, ¿no? Tú quieres atención, pero no estás asumiendo la misma parte del cuidado del niño, y así, amigo mío, vas mal. Si la crianza y los cuidados los compartís, ella estará menos cansada y más feliz. Y eso repercute directamente en lo que tú estás reclamando. ¿Lo entiendes ahora?
—Ya, creo que sí —se echó hacia atrás sin dejar de mirar a Adrián.
—¿Entonces qué vas a hacer? La solución no es que Nieves te haga caso, la solución es que tú hagas algo. Le has encomendado mil tareas más con Bruno, pero tú quieres tener la misma atención. No es equitativo, amigo —asentía a la vez que hablaba.
—Soy un idiota, Adrián. —Negó con culpabilidad—. No había pensado en todo lo que tiene que hacer ella ahora. Solo he pensado en mí, no en todas las veces que se levanta, que no duerme, que prepara los biberones…
El agente le dio una palmada en la espalda.
—Vas a ser un buen padre, de eso estoy seguro.
Tienes una familia, no la pierdas. Piensa que Joaquín se equivocó, pero hoy sigue con su mujer y cuidando de sus hijos.
Eso es porque se dio cuenta del error. En su caso, el precio que pagó fue demasiado alto.
No cometas un error irreparable. Por favor —recalcó.
—Hacerse mayor es más difícil de lo que parece —sonrió sin ganas.
—Lo que es difícil es ver lo que estás haciendo mal. No te centres en el problema, céntrate en la solución y solo entonces serás feliz.
—Gracias, colega.
—Cenamos rápido y te vas para casa, ¿te parece?
—Sí, tienes razón.
—Que no se te olvide que tú también eres marido y padre, y las responsabilidades son de los dos, no solo de Nieves.
—Entendido, entendido —dibujó una sonrisa con agradecimiento.