No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

Llegaron al coche en silencio, hasta que Irene explotó. Joaquín sabía que había llegado el momento de explicar con detalle lo que ocurrió durante esa época.

La inspectora respiró hondo e intentó relajarse para hablar de la manera más civilizada posible.

—Joaquín, sabes que te quiero como si fueras mi padre. Fuiste la persona que me salvó la vida y no lo digo por cumplir, de verdad lo siento así —dijo, girándose hacia él. Quería verle la cara.

Entonces, Joaquín se secó las lágrimas. A Irene se le encogió el corazón. Jamás lo había visto tan vulnerable como en ese momento.

—No quería que nadie lo supiera porque era un tema personal y una decisión de la que me arrepentiré toda mi vida —dijo después de frotarse los ojos.

—¿Qué pasa? —preguntó, escéptica por la reacción del comisario.

La imagen de Samuel apareció al cerrar los ojos para tomar aire. Apretó las manos en el volante y sintió que era el momento de soltar la losa que tanto tiempo llevaba encima de sus hombros.

—Irene, nunca te quise engañar, pero la verdad era tan dolorosa que no merecía la pena recordarla. Me hace daño pensar en esa época… tanto daño —la miró fijamente, con un gran arrepentimiento en sus ojos cansados.

—¿Qué es lo que pasa, Joaquín? No hay nada en el mundo que sea peor que mentir. Siempre voy a estar de tu lado, pero necesito que me digas la verdad —dijo casi en un ruego.

—Esta vez no vas a estar conmigo —inhaló una bocanada de aire.

Irene no sabía qué decir, así que decidió guardar silencio.

—Estuve ausente durante la investigación y también después porque Samuel se suicidó por mi culpa —terminó de decir.

—Que no te dieras cuenta de que lo estaba pasando mal no es culpa tuya. Estoy segura de que, si te lo hubiera dicho, le habrías ayudado a superar el bache que estaba pasando —intentó animarle con voz maternal.

—No, Irene, el culpable de su desgracia era yo. Lo peor de todo es que lo sabía, pero me dio igual. Fui un egoísta como ahora y no pensé en las consecuencias… —El llanto silencioso volvió a aparecer. Joaquín tuvo que parar de hablar para respirar.

—¿Qué quieres decir? No te entiendo —dijo impertérrita.

—Mónica y yo éramos amantes —confesó, con una lágrima resbalando por su mejilla.

Irene se quedó paralizada. Las palabras se le habían quedado atascadas en la garganta. Aquella confesión era la que menos se hubiera imaginado. Sin embargo, era la única que explicaba las ausencias.

—Por eso, Samuel casi siempre trabajaba solo. Aprovechabas las horas en las que estaba ocupado para irte con su mujer, ¿verdad? —Quiso estar segura del motivo de sus ausencias.

Joaquín asintió cabizbajo. Irene se acomodó en el asiento para mirar hacia delante.

No se esperaba ese tipo de confesión. Para ella, Joaquín significaba mucho más que el comisario; le había tenido siempre en un pedestal y ahora ni siquiera tenían una buena relación.

Sin embargo, se acababa de dar cuenta de que era una persona como otra cualquiera, con sus aciertos y sus errores.

Pero una mala decisión hace años tuvo una nefasta consecuencia que nunca había sido capaz de superar y mucho menos de confesar.

—¿Tu mujer lo sabe?

Joaquín negó.

—¿Cómo lo descubrió Samuel?

—Contrató un detective privado. Nos hizo fotos y se las enseñó. —Se frotó la cara con ambas manos.

—Fue hace muchos años. No puedes seguir culpándote por eso. Ha llegado el momento de dejarlo a un lado y que terminemos de investigar lo que ocurrió. Ayudar a las otras niñas. Seguro que Samuel es lo que hubiera querido —dijo Irene.

Joaquín miró al frente. No quería ver la cara de decepción de Irene. La conocía demasiado bien para saber lo que estaba pensando, aunque no se lo dijera.

—Se suicidó por mi culpa, Irene. Confiaba en mí, y yo le traicioné. Soy un fraude —confesó sin parpadear.

—Joaquín, eso es el pasado.

El silencio se instaló en el interior del coche.

La culpa por lo que había hecho no le había dado ningún día de tregua desde el suicidio de Samuel.

Nunca se lo dijo a nadie, pero había llegado el momento de que Irene lo supiera.

Necesitaba que confiara en él. Sabía que no lo haría hasta que conociera la verdad.

Las ausencias y las medias verdades los estaban separando y no estaba dispuesto a perderla por un secreto inconfesable.

—Siento no habértelo dicho antes, por haber guardado tantos secretos, pero no quería que me vieras como de verdad soy…

—Joaquín, tú no eres así —le interrumpió—. Fuiste así en algún momento de tu vida, pero ya no. Al menos, ahora sé el motivo de tantas mentiras —confesó aliviada.

El comisario notó en su voz lo que había estado pensando durante tantos meses.

—¿Pensabas que tenía algo que ver con tu secuestro?

Irene sonrió con vergüenza.

—No exactamente, pero no entendía el motivo de tantas mentiras ni a quién protegías —se justificó con un gran nerviosismo en el tono.

—No tuve nada que ver ni con tu secuestro ni con ningún asesinato. Hay cosas que te he dicho que son mentiras y otras, verdad, pero siempre te he protegido. De eso puedes estar segura —afirmó con una gran seguridad. Apretó los puños con fuerza—. Siempre has sido mi prioridad —matizó con vehemencia.

—Lo sé, y siempre estaré en deuda contigo. Así que, una vez más, vamos a trabajar en equipo. Tenemos que cerrar el caso de Inmaculada y encontrar a Diana, Alma y Leticia. Creo que los dos cerraremos una parte de nuestra vida que nos hace daño recordar.

—Gracias, Irene.

La inspectora le abrazó con fuerza. Debían superar un nuevo obstáculo juntos.

—Cuando lleguemos a comisaría se lo contaré a Adrián y a Marcos. No quiero más secretos en el equipo.

Irene le apretó más fuerte.

—Yo tampoco. Mejor una verdad inconfesable que una mentira piadosa, ¿vale? —Se separó.

—Hecho.

—Vamos a superarlo. Pero solo lo conseguiremos si recorremos el camino juntos. Como siempre. Uno al lado del otro.

Irene le cogió la mano con fuerza.

—Estoy contigo. Siempre lo he estado —recalcó Irene—. Ahora y siempre.

—Lo sé. Ahora, lo sé —estiró con suavidad la comisura de los labios.

—Lo más difícil ya está hecho.