No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Joaquín aparcó unos metros más abajo de donde lo había hecho las veces anteriores.

Recordó una de las veces que había ido con Samuel.

No le gustaba aparcar cerca de los sitios a los que iba por precaución y porque prefería observar el entorno.

«Nunca se sabe demasiado de alguien» era una de las frases que más repetía.

El barrio seguía siendo el mismo, pero no lo parecía.

Las fachadas habían envejecido mal, como si el tiempo hubiera pasado más rápido allí.

Irene bajó del coche despacio. Conocía el barrio, y no solo por haber ido con Marcos después del accidente.

Había pasado muchas veces por esas calles, pero nunca se había fijado en ellas como ese día.

—¿Estás bien? —preguntó Joaquín con los ojos entrecerrados.

—Sí, claro —mintió—. Vamos.

No estaba bien ni anímica ni psicológicamente, pero no era el momento de explicarlo.

La puerta del edificio se abrió sin necesidad de llamar.

Parecía que estaba rota. Subieron hasta el rellano del piso donde vivían los padres de Diana.

Irene andaba detrás de Joaquín con la mente en otra parte.

No habían intercambiado sensaciones por el camino, pero ella estaba nerviosa.

No estaba segura de que los padres quisieran hablar con ellos después de tanto tiempo y de no saber qué había pasado con su hija.

Puede que incluso que les echaran en cara no haberse puesto en contacto con ellos durante todos estos años y no haber conseguido ningún avance que no hubiera sido el fatídico accidente de Inmaculada.

Joaquín llamó al timbre. Remedios apareció con el pelo recogido y una expresión cansada, pero cordial. Los miró con rencor, pero era demasiado educada para recriminárselo.

—Buenos días, Remedios. Soy Joaquín Requejo. Hemos hablado por teléfono —la saludó al estirar la mano.

—Pasen, por favor. Me acuerdo de ti, Joaquín. Viniste a nuestras reuniones con Samuel.

Federico los esperaba a unos pocos metros.

—Joaquín —extendió la mano Federico.

—¿Qué tal estáis? Ella es la inspectora Irene Vega —los presentó.

Federico no tardó más de un par de segundos en saber quién era.

—¿Eres la niña que salvaron? —Los ojos se volvieron acuosos y le estrechó la mano.

—Sí, eso es.

Remedios la agarró por el brazo en un gesto inconsciente.

Estaban arremolinados en mitad del pasillo.

Los padres la miraban con esperanza e Irene lo sintió, pero la realidad es que no podía decirles nada.

Federico y Remedios deseaban que les hablara de su pequeña, pero los recuerdos de Irene no habían vuelto a salir a la luz.

—¿Recuerdas a Diana?

Irene negó con tristeza.

—No recuerdo prácticamente nada del secuestro. Lo siento.

El comisario la empujó con suavidad por la espalda.

No le estaba gustando el matiz que había tomado la visita.

Lo entendía, pero estaban perdiendo el tiempo.

Diana llevaba años desaparecida. Lo más probable era que el secuestrador las matara cuando Irene y Lucía escaparon. Nadie se arriesgaría tanto.

—Es importante que hablemos —dijo con gesto serio Joaquín al entrar en el salón.

Remedios se sintió avergonzada por la actitud que habían tomado. Les señaló varias sillas del salón para que se sentaran. Ella y Federico hicieron lo mismo.

—Gracias. Hemos venido por la muerte de Inmaculada. ¿Se han enterado? El accidente ocurrió cerca de aquí —matizó el comisario.

—Sí, pero no sabemos quién es esa tal Inmaculada —quiso dejar claro Federico—. Y no entendemos qué tenemos que ver nosotros con esa chica. —Su mirada transmitía la confusión que sentía.

Irene miró a Joaquín.

—Inmaculada Otero es Lucía Rosales, una de las niñas que estuvo secuestrada con nosotras. —Irene bajó la mirada con vergüenza—. Antes de que me pregunten, tampoco la recordaba hasta que la vi.

—¿Es cierto que no recuerdas nada? —Quiso saber Remedios.

—Sí, es cierto. Llevo años intentando recordarlo, pero solo se han desbloqueado algunos recuerdos. Lo siento. Creo que nos pueden ayudar a encontrar a quien la perseguía para saber qué ocurrió y descubrir dónde está su hija —Irene miró a Remedios.

—¿Y cómo os vamos a poder ayudar nosotros? —Remedios miró a su marido sin comprender la visita.

Federico se frotaba las manos sin decir nada.

—Ustedes tuvieron muchas reuniones con Samuel y puede que recuerden algo que ahora cobre sentido —insistió Joaquín.

—Me acuerdo de Samuel perfectamente. Era un buen policía, se implicó mucho en dar con ellas. Pero, supongo, que al final la vida pudo con él. —Respiró profundamente—. Sabemos que se suicidó.

—Sí, eso es. Intentamos seguir con la investigación, pero también fue duro para nosotros —respondió Joaquín sacando fuerzas de donde no las tenía.

Remedios tenía las manos entrelazadas sobre el regazo. Se mostraba pensativa e intentaba guardar las apariencias para no llorar.

—El accidente fue cerca de aquí. ¿Están seguros de que no sabían quién era? —Irene sacó el móvil del interior del abrigo que aún llevaba puesto—. Era así en la actualidad.

Federico arrugó el ceño y cogió el móvil de las manos de Irene.

—Sé quién es. La he visto muchas veces por el barrio. Cogía el autobús cerca de nuestra casa, en la parada que está a escasos metros de aquí —sintetizó Federico con balbuceos.

—¿Nunca le dijo nada? —preguntó Joaquín contrariado.

—No, nunca. Saco al perro todas las mañanas más o menos a la hora que ella pasaba para coger el autobús. Por eso sé quién era, pero, obviamente, no sabía que era una de las niñas.

—Yo nunca la había visto —intervino Remedios—. No entiendo por qué se llama de otra manera, y menos aún, por qué no dijo nada de las otras niñas. —Contuvo el llanto con las manos en la cara.

Los agentes se miraron y asintieron. Los padres de Diana se merecían saber la verdad de la investigación.

Así que Irene les contó lo más resumido posible la vida de Inmaculada y cómo había transcurrido.

El tema de su mutismo hizo que el matrimonio se derrumbara delante de sus ojos.

Si Lucía Rosales hubiera dicho su nombre, no solo se hubiera salvado ella, sino también las demás niñas.

Pero decidió callarse y condenarlas a un vago recuerdo.

Mientras que Irene borró su memoria para sobrevivir, Inmaculada borró su vida anterior al día que escaparon.

«Hicimos lo mismo, pero de manera distinta. Fuimos unas egoístas», pensó Irene mientras consolaba a Remedios. Cada uno de sus llantos le rasgaba el interior y la losa de la culpabilidad se hacía más grande.

—Siento lo que ha pasado, pero estamos intentando reconstruir los hechos para encontrar al resto de niñas.

Creemos que Inmaculada huía de alguien, de quien las secuestró, y por eso no pudo evitar cruzar la carretera sin mirar —intervino Joaquín, que era el que estaba en mejores condiciones emocionales.

—Incluso lo grabó con el móvil, pero se lo llevó la persona que la perseguía —incluyó Irene el dato que consideraba determinante para creer que la persona era peligrosa.

El matrimonio se daba la mano por debajo de la mesa. Remedios le acariciaba el brazo con cariño a su marido.

—¿Y qué podemos hacer nosotros?

—¿Usted no estuvo con Samuel durante la investigación en algunas zonas?

Recuerdo que me dijo que lo acompañó a otras casas donde pensaba que podían estar retenidas.

Y durante alguna excavación cerca de donde encontraron a Irene, cuando creyeron que podían estar enterradas después de que ella escapara.

¿No es así? —Quiso estar seguro Joaquín.

—Sí, así es. También quedamos varias veces en comisaría con Samuel. Tus padres también vinieron —dijo Federico mirando a Irene.

—¿Mis padres?

—Sí, fue antes de que aparecieras —confirmó Federico.

—¿En comisaría? Yo también estuve —dijo Joaquín.

—Sí, pero me refiero a las veces en las que usted no pudo venir y estuvo Samuel con otro policía… No recuerdo el nombre —Miró a su mujer para que le ayudara.

—¿Estás seguro de que era policía?

—No lo sé. Podemos hablar con el padre de Alma.

No vive cerca de aquí, pero recuerdo que él tomaba apuntes de todo y, bueno, algunas veces sí nos fuimos juntos a recorrer algunas zonas que Samuel descartó porque estábamos convencidos de que no se habría llevado a las niñas tan lejos como él proponía.

Además, seguro que estará encantado de ayudarnos.

Nuestros hijos iban juntos a clases de fútbol cuando eran más jóvenes, claro, y nos conocemos desde hace bastantes años. —Levantó las cejas un segundo.

La confesión de Federico sobre el compañero de Samuel cuando Joaquín no estaba hizo que se quedara inmovilizado y con la mente en blanco durante varios segundos. Irene lo notó.

—Sería de gran ayuda. ¿Vuestro hijo vive todavía con vosotros?

—No sabríamos decirle. Discute mucho con la novia y cada dos por tres vuelve a casa. —Levantó las cejas—. ¿Se acuerda de él? —preguntó Federico.

—Sí, vagamente. Han pasado muchos años y seguro que no le reconocería.

Irene observaba cómo la actitud de Joaquín había cambiado.

Cada vez se molestaba menos en ocultar los sentimientos que le invadían cuando la gente le hablaba de Samuel.

La inspectora no comprendía la relación que existió entre ellos.

No entendía cómo Joaquín podía seguir culpándose por una decisión que había tomado Samuel.

—¿Podríamos hablar con él? Con su hijo, me refiero —dijo Irene de repente, interrumpiendo la conversación.

—Claro, les diré que les llame cuando pueda. ¿Les parece bien? —respondió Remedios sin estar del todo presente en el hilo de la conversación.

—Puede que sepa quién seguía a Inmaculada o la reconozca —sugirió Irene.

—No hay ningún problema —confirmó Federico.

Joaquín apretó los labios al recordar al hermano de Diana. Sintió lástima por la infancia y por el vínculo que le habían robado.

—Han pasado muchos años, pero creo que, de este terrible accidente, surgirán más hilos de donde tirar —animó Joaquín.

—No tenemos esperanzas de que esté viva, esa es la verdad, pero sí nos gustaría saber qué es lo que ocurrió… —Federico cerró los ojos unos segundos antes de volver a hablar—. Y si encontráramos su cuerpo, nosotros encontraríamos algo de paz.

—Podríamos tener un sitio donde ir a ponerle flores. —Remedios se frotó los ojos.

Irene tragó saliva, se había emocionado al pensar en sus padres. Cada vez el caso era más personal. Empatizaba con los padres de Diana, ya que podrían haber sido los suyos perfectamente.

—No les puedo jurar que la vamos a encontrar, pero sí les puedo prometer que lo vamos a intentar. —El tono de la inspectora era firme y contundente.

Remedios asintió con dulzura.

—Gracias por haber venido a vernos. Sé que para vosotros tampoco es fácil, y para ti, menos que para nadie. —Miró a Irene.

—Yo no soy quien importa. Siento no recordar nada, pero quiero que sepan que para mí siempre fue importante. Nada me gustaría más que poder encontrarlas. Ponerle un punto final a esta investigación y saber qué ocurrió con las demás niñas —dijo conteniendo el aliento.

—Espero que ocurra ese final y todos podamos descansar de esta tortura que lleva presionándonos el corazón durante tantos años. —Remedios no pudo contener las lágrimas más tiempo.

Irene cerró los ojos unos segundos. Ver a la madre rota de dolor le conmovía. Joaquín le rozó la pierna y le miró con cariño.

—Este caso es personal para todos —aseguró el comisario.