No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Volvieron con los cafés en la mano tras hablar unos minutos con un par de compañeros.

No solían coincidir con los mismos por los horarios y por las entradas y salidas que exigía la investigación.

Cuando llegaron a la sala, confirmaron que el despacho de Joaquín estaba con la puerta abierta y la luz encendida.

—Vamos —los animó Marcos.

Irene llevaba el café para Joaquín como una especie de ofrenda de paz.

El corazón le latía tan rápido que empezó a ponerse nerviosa al entrar en el despacho.

Era extraño tener esa sensación, ya que siempre había entrado cuando quería y el comisario jamás le había dicho nada.

Entraba como si fuera el suyo propio, pero después de las mentiras, Irene sentía que todo había cambiado.

Intentaría arreglarlo, aunque en el fondo sabía que sería difícil.

—Joaquín, te traigo un café —dijo Irene entrando la primera y reprimiendo los sentimientos encontrados.

Giró la cabeza hacia la puerta y apartó la mano del ratón con una sonrisa.

—Vaya, vaya, si venís todos. Entiendo que tenemos buenas noticias, ¿no? —Miró a Marcos y asintió con agradecimiento de forma imperceptible.

—Bueno, no exactamente. Aunque hemos repasado parte de la investigación de Samuel. —Irene dejó los cafés en la mesa y se sentó.

Adrián y Marcos se sentaron tras coger otra silla. El equipo se colocó alrededor de la mesa del comisario.

—Genial, es un avance. Cerrad la puerta, por favor.

Marcos se levantó el primero. Aquella conversación no podía salir del despacho. Necesitaban estar en plena confianza para evitar cualquier fuga de información.

Irene sacó el móvil con la foto del famoso mapa.

—Lo recuerdo, pero creo que no deberías ir a la cabaña. Al menos, no aún —aconsejó Joaquín.

—Puede ser, pero hemos visto que los padres viven cerca, bueno, al menos, los de tres de las niñas. Y como Samuel habló con varios de ellos, seguro que nos ayudan —explicó Irene—. Lo que más nos llama la atención es que Inmaculada fue atropellada cerca de donde viven los padres de Diana.

Joaquín asintió con gesto serio.

—¿Qué es lo que no me decís? ¿Hipótesis?

—Nada. No creo que sea casualidad.

Adrián observaba con atención los gestos del comisario.

—Más que casualidad, es raro, ¿no? No creerás que ha sido uno de los padres, ¿verdad?

—¡Claro que no! ¿Por qué iba a querer matar a Inmaculada? —preguntó retóricamente Irene.

Marcos se echó hacia delante para ver la cara de todos antes de hablar.

—A ver, no es exactamente así. Una testigo nos ha confirmado que no quería hacerle daño y se lo dijo, pero ella siguió corriendo —alegó el inspector.

—Sí, eso es —confirmó Adrián—. Dijo que sabía quién era.

—Esto no me gusta —Joaquín se rascó la barbilla.

—A nosotros tampoco, pero deberíamos hablar con los padres. Sobre todo, con el de Diana, que vive cerca del suceso —dijo Marcos con las piernas cruzadas.

—Federico ayudó a Samuel. Yo estaba muy ocupado cuidando de ti, yendo a tu casa y hablando con tus padres. Así que me desvinculé de la investigación, pero no creo que sea un asesino ni que quisiera hacerle algo —insistió el comisario.

—Pero no quería hacerle daño —repitió Adrián.

—Sí, bueno, no lo creo. Una cosa es lo que diga la testigo, y otra bien distinta, la verdad.

Inmaculada corrió por un motivo. Mejor dicho, se jugó la vida para escapar y le grabó por algo.

No me creo que la siguiera con buenas intenciones.

Si fuera así, la reacción de Inmaculada habría sido desproporcionada —argumentó Joaquín.

Colocó el codo en el reposabrazos de la silla.

—¿Entonces? —preguntó Irene para concluir.

El comisario levantó las cejas.

—No lo sé. Revisad la investigación de Samuel. También vamos a hablar con los padres. Creo que es lo mejor. No termino de verlo, pero nunca se sabe. ¿De la vida de Inmaculada habéis sacado algo importante? —Quiso saber.

Marcos y Adrián no respondieron. Lo más importante eran los recuerdos de Irene.

—Nada claro. Ninguna línea de investigación en firme —respondió con naturalidad la inspectora.

—¿Tenemos las últimas llamadas? —indagó el comisario.

—En los últimos meses no había llamadas. Ni una —informó Adrián.

—Bueno, últimamente entra dentro de lo normal. La gente ya no habla mucho por teléfono y, además, ella era una persona introvertida. Supongo que tiene sentido —repitió Marcos.

—Voy con uno de vosotros a ver a los padres de Diana. Recuerdo a Federico y a Remedios. Seguro que colaboran con nosotros.

—No sé, comisario, también puede que estén cabreados porque no encontramos a su hija —susurró Adrián—. No tuvieron noticias de lo que le ocurrió. Después de tantos años, aún no saben si está viva o muerta.

—Ya, puede ser. —Se levantó—. Hay que ir, debemos decirles lo que ha pasado con Inmaculada. Aunque es raro que, si viven en ese barrio, no se hayan enterado.

—Voy contigo —dijo Irene tras beberse el café de un sorbo y poner cara de asco.

—Nosotros nos quedaremos con la caja de Samuel. Vamos a comprobar lo que investigó y lo que todavía no te haya dado tiempo a revisar —informó Marcos mirando a Irene.

—Hecho —confirmó Adrián.

—Vale, pues todos al lío. —Joaquín cogió el abrigo del perchero que estaba detrás de la puerta.

Después de varios meses que al comisario se le habían hecho eternos, volvían a salir juntos de comisaría para trabajar en una investigación.

No era un caso ajeno, sino uno que les afectaba de manera personal a los dos.

Irene solo esperaba que volvieran a ser los mismos en algún momento.

Le gustaba la presencia de Joaquín en su vida y, sobre todo, saber que estaba ahí para lo que necesitara.

La sensación de seguridad que le daba, no la había sentido con nadie más.

Mientras caminaban por el pasillo, Irene no aguantó la tentación de mirar hacia atrás.

Marcos le devolvió la mirada con una sonrisa de satisfacción.

Para encontrar la verdad, necesitaba que la relación se fortaleciera.

Joaquín siempre formaría parte de su historia, y ella debía asumir que también podía equivocarse.