Capítulo 27
Volvieron al supermercado después de tomarse el café y de que pasara el tiempo que Agustín les había dicho.
Llegaron unos diez minutos después por si Amanda llegaba tarde o se tenía que cambiar.
Además, querían asegurarse de que el responsable le informara de que estaba allí y de que querían hablar con ella.
Marcos se pasó la mano por la nuca cuando cruzaron la puerta.
No había pasado buena noche. Tenía la sensación de que Bruno lloraba incluso en sueños, lo que hacía que se despertara de manera intermitente durante la noche.
Había salido de casa con la sensación de estar traicionando a alguien, aunque no sabía muy bien a quién.
No le gustaba dejar a Nieves sola con Bruno.
Estaba su madre, pero aun así, tenía la sensación de que su presencia ayudaba a la tranquilidad de su mujer más que la de su propia madre.
Miró el móvil una última vez antes de ponerlo en silencio para interrogar a Amanda.
Cuando vio aparecer a Agustín por el pasillo, se irguió de inmediato para no dar la imagen de que no le importaba su trabajo. Solo era cansancio, podría disimular un par de horas más.
—Hola, agentes. Amanda está esperando en mi despacho. Pueden pasar cuando quieran. ¿Los acompaño? —se ofreció amablemente.
—Sí, por favor. Gracias por colaborar con nosotros —intervino Adrián.
—Faltaría más. Después de todo, Inmaculada era una buena trabajadora. Me da pena que su vida haya terminado así —añadió Agustín.
—Esperamos aclarar los hechos lo antes posible.
—¿La han asesinado? —preguntó de nuevo con la intención de obtener una respuesta más certera que la vez anterior.
—Gracias por acompañarnos —respondió Marcos, cortante, antes de entrar en la sala.
Los policías ya habían visto que una mujer estaba esperando dentro. Su aspecto era desaliñado, con el pelo descuidado y con los ojos hinchados y rojos.
Adrián cerró la puerta, agachando la cabeza para agradecer a Agustín su amabilidad al dejarlo al otro lado.
Se presentaron y se sentaron lo más cerca posible de Amanda. Su aspecto les indicó el estado de ánimo en el que se encontraba después de la muerte de su amiga.
—Soy Amanda. Inmaculada era mi amiga. —Se secó con un pañuelo que tenía arrugado en la mano.
Marcos se sentó en una de las cajas que había en el suelo. Cedió la silla a Adrián, ya que solo había dos en aquel despacho tan diminuto y repleto de archivadores por las estanterías.
—Necesitamos que nos cuentes lo que sabías de Inmaculada. Creemos que alguien la perseguía antes del accidente en el que perdió la vida —explicó Marcos—. Por favor, es imprescindible que no cuentes a nadie lo que vamos a hablar aquí, podría entorpecer la investigación policial.
—¿La perseguían? —preguntó sin gesto de sorpresa.
—¿Lo sabías? —indagó Adrián, que ya había sacado el cuaderno.
—No exactamente. Hace tiempo me dijo que veía un señor donde cogía el autobús que parecía que la conocía, pero fue hace mucho tiempo —intentó recordar el tiempo exacto sin éxito.
Marcos le enseñó la misma foto que le mostró a Agustín.
—Solo tenemos esta imagen de la cámara más cercana al accidente —sostenía el móvil en la mano.
—Lo siento, no me dijo nada más. Además, lo veía en la parada donde lo cogía, no en la que se bajaba cerca del supermercado.
—¿No te comentó nada los últimos días?
—No, Inmaculada no era de esas personas. No solía hablar de nada personal.
—Pero erais amigas, ¿no?
Amanda pensó en Inmaculada y apareció en su rostro un esbozo de sonrisa.
—Sí, pero creo que cuando quedábamos solo hablaba yo.
Lo único que me dijo una vez fue que no tenía familia.
La invité en Navidades a mi casa para que no estuviera sola, pero no quiso venir.
No tenía relación con nadie. No sé explicarles…
—Pensó unos segundos—. Era como si quisiera esconderse de todo el mundo.
—Arrugó el ceño—. No se sentía cómoda rodeada de gente.
Supongo que hay personas a las que les gusta estar solas.
—¿Esconderse de alguien? ¿Por qué saca esa conclusión? —Marcos se interesó mucho por saber en qué se basaba esa conjetura.
—No hablaba con nadie ni salía mucho de casa. Además, le daba miedo la oscuridad. Siempre tenía que estar en casa antes de que anocheciera.
Los agentes se miraron sin esconder sus reacciones.
—¿Y le dijo alguna vez el motivo de ese miedo?
—No, ya les dije que nunca decía nada de su vida. Solo sé que estuvo en un centro de menores y que no tenía familia. La única explicación que yo le daba es que le pasaría algo por la noche en aquel centro —se encogió de hombros con dudas.
—¿No le contó nada del centro de menores?
—No mucho. Me dijo que había estado en dos y que allí conoció a su primer novio. No terminó muy bien con él. De hecho, un día le estaba esperando en la puerta. Se fue corriendo a esconderse. Por lo visto, era conflictivo.
—¿No le dijo nada más?
—Que se llamaba Ramón y que le dijera que no trabajaba aquí. —Cogió aire al recordar—. Lo que sí me dijo fue que tenía una orden de alejamiento contra él, pero que se la saltaba cuando quería.
—¿La pegaba?
—No lo sé… supongo. A mí solo me dijo lo que acabo de decirles.
—Podemos suponer que alguna vez le siguió, ya que, si no, no tendría puesta una orden de alejamiento —dijo Marcos para que Adrián lo apuntara. Tenían que hablar con él.
—¿Vivía sola? —preguntó Adrián.
—Sí, no se fiaba de nadie. Era una persona peculiar. Le gustaba estar sola. Creo que en el centro de menores tuvo algún trauma que le marcó para siempre —insistió.
—Y cuando quedabais, ¿de qué hablaba? —preguntó Marcos, contrariado.
—Yo hablo mucho y cuando tengo la oportunidad de poner verde a mi marido no la dejo pasar —hizo un amago de sonrisa.
—Pero ¿no sabe nada personal de Inmaculada?
—La verdad es que no. Siempre que le preguntaba algo, se callaba y miraba al suelo.
Tampoco la quise presionar. Me daba mucha pena, tenía una mirada triste.
Es como si viviera en un estado constante de alerta, pena e inseguridad.
—Se secó los ojos de nuevo con el pañuelo—.
Yo la quería mucho porque era muy buena persona, pero se notaba que la soledad era donde se sentía cómoda, en el que dejaba de estar alerta.
—¿Nos lo puede explicar un poco mejor?
Amanda pensó cómo describir esa sensación de manera más concreta.
—Cuando íbamos a algún sitio, observaba a la gente y no le gustaba llamar la atención ni conocer a gente nueva. Nunca pensé que tendría problemas. ¿Tiene que ver con Ramón? —dudó—. El día que vino a buscarla, le dije que había cambiado de trabajo. Nunca más volvió.
—¿Y no le dijo nada más?
—No, la verdad es que no creo que ni se acordara de que había venido.
Me dio la sensación, por las pintas que llevaba, de que tenía una vida despreocupada y sin responsabilidades de ningún tipo.
—Levantó las cejas—. Ya me entienden. Inmaculada pensaba que, si hubiera seguido con él, habría terminado mal.
—¿No le dio más información de Ramón?
Negó con firmeza.
—Pero no creo que tenga nada que ver con él. Si me dicen que huía de alguien, no creo que fuera de Ramón. Me dijo lo de la orden de alejamiento, pero la verdad es que tenía pinta de cualquier cosa menos de ser conflictivo —aclaró convencida.
—Ya, bueno, pero tendremos que hablar con él para descartarle —añadió Adrián.
—¿Hay algún dato que recuerde que nos pueda ayudar a reconstruir sus últimos días?
Amanda pensó con el labio torcido.
—Bueno, no sé si es importante, pero ¿han ido a su casa?
—No, aún no. ¿Por qué lo pregunta?
—Una vez discutí con mi marido y me quedé a dormir en su casa. La tenía impoluta y estaba ordenada, no me malinterpreten, pero me llamó muchísimo la atención que no tenía prácticamente nada. Parecía que estaba de paso y en cualquier momento se mudaría.
—¿Quiere decir que parecía que lo tenía preparado para escapar? —reformuló Marcos.
El rostro de Amanda cambió al darse cuenta de lo que había dicho el inspector.
—Sí, puede ser.
—Es la sensación de no sentirse segura en ningún sitio —dijo Adrián al inspector, el cual asintió con la cabeza.
—Gracias, Amanda. Si recuerda algo, no dude en llamarnos. —Marcos se levantó y estiró la mano para despedirse.
Los agentes salieron del despacho con la certeza de que nadie conocía a Inmaculada. Puede que la única persona que tuviera información fuera Ramón. Su nombre había aparecido en varios interrogatorios. Debían hablar con él.
Los agentes fueron a buscar a Agustín para despedirse. No les había dado información relevante, pero puede que tuvieran que volver a recurrir a él en un futuro.
Marcos salió del supermercado con la sensación de que algo no encajaba con las pistas que tenían.
No era lo que Amanda había dicho, sino lo que implicaba su testimonio.
Esa manera de vivir como si siempre estuviera preparada para volver a desaparecer era lo más lógico debido al miedo con el que habría vivido a lo largo de los años. Nunca encontró un sitio seguro.
Pensó que Inmaculada no había empezado a huir ahora, sino desde que salió con Irene del bosque. Había empezado a correr ese día y nunca más había parado.